EL BANDERAZO

Seamos generalmente universales para ser provechosamente nacionales.

Alfonso Reyes.

 

Los banderazos suelen darse para iniciar competencias deportivas, algunas de cierta importancia y la mayoría más intrascendentes que de calidad. Es una costumbre que existe porque alguien prefirió agitar la bandera que escuchar el olímpico trueno de la pistola. Son actos que por efímeros pueden pasar desapercibidos. Empero, hay otro tipo de banderazos que, por su impacto social, debemos ponderar, como el ocurrido ayer, cuando dio inicio el reparto de libros que simboliza el esfuerzo educativo gubernamental.

Sirva este último banderazo, pues, para recordar que la educación en México ha transitado por un camino lleno de abrojos, algunos de ellos representados por el índice de explosión demográfica y los míseros salarios asignados al magisterio. Y además evocar el ideal que inspiró a Ignacio Manuel Altamirano y Enrique Conrado Rebsamen. El primero, indígena puro y procurador de la educación gratuita, laica y obligatoria; y el segundo, educador de origen suizo que llegó a nuestro país dispuesto a modernizar el sistema educativo nacional.

Como el lector sabe, el entonces diputado Altamirano propuso en 1882 que se legislara la gratuidad, laicidad y obligatoriedad de la educación. Más tarde a él le correspondió fundar el Liceo de Puebla para después convertirse en uno de los impulsores de la Escuela Normal de Profesores de México.

Debo subrayar que la educación humanista de este mexicano se debe, en parte, a las venturosas enseñanzas de Ignacio Ramírez, “El Nigromante”, su maestro, guía e impulsor.

Cuando Rebsamen decidió venir a México, fue porque ya había leído un artículo (Quetzalcóatl) del alemán Karl von Gager y el libro Muertos y Vivos del mismo autor. Una vez en México, se trasladó a Orizaba, donde tuvo la oportunidad de observar el resultado de los ensayos de educación moderna implantados por Heinrich Laubscher, también de origen germánico. Posteriormente se hizo cargo de la primera generación de maestros renovadores de la enseñanza mexicana, actividad que dio forma a su productiva y extensa labor educativa en favor de los mexicanos.

A partir de estas dos importantes aportaciones, en México dio inicio un proceso de educación vitalicia. O dicho en palabras de Carlos Fuentes (“Por un progreso incluyente”, Edit. SNTE, México, 1997), apareció el requerimiento permanente que, convertido en axioma, establece: “Mientras más educada sea una persona, con mayor razón necesitará más educación”.

Podemos decir que de esta manera nuestra sociedad aprendió a aprender y, desde luego, a inventar “nuevas situaciones vitales”.

Curiosamente el gobernador Melquiades Morales Flores concretó en Puebla una de esas “invenciones”; dio el banderazo para simbólicamente entregar los libros de texto gratuito para todas las materias de la educación secundaria, apoyo que sin duda permitirá una mejor preparación en beneficio de los estudiantes poblanos de ese nivel.

Con la distribución de los libros mencionados 578 mil 220, se inicia en Puebla lo que podríamos llamar un nuevo impulso al proceso educativo del que forman parte la escuela, el maestro y la familia, todos ellos base del desarrollo que busca mejorar los niveles de bienestar, producción, empleos, salud, salarios, habitación y, desde luego, educación. De alguna manera se rompe el círculo del atraso que Alfonso Reyes describe en su frase: “Hemos llegado tarde al banquete de la civilización occidental”. Y gracias a que el municipio de Puebla ha podido ampliar su participación en este importante proceso cultural (el banquete referido), incursión que requirió de una inversión de 5 millones 567 mil 37 pesos, cantidad cubierta entre el gobierno estatal y citadino.

El impacto social de este extraordinario esfuerzo educativo equivale a un gasto de doscientos pesos por educando (en Puebla estudian en las secundarias oficiales 27 mil 800 niños y jóvenes). Y el costo total para dotar de libros a las secundarias del resto de la entidad asciende a 26 millones 280 mil pesos, cantidad invertida para dotar de libros a 131 mil 401 alumnos dispersos en el resto de los 216 municipios. En otro apartado tenemos a los 7 millones 838 mil 157 libros de texto gratuitos repartidos a los niños de las escuelas primarias, de educación preescolar de tercer grado, telesecundarias, indígenas, TV Verano, maestros de primaria y educandos invidentes.

