Las vueltas de la tortilla

El corazón tiene sus razones que la razón no comprende.

Pascual

 

Al final de cuentas, Carlos Alberto Julián y Nácer le ganó a Mario Marín Torres. Esto es porque el ahora titán de la Secretaría de Educación Pública superó los escollos que, según las malas lenguas, le había puesto el exmunícipe de Puebla. Y aún más, llegó a una dependencia que, dada la nueva época priista, parece el lugar ideal para promocionar cualquier candidatura, incluida desde luego la de gobernador. No en balde, pues, los 65 maestros poblanos que hacen las veces de líderes sociales en las más de tres mil comunidades de la entidad. Sólo tiene que convencerlos. Reto que para Mario parecía pan comido.

En otras palabras, podemos decir que don Carlos volvió a vencer a Marín en una rivalidad con historia: data de la época en que Marín era juez de lo familiar y Carlos Alberto magistrado del Tribunal Superior de Justicia. Uno, el superior jerárquico en funciones de visitador, detectó anomalías en el procedimiento de cierto negocio manejado en el juzgado del otro, que se fue con la finta. Y tal como lo establece la Ley Orgánica del Poder Judicial, de inmediato procedió a informar al entonces magistrado presidente, a quien no le quedó de otra más que solicitar la renuncia del funcionario chambón o, si usted quiere, del jovenazo cuyas ambiciones (de todo tipo y tamaño) ya empezaban a notarse.

En el régimen de Manuel Bartlett ambos rivales volvieron a encontrarse: Nácer como procurador general de Justicia y Marín en la subsecretaría B de Gobernación. En esta etapa apareció en escena el ínclito y nunca bien ponderado Valentín Meneses, agradecido con Mario porque éste le había conseguido la agencia del Ministerio Público ubicada en Cholula, cargo en el cual Vale estuvo hasta que el procurador —su jefe— se enteró del origen de la recomendación. Y ¡zas!, que a Meneses le llega el injusto cese inmediato, fulminante, desgastante y hasta dañino para su salud: terminó en la sala de operaciones sometido a una intervención quirúrgica (creo que fue de la vesícula biliar).

Más tarde el destino le dio la vuelta a la tortilla y don Mario creció de tal manera que no aguantó la tentación del, para él, satisfactorio revire o venganza al estilo epicúreo: el control electoral que ejercía misteriosamente se pasmó para ocasionar la derrota anunciada del candidato Nácer y de los cinco que buscaron la diputación local con la esperanza de recibir el calor político del edil. El único que ganó la elección en uno de los distritos locales de la capital del estado fue “Chunquito” Javier López Zavala —hijo político de Marín—, quien obtuvo la presidencia de la Comisión de Educación del Congreso local para, entre otras cosas, dedicar su tiempo a organizar un referéndum que le permita legitimar ante el Pleno la iniciativa de derogar la Ley del Talión.

No pasó mucho tiempo para que otra vez la tortilla diera la vuelta y Nácer disfrutara de lo que podríamos llamar su resurrección (también anunciada) a la vida pública y, además, la enorme satisfacción de imponerse a las adversidades sembradas por enemigos políticos, curiosamente todos de la misma bandería. Es lo que mostró ayer en el programa del periodista Alejandro Mondragón (“Al portador” 1280 AM), expresiones que dejaron expuesta aquella actitud que embriaga a las personas que obtienen la victoria ambicionada.

Con esta nueva (o renovada) cara en el gabinete melquiadista, se amplía la lista de aspirantes priistas a la gubernatura si es que, como se espera, Nácer busca y gana la diputación federal. Y Mario Marín queda en el cuarto lugar en el orden de posibilidades elaborado por este columnista a partir de la edad, el prestigio político, la experiencia y el sector que cada uno representa.

¿Por qué?

Porque antes que él (de abajo para arriba, claro) están Carlos Alberto Julián y Nácer, Germán Sierra Sánchez, José Luis Flores Hernández (tome usted nota de que Flores le ganó a Sierra en la elección interna) y Rafael Moreno Valle Rosas.

Vamos a ver lo que opinan los maestros, profesionales que no se cuecen al primer hervor.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

LA OBRA DE LA SEGUNDA REPÚBLICA ESPAÑOLA

Cumple hoy un año de vida la Segunda República Española. Quienes nos sentimos orgullosos de haber hecho nuestra la causa de los republicanos españoles, no a contar de los días luminosos de la proclamación de la República, sino desde la época en que los hombres que ahora rigen los destinos de España preparaban el advenimiento de la democracia española, en la calle, en el destierro o en la cárcel, es justo que nos ufanemos de poder registrar, como un hecho trascendente en la Historia, el afianzamiento de las nuevas instituciones plasmadas por los representantes del pueblo español.