Ahora solo falta que ocurra el banderazo más caro de la historia. Y este sirva para iniciar el proceso de la dignificación salarial de los maestros. Una acción que la historia le debe a Altamirano, por solo citar uno de los grandes educadores mexicanos.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

14 DE JULIO

En este día la humanidad comparte con el pueblo francés el recuerdo y la celebración de un acontecimiento histórico que culminó como índice sobre nuevas rutas de los pueblos; que fustigó el advenimiento de una gran etapa de los destinos colectivos y despertó con su fragor y sus dianas guerreras nobles ideales dormidos bajo la negación de los déspotas.

El hecho aislado y desnudo del asalto a la fortaleza de la Bastilla por la multitud tempestuosa de las calles de París, no tendría mayores resonancias que las de cualquier motín político, si no expresara en su símbolo flameante los afanes, la exaltación heroica y el desbordamiento idealista, derramados sobre la vibrante curva de la Revolución Francesa.

La etapa revolucionaria que arranca el 14 de julio de 1789 y se despliega desde Francia sobre las perspectivas del mundo, dejó como saldo en el ideario político y social la declaración de los derechos del hombre, y el encumbramiento y la consagración de la individualidad, que abrieron paso a los regímenes liberales en que hoy se sustenta la cultura de Occidente.

Aun cuando en realidad, de la Revolución Francesa se derivó a la postre el triunfo de la burguesía y del capitalismo, no se puede menos que recordar con emoción aquellas jornadas en que se hizo tabla rasa con los privilegios y la propiedad de la nobleza, en que se reivindicaron los derechos del pueblo a la posesión de la tierra, en que se transformó, en suma, de un tajo, toda la estructura económica de la Francia semifeudal; como tampoco pueden olvidarse las exaltaciones románticas de los que pensaban, como Anacarsis Klotz, en la instauración de la república universal, anticipándose largamente a su época; ni las de que aquellos otros que se esforzaron, como Robespierre, por abrirle paso al racionalismo; ni las de todos los luchadores, filósofos y poetas, descamisados y teorizantes, que a precio de su vida pasaban soberbiamente sobre los hacinamientos de prejuicios, tradiciones y dogmas para señalar nuevos rumbos a la humanidad.

El tiempo ha transcurrido y el pensamiento humano ha salvado nuevos estadios. La Revolución Francesa, por sus consecuencias como antes apuntamos, preparó la hora de la burguesía y del capitalismo; de éstos, la rueda de la evolución gira hacia el socialismo. Los derechos del hombre importan menos —cada vez menos— frente a los derechos de la colectividad; la libertad de los individuos se restringe en menor o mayor grado en los países —pero en todos se restringe—, para dar aliento al esfuerzo coordinado de la sociedad; el Estado deja de ser simple guardián que proclamó la doctrina clásica, para convertirse en el regulador de la vida común.

Ni en los países que más se ufanan de su vinculación con los principios individualistas, como Norteamérica, deja el Estado, por la fuerza incontrastable de los acontecimientos, de intervenir en las actividades de la producción y del consumo, para limitar los apetitos de los poseedores de las fuentes de riqueza, procurando imprimir un sentido social más humano o menos injusto a la vida económica, para detener o aplazar la desintegración del régimen capitalista vigente.

El sentido económico de la Revolución Francesa está pasando definitivamente de su período de fuerza creadora a planos históricos sin validez actual. Sin embargo, quedará en los registros de la evolución social como una etapa necesaria para llegar a las metas que ahora persigue el hombre, tal como la doctrina de Marx considera al capitalismo como el antecedente fatal del colectivismo.

El 14 de julio seguirá siendo, pues, una gran fecha universal con profundo sentido, por los símbolos que encierra, por el contenido histórico de la etapa cuyo advenimiento representa y, sobre todo, porque las conquistas del liberalismo, aun consideradas en esta hora en que se proyecta y se advierte su acelerada decadencia, han dejado a la humanidad un haz de derechos sin el goce de los cuales no nos parece que sea digna para el hombre de vivirse la vida, tal que la libertad de pensar —y de pensar en voz alta—, con el dominio de la palabra y de la escritura.

La Francia republicana ha hecho bien en mantener el 14 de julio como la fecha que resume sus glorias nacionales. Por rica que sea en tradiciones y en epopeyas la historia de ese gran pueblo, ni antes ni después de la Revolución produjo ni ha producido acontecimientos que desborden su sentido histórico sobre los cauces del mundo.

De ahí que, aun aquellos hombres que más nos apartamos, día con día, de la teoría liberal, del concepto individualista, en lo político y en lo económico, rindamos pleitesía al pueblo que con su esfuerzo y sus ráfagas de audacia roturó murallones de tiniebla social para hacer posibles y anchos los horizontes de hoy.

De ahí también que aceptemos con honor la tarea de saludar al pueblo francés en esta fecha en el que El Nacional se ha propuesto significar el respeto y la devoción que guardan las presentes generaciones revolucionarias de México hacia el denuedo y la visión universal de los campeones que encendieron la alborada de 1789.

El Nacional, 14 de julio de 1932.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

LA REELECCIÓN DE VON HINDENBURG

Hace siete años el mundo se conmovía ante la noticia de la elección del mariscal Paul von Hindenburg como presidente de la República Alemana. Al amparo de la aureola militar del vencedor de Tannenberg, los partidos nacionalistas de tendencias monárquicas, por primera vez en la posguerra vencían a la Gran Coalición que sirve de sustento a las instituciones democráticas elaboradas en Weimar. Y llegó a creerse, inclusive, que Hindenburg no habría de ser más que el puente obligado que hiciera retornar a Alemania de la República a la Restauración.

Hoy, al cabo del primer mandato presidencial del anciano estadista, su reelección es recibida con júbilo en la ancha faz del planeta, como anuncio de tranquilidad y de equilibrio, como garantía de estabilidad de la democracia alemana, como seguridad en la continuación de una política internacional firme y ponderada, gallarda y digna, comprensiva y exenta de altisonancias; política que va librando a Alemania de las sujeciones que le fueron impuestas en los tratados que pusieron fin a la guerra y que la conduce hacia planos de igualdad con las demás grandes potencias del mundo.

Los prestigios de Hindenburg como estadista sirvieron de escudo, en la última justa electoral alemana, para reconstruir la Gran Coalición Republicana, conteniendo así el avance impetuoso del partido de Hitler y limitando a sus justas proporciones el movimiento de la opinión alemana en lo que significa un honorable afán de reivindicación de los valores y de las condiciones mismas en que se desenvuelve la vida del Reich.

Resulta del mayor interés para quienes viven atentos a los acontecimientos que se proyectan en la vida del mundo, seguir la trayectoria que señala la conducta del Viejo Maravilloso —así llaman a Hindenburg sus compatriotas— que ha sido capaz, en la ancianidad, de sobreponerse a los antecedentes históricos de su existencia, al impulso de su convicción íntima y a la presión misma de los que ayer fueron sus correligionarios, a fin de servir mejor a su patria.

Era humano que Hindenburg —mariscal del imperio, símbolo de glorias guerreras, hombre que formó su espíritu dentro del orgullo de la Alemania de Bismarck y de Guillermo II— guardara hondas simpatías por la monarquía. Por eso su exaltación al poder en 1925 abrió una interrogación inquietante, ante la posibilidad de que resignara su investidura cediendo el paso a la Restauración.

Pero Hindenburg, conservador o monárquico, era ante todo un ciudadano alemán. El pueblo lo elegía en 1925 para servir a su patria con sujeción a las leyes de la República. Y en el momento en que el viejo mariscal juraba la Constitución de Weimar, con ese solo hecho cerraba el camino a la monarquía, con la misma fuerza y determinación con que sus soldados contuvieron en Tannenberg y en los Lagos Mazurianos en el invierno de 1914-15, a las olas de asalto del ejército ruso.

Y así fue como se operó el milagro de que el caudillo militar más destacado del Imperio germano, se convirtiera en el caudillo de la democracia republicana.

Dentro de una democracia parlamentaria el jefe de Estado no está investido más que de funciones representativas. Del presidente de Alemania, como del presidente de Francia, y ahora del de España, puede decirse como de los reyes constitucionales que “el rey reina pero no gobierna”. Su misión es de control, su autoridad limitada, y el ejercicio directo del gobierno no pueden confiarlo sino a los hombres que cuenten con la confianza de la representación nacional.

De este modo, el presidente Hindenburg, leal a las instituciones de su país, principió su gestión por encomendar la formación del gabinete federal alemán, justamente a su contrincante, el canciller Marx, que era quien contaba con el apoyo de la mayoría parlamentaria del Reichstag. Y la Gran Coalición Republicana, rota hacía varios meses por incidentes de la política doméstica, se rehízo a partir de la exaltación del mariscal Hindenburg a la presidencia de la República.

No entra dentro de los propósitos que inspiran este comentario trazar un cuadro completo de la obra de Hindenburg en los siete años de su mandato presidencial. Que nos baste decir que en su período han tenido asiento en el gobierno, socialistas como el canciller Mueller, pacifistas como Stresemann, liberales burgueses como Bruening.

El presidente, sin género de duda, no halló jamás la oportunidad de confiar el ejercicio del gobierno a un hombre de espíritu tan conservador o moderado como el suyo. Pero en cambio sirvió con fidelidad a su patria, ajustando sus actos a los mandamientos de las leyes de la República.

Por no haber sido Hindenburg, desde su exaltación a la primera magistratura de Alemania, un hombre de partido, las tendencias reaccionarias y revancheras buscaron otro hombre que, aunque ayuno de historial y de prestigios, las dirigiera con pasión y con vehemencia. Ese hombre es Hitler.

El movimiento nacional-socialista —todos lo sabemos—, expresión, al fin de un estado de inconformidad o de amargura de buena parte del pueblo alemán, cobró fuerza insospechada, como un torrente que se sale de cauce. Cada elección general era una oportunidad para registrar los nuevos avances de los nazis. Hasta que éstos llegaron a representar un peligro para la estabilidad de la democracia alemana y para el mantenimiento del equilibrio internacional que condiciona la paz europea.

Fue así como los partidos republicanos, en larga coalición, que alcanza desde la Volkspartei —partido que apoya los intereses de la burguesía y de las grandes industrias alemanas— hasta la Social Democracia, apelaron a Hindenburg, el contrincante de hace siete años, como medio de ir a la victoria para consolidar la democracia de Weimar.

El Nacional, 12 de abril de 1932.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

El reto del periodista

¡Libertad, libertad!

¡Cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

Madame de Roland

 

Suponga el lector que debe comprar la suscripción de un diario local, entre otras cosas porque su hijo se lo pide debido a que un maestro le exigió estar bien informado, además de hacer un seguimiento del tema más leído o de interés para la sociedad.

¿Cómo lo escogería?

Yo creo que saldría a la calle a comprar todos los periódicos para, de acuerdo con la calidad de la información que contengan, escoger el que juzgue más adecuado. Por ejemplo: si usted es una persona politizada, lo primero que revisaría es la información política, incluidas, desde luego, las columnas. Si le gustan los espectáculos, es obvio que analizará lo novedoso con que se presentan estos temas, sin dejar de ver las fotografías de sus artistas preferidos. Si vive del qué dirán, estoy seguro de que hurgaría en las páginas sociales con el ánimo de encontrar uno que otro chisme. Si le interesa lo que pasa en el mundo, no me cabe la menor duda de que buscaría el diario con mejor información internacional.

Si su afición es la novela negra, entonces fijaría su interés en la página roja más sangrienta. Si la cultura le llama la atención, tendría que indagar cuál de todos los medios maneja este tipo de notas, a punto de extinción debido a las crisis económicas recurrentes. Y si su vocación profesional se centra en las finanzas públicas, no lo pensará dos veces para escoger el medio en cuyas páginas escriban los mejores analistas en esta materia, tanto de Puebla como de México.

De ninguna manera intento ponderar a “Síntesis” o a cualquier otro medio poblano con las características informativas que apuntó. No. Lo que pretendo es mostrar al lector lo complicado que resulta hablar de la prensa escrita cuando ésta pasa por momentos críticos debido a la carencia de lectores, circunstancia que contrasta con el ejercicio de la libertad de prensa que, hay que reconocerlo, cada día se expresa con mayor énfasis. Es un tema que obliga a comparar lo que ocurre en el negocio de la prensa escrita estadounidense y mexicana. Veamos:

Dice William F. Arens (Publicidad, Ed. McGraw-Hill, 1999) que en Estados Unidos existen más de 114.7 millones de adultos que leen el periódico el fin de semana, de los cuales dos de cada tres lo hacen diariamente. Que casi el 60 por ciento de los lectores adultos leen todas las páginas, mientras que el 95 por ciento lo hace con las secciones de noticias generales. Que circulan 60 millones de ejemplares con un promedio de 2.1 lectores por ejemplar. Que en 1997 hubo 1,520 periódicos en Estados Unidos, con una circulación total de 59.8 millones de ejemplares, año en que los más de 10 mil semanarios y periódicos locales tuvieron una circulación combinada de 105 millones. Que el volumen de publicidad en los periódicos creció 5.7 por ciento en 1996, con ventas totales de más de 38 mil millones de dólares, 88 por ciento de esta cantidad facturada a los anunciantes estadounidenses.

No se ría, por favor. Aunque es complicado precisar el número de ejemplares impresos al día (pocos periódicos han certificado el tiraje en el Instituto Verificador de Medios), sí podemos calcular que en México circulan alrededor de tres millones de ejemplares diarios de chile, de dulce y de manteca. Y otro tanto de revistas semanarias, quincenales y mensuales: TV y Novelas, Teleguía, Vanidades y Muy Interesante. Tenemos, pues, que, sumados los tirajes de periódicos y revistas (aunque sean quincenales o semanarios), apenas alcanzamos el 10 por ciento de lo que se produce en Norteamérica.