La República se planteó como un movimiento de limitadas proporciones, se ejecutó cuando ya se tenía una visión más amplia de la necesidad de imponer soluciones renovadoras de mayor trascendencia; y se ha consolidado como un fenómeno social y político de caracteres franca y progresivamente revolucionarios.

En los años prolongados de la dictadura del general Primo de Rivera y durante el gobierno innocuo de don Dámaso Berenguer, ante la necesidad de provocar las menores resistencias en el interior, y ante el peligro de concitarse la enemistad de las potencias extranjeras, los republicanos españoles restringían al mínimo sus aspiraciones: “Haga usted la República conservadora, y nosotros la apoyaremos” —decía en una célebre epístola Marcelino Domingo, uno de los más valerosos e intransigentes republicanos, a José Sánchez Guerra, ex primer ministro de la corona y a la sazón líder de la oposición a la monarquía.

Fue de este modo como don Niceto Alcalá Zamora, antiguo ministro, ocupó la más alta jerarquía en la oposición republicana y acaudilló la insurrección incruenta del 14 de abril.

Pero cuando la República fue un hecho, el espíritu revolucionario del pueblo español se desbordó como un torrente salido de cauce, no conformándose con las soluciones propias de un liberalismo conciliador y romántico, sino reclamando una transformación íntegra de los modos de vida de la nación española, para libertarse lo mismo del latifundista que del cura, del capataz que del cacique.

Contemplar, aunque sea en sus líneas generales, este proceso ejemplar de transformación social y política, es rendir un justo homenaje a los artífices de la Segunda República Española.

España vive aún dentro de la etapa constituyente de la era republicana. Votada la Constitución, electo el presidente de la República y reformado el gabinete con toda la fuerza legal, no por eso fueron disueltas las Cortes Constituyentes, juzgando, preciso que con el mismo espíritu con que fueron dictadas las leyes fundamentales, debe procederse a la elaboración de los ordenamientos complementarios que habrán de revestir al nuevo estatuto jurídico de la nación española.

Los aspectos salientes de la compleja tarea que han emprendido el gobierno y la Asamblea Constituyente españoles, pueden resumirse del modo siguiente:

Primero: Integración del nuevo Estado español;

Segundo: Elaboración de las normas jurídicas que han de regir la vida política de España, y

Tercero: Reorganización de las condiciones de vida de la colectividad española en sus múltiples aspectos sociales, económicos y espirituales.

La forma de integrar el Estado fue el primer problema que se planteó a la consideración de los nuevos estadistas, a la caída de la monarquía. Como he explicado en otros momentos este problema radica en la existencia real de un conjunto de colectividades que, aun cuando se reconocen todas ellas como de origen hispánico, conservan —a despecho de los siglos de dominación de las Casas de Austria y de Borbón— características raciales, costumbres y cultura, genuinas, que afirman la personalidad de las regiones hispánicas en el grado en que cada pueblo ha hecho, un culto del cultivo de lo propio.

El regionalismo, que aparecía como el escollo que pudo haber precipitado el fracaso del gran esfuerzo constructor de la República, ha sido resuelto con rara habilidad, canalizando las corrientes particularistas, a modo de que la suma de cultura y de los demás valores de las regiones, lejos de que produzcan la desintegración española, constituyan un aporte para enriquecer el acervo nacional.

Así, desde la celebración del Pacto de San Sebastián, se resolvió el problema inquietante de la autonomía de Cataluña, que durante largos años agitó a España e interesó al mundo.Hoy no resta, a este respecto, más que la aprobación por las Cortes Constituyentes del Estatuto Catalán.

El federalismo español se distingue de los demás sistemas federales que se han ensayado en Europa y en América, en que no enmarca dentro de cuadros jurídicos precisos, el grado en que deba ejercerse la autonomía, sino que deja al desarrollo natural de cada región, la conquista de los derechos de autonomía. Castilla y Andalucía, sin género de duda, no extremarán sus demandas en la medida en que lo hacen Cataluña y los países vascongados, pero éstos como aquéllas, sin desatender el cultivo de lo propio, seguirán siendo parte del Estado español, ya no por obra de alianzas fortuitas de casas dinásticas que sólo supieron mantener su dominio con apoyo de la violencia, sino por la voluntad expresa del pueblo.

De las normas jurídicas que han de presidir el funcionamiento de la democracia española, lo que más se destaca es la decisión de confiar la gestión parlamentaria a un solo cuerpo legislativo: el Congreso de los Diputados. Aquí triunfa una vez más la vieja tesis liberal, que pretende que se ejercite la soberanía popular sin el freno moderador de un senado.

La evolución del derecho obrero en España no es un fenómeno propiamente nuevo. Como en todo país que fuerza su marcha hacia la industrialización, el poder de los trabajadores organizados supo imponer, aun en tiempo de la monarquía, normas de convivencia social que, en mayor o menor grado, garantizaban los intereses de los trabajadores industriales.

El paso más importante que en esta dirección ha dado la República, consiste en el proyecto del ministro Largo Caballero, de conceder a los trabajadores organizados una intervención directa en la dirección de las empresas industriales, a la manera proclamada por Wissel en la Constitución alemana de Weimar.

Y el problema de la vida rural, que en la España contemporánea se plantea en la misma forma y con características semejantes a las que prevalecían en México antes de la revolución, lo ha abordado el ministro Domingo en proyecto que ha merecido ya la aprobación del gabinete de Azaña y que actualmente es considerado por las Cortes Constituyentes.

La Ley Agraria Española —ha declarado el presidente del Consejo, señor Azaña— tenderá a encontrar una solución pacífica del problema de la falta de trabajo en los distritos rurales, proporcionando una distribución equitativa de la tierra en las provincias donde la propiedad se encuentra en poder de unas cuantas manos. Las leyes agrarias, no explotarán, sino que mejorarán necesariamente las condiciones del trabajo agrícola, lo que representa una base más firme para la paz social y para la sustentación del régimen republicano.

Esta es, en su esencia, la obra de la Segunda República Española, consumada en el primer año de su existencia.

El Nacional, 14 de abril de 1932.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

LA REPÚBLICA EN LA IZQUIERDA*

Al cumplir la Segunda República Española su quinto aniversario, quiero dar voz a mi emoción personal —reavivada por el recuerdo de días convividos al lado de algunos de sus iniciadores, en épocas de persecución y de lucha— y decir con cuanta afinidad el pensamiento revolucionario de México se suma y se confunde con el de los constructores de la nueva patria hispana.

No basta la comunidad de sangre para ligar a dos pueblos. Más que eso, ligan entre sí a dos nacionalidades la unidad de miras para avizorar los mismos problemas humanos, el paralelismo de aspiraciones y la convergencia hacia idénticas expectativas.

Por eso, mientras señorearon el poder las facciones derechistas, de intento y por irreductible imperativo de mi convicción, cesé de interesarme en las diarias incidencias de la política española. La República no podía ni puede estar representada por rezagos del sistema que fue desplazado por anacrónico, por caduco, por hallarse corroído de toda carcoma moral, cual era el régimen monárquico.

Porque la acción derechista en el cuerpo del nuevo engranaje político no se sustentaba siquiera en lo tradicional español visto como rodrigón del presente e inspiración del porvenir o entendido como marca de legitimidad que a ningún pueblo le es permitido perder, sino que pretendía —en un esfuerzo no bien disimulado de neutralización— adulterar las nuevas formas y los impulsos revolucionarios, para esconder bajo la capa de instituciones republicanas el pacto y la condescendencia con las fuerzas enemigas de la nacionalidad, traicionando así en sus principios cardinales a la República.

De España se ha dicho que ha conocido todas las formas de la gloria, y hace un lustro conoció una nueva; hacer honor a su pasado del único modo como es glorioso hacerlo: liquidándolo para que no pese sobre el porvenir.

Reducida por sino histórico a su aislamiento peninsular; exhausta bajo la mano de la monarquía, el peso del clero y la garra de una dictadura militar, España había vivido años de ignominia que las virtudes innatas de su pueblo no merecían tolerar.

Incapacitada para buscar su recuperación material en empresas anexionistas, mancillaba su tradición al jugar papeles de comparsa en el tablado de África, simulando “cumplir el testamento de Isabel la Católica”, pero en realidad manteniendo una guerra tan insensata como extenuadora de las mejores energías humanas y de las mermadas riquezas que reclamaban otro más justo empleo.

El pueblo español, bajo una opresión que parecía sin esperanza, era fiel a la doctrina de Séneca, que Ganivet considera como esencia de su ser nacional: no se dejaba vencer por nada extraño a su espíritu; pensaba, en medio de los accidentes de la política monárquica, que tenía dentro de sí una fuerza fecundante, algo firme e indestructible, como un eje adamantino que le permitiría resurgir, íntegro y lozano, para cumplir mejores destinos.