¿Cultura? Pues nada, porque somos una nación más culta que la vecina.

¿Costumbre? Puede ser.

¿Necesidad comercial? Salta a la vista que ésta es la principal razón.

¿Por qué las referencias?

El viernes pasado se celebró un aniversario más de la Libertad de Prensa, que gracias a Francisco Zarco vio su primera luz en la Constitución de 1857. Y observando a los colegas de la capital y del interior del estado que acudieron a Puebla para convivir con las autoridades, reflexioné sobre lo apuntado en esta entrega, buscando la razón por la cual nuestra prensa (la poblana) tiene tan pocos lectores, tal vez unos 60 mil en todo el territorio. Me vino a la cabeza la opinión de alguien que, por su nivel intelectual, podría ser considerado como un lector calificado. Este caballero (omito su nombre para no comprometerlo) me dijo que le sorprendía y preocupaba que existieran periodistas dedicados a denostar periodistas. “Son —dijo— como los pistoleros del Medio Oriente cuya satisfacción es buscar a alguien capaz de enfrentárseles en un duelo, y cuando lo encuentran se disparan en los pies. Es un estilo que ofende a quienes compran periódicos para enterarse de lo que pasa en Puebla y en el país. No se vale, Alejandro”.

Creo, pues, que además de ejercer la libertad de prensa, los periodistas también deberíamos respetar el derecho que tienen los demás para comprar periódicos, leer, informarse y orientar a sus hijos. Es una obligación que sólo los irresponsables, los oligofrénicos y los temerarios no quieren entender.

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

PERIODISMO PARA HÉROES

Nada nos puede impedir sentir esta maravillosa felicidad de ser preferidos a otros.

Francois Mauriac.

 

Hacer periodismo escrito en Puebla equivale a un acto del más puro heroísmo financiero y laboral: el empresario invierte millones de pesos para publicar todos los días lo que reporteros y articulistas escribieron durante miles de horas-hombre, con la ilusión de que su comentario llegue a lectores anónimos ávidos de información, noticias y artículos editoriales. Empero, toda esta estructura financiera e intelectual contrasta con la realidad: choca con los números, las estadísticas, el tiraje y la venta del periódico.

Es una frustración que golpea la dignidad de periodistas y empresarios, incluso la de aquellos que gustan navegar por las tibias y calmas aguas del conformismo.

¿Sabe usted cuántos lectores tiene la prensa poblana?

Según los estudios realizados para el consumo o la curiosidad particular de algunas instituciones académicas, en el estado de Puebla el número de “lectores inteligentes” (los que leen para enterarse y analizar), apenas si llega a los dos millares. Sí, leyó usted bien: 2 000 pares de ojos. Esta alarmante estadística tiene varios orígenes. A saber: el decaimiento del periodismo profesional, el bajo perfil de la mayoría de los medios poblanos y la nula oferta informativa y cultural.

En términos absolutos, el periodismo de Puebla nada tendría que ofrecer a los lectores de Guadalajara o Monterrey, por sólo citar a dos de las ciudades donde existen varios periódicos cuyo tiraje promedio rebasa los 50 mil ejemplares por día, en los cuales la información trasciende las fronteras estatales y emocionales (El Norte, Metro, El Porvenir, El Informador).

Según este columnista, la tradición poblana es lo que ha impedido el desarrollo de los medios y, en algunos casos, ha obstaculizado la profesionalización en la mayoría de las redacciones.

(Ah! No olvidar que la corrupción tiene algo que ver en el asunto). Además de todo ello, existe la costumbre de regatear salarios, “competir” con bajos costos de publicidad y aumentar las utilidades disminuyendo tiraje y distribución. Y, por si fuera poco, también se han trabado compromisos que convierten a la información en un eficiente método “fast track” para negociar por “debajo del agua”.

En 1997, los periodistas Isabel Tobon y Fernando Pérez Corona publicaron en el número 8 de la Revista Réplica un reportaje sobre el periodismo poblano. Escribieron que:

“El contraste se agudiza si comparamos a la de Puebla con otras ciudades como Guadalajara y Monterrey, donde los tirajes van de 25 mil a 150 mil ejemplares por periódico. Y (que) la diferencia duele más cuando analizamos la suma del tiraje real de los periódicos angelopolitanos (17), que con trabajos llega a 40 mil ejemplares por día; es decir, 2 500 ejemplares diarios en promedio”.

Ante este desalentador escenario existen algunos héroes (cuatro) a quienes se les ha regateado