Mientras España no pudo reconcentrar sus energías dentro de su propio territorio y labrar prosperidad y justicia de bancarrota y privilegio, en tanto no acertó a reconstruir la esencia de su espíritu, que tan abundantemente había dejado escapar por todas sus puertas y hacia todos los vientos, era para nosotros, la España de la monarquía, una entidad ajena, antitética, pudiera decirse hostil.

Por eso los revolucionarios de México acogimos con el calor con que se acoge lo que es nuestro el movimiento que creó la Segunda República.

El vaivén de acontecimientos políticos de México me llevó hasta España cuando sobre ella caía todo el peso de la dictadura de Primo de Rivera, y entonces aprendí a conjugar el sentimiento y la rebeldía de lo mexicano revolucionario con el ansia de renovación que latía allá, sofocada donde quiera por la violencia. La cárcel era el punto de remate para los conspiradores republicanos; y allí y en la lucha por organizar las fuerzas populares contra la monarquía, fue donde renové conocimiento y amistad con Marcelino Domingo y otros de los hombres que incubaron con su espíritu la Segunda República.

Puedo afirmar que desde entonces —siete años antes del triunfo republicano en las elecciones generales del año 31— el sentimiento de quienes preparaban el nuevo orden de cosas era un sentimiento de izquierdas que pugnaba por la reforma agraria, por la evolución del derecho obrero, por el desafuero total de las influencias clericales en la vida pública y en la escuela, por una educación exenta de prejuicios, por el reconocimiento efectivo de la autodeterminación de las regiones, como unidades históricas y políticas, y porque los mandamientos institucionales que se forjaran como base de la República, tuvieran una estricta aplicación y una cabal vigencia.

La época en que los partidos derechistas ejercieron el poder es período que considero totalmente perdido para la obra de transformación que iba implícita en la mutación del régimen. Y juzgo que la revolución de octubre, y el posterior triunfo del Frente Popular, que fue, andando el tiempo, su feliz consecuencia, vinieron a salvar la nacionalidad española de un relapso que habría convertido sus instituciones en simples entelequias ayunas de sentido trascendente para la vida hispánica.

Pero la arrolladora victoria de las izquierdas, tan cercana en el tiempo, a este aniversario, hace que la ocasión presente tenga un énfasis más. La República izquierdista es dos veces la República, porque es ella misma en toda su puridad y puesta en el carril de su destino verdadero.

Ha sido eliminado hasta el estorbo representado por un jefe Ejecutivo cuyos antecedentes, cuyo matiz político y cuyas convicciones personales no se acordaban, ni era posible que se acordaran, con el pensamiento avanzado del Frente Popular.

Esta libertad para opinar en materias que atañen a la República Española, es fuero que los revolucionarios de México reclamamos para nosotros, porque sentimos que las distancias entre ambas naciones se salvan por el puente de los altos intereses sociales, que hoy por igual preocupan a los hombres de todas las latitudes.

Creo que, como la nuestra, es la Revolución Española un movimiento en marcha. No puede decirse de ella lo que Lepuy afirmó de la francesa del 1789, cuando quería enaltecerla poniéndole punto final. No es el fin último llegar al poder, sino emplearlo continuamente en el desarrollo de un programa de radicales reformas, que haga posible el imperio de la justicia social y la equitativa distribución de las riquezas entre quienes las producen. No basta haber conquistado el gobierno; hay que educar a los reemplazos nacionales, de tal manera que sepan mejorar la obra de hoy; hay que comunicar las regiones del territorio; hay que dar la tierra a quienes con su esfuerzo la hacen producir; hay que irrigar las comarcas calcinadas por la sequía; hay que hacer de cada hombre y de cada mujer un trabajador capacitado para exigir respeto a sus derechos clasistas y a sus derechos cívicos; hay que constituir, en fin, una nacionalidad con los restos de una descomposición social de siglos. Y ello es obra de sostenido aliento, que exige continuidad, tesón, desinterés.

Por eso la Revolución Española y la Revolución Mexicana son fuerzas en marcha, que se acercan a plena realización a través de superaciones sucesivas.

Sólo así podrá realizarse el pensamiento optimista, la vidente fe de Joaquín Costa, que se preguntaba si España habría de perderse para la humanidad, y luego contestaba a su duda con el más caluroso de los entusiasmos; “creamos nosotros aún en la eternidad de la raza española; pero creámoslo con fe viva, cimentada en obras.”

El Nacional, 15 de abril de 1936.

* Discurso pronunciado por el señor Froylán C. Manjarrez, ante el micrófono XEFO, en la velada que organizó el Partido Nacional Revolucionario con motivo del V Aniversario de la Segunda República Española.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

EL FILO DE LA NAVAJA

No se ha de juzgar el valor del hombre por sus grandes cualidades, sino por el uso que de ellas sabe hacer.

Rochefoucauld.

 

El cargo más desgastante en cualquier gobierno es, sin duda, el de procurador general de justicia. En él confluyen todo tipo de influencias políticas, sin faltar desde luego las presiones que ejercen las mafias y los grupos cuyo método es el soborno. Pocos de sus titulares se han salvado de acusaciones o señalamientos que ponen en duda su honorabilidad. Y por ello es que casi todos han concluido su gestión con el prestigio desportillado.

Parafraseando a Salvador Díaz Mirón, podríamos decir que son pocas, muy pocas, las aves de este tipo que salen del pantano sin manchas en el plumaje.

Carlos Alberto Julián y Nácer es una de las víctimas de esa especie de avalancha que arrasa con las reputaciones más prístinas. De ahí que lo publicado por “Intolerancia Diario” nos permita pergeñar lo que ocurre en las entrañas de la dependencia, donde las componendas son el pan nuestro de cada día.

Salta a la vista, pues, que la capacidad profesional del excandidato no le sirvió para protegerse de las salpicadas delincuenciales.

O que algunos parientes abusaron de su buena fe, comercializando la supuesta influencia familiar.

O que la declaración en contra de él y de su compadre Adán Cortés Ulloa sea una más de las feroces reacciones de exagentes judiciales resentidos o molestos por no haber recibido el reparto del botín, la impunidad o la protección prometida. De cualquier manera, la víctima vuelve a ser un exprocurador de Justicia, tal y como en su época ocurrió con otros como Gutiérrez Manzano, Sáiz de Miera, Peruyero, López Rubí y Fernández de Lara, por sólo citar a los más recientes.

De Zamudio recordamos su participación en el conflicto entre universitarios y gobierno. Sáiz de Miera fue acosado por las presiones que le provocaron una crisis existencial. A Peruyero lo rebasó la misma corrupción que había aplastado a Gutiérrez Manzano. López Rubí padeció la influencia y directriz del entonces “Gran Asesor”, además de sufrir las explosiones anímicas de su jefe, el gobernador Mariano Piña Olaya. A Gutiérrez Manzano lo vemos como chivo expiatorio de las atrocidades protagonizadas por los hermanos Inurreta, quienes, entre otras cosas, irrumpieron en el hogar de la madre de un militar de alto rango y de un prominente miembro de la colonia libanesa. Y Fernández de Lara le hizo al camaleón para poder sortear con éxito los efectos de un poder manejado con los excesos que promueve el valemadrismo.

¿Qué fue lo que a Nácer le dejó algunas muescas en su imagen?

En primer lugar, dos que tres dizque familiares se valieron de los apellidos o del paisanaje para lucrar y delinquir. Hubo uno —cuyo nombre no recuerdo— que murió asesinado supuestamente por sus cómplices, ladrones de autos y motociclistas. Otro (de ese sí sé su nombre, pero lo omito para no ulcerar los ojos del lector) que tiene una orden de aprehensión en su contra y se encuentra prófugo (este columnista lo denunció por fraude y, cuando se iba a ejecutar dicha orden, alguien por ahí lo alertó y, quizás, hasta le ayudó a ocultarse mientras buscaba la protección de la justicia federal, protección que a final de cuentas le fue negada). Y respecto a Cortés Ulloa, el lector ya sabe lo que se publicó en el diario referido.

Según vemos, a don Carlos Alberto la vida lo está castigando, ya que su bonhomía y buena fe no han sido recompensadas. Es, dicen, un excelente padre de familia y un amoroso cónyuge. También un amigo capaz de quitarse el saco para ayudar al cuate que se lo solicita (aquí es donde pudo haber perdido). Como maestro tiene muchos alumnos agradecidos. En la religión se ha destacado por su entrega espiritual. De la Secretaría de Gobernación más o menos salió bien librado. Y la candidatura lo hizo crecer en el difícil oficio político.

¿Por qué entonces la mala suerte? Pues por su cargo en la Procuraduría General de Justicia, lugar en el cual el más tullido de los coyotes (apunte usted desde abogados hasta agentes policiacos) es alambrista consumado. De ahí que, de no haber tenido ese cargo, seguramente otro sería su destino, experiencia que deberían tomar en cuenta aquellos que anhelan o gustan caminar por el filo de la navaja.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

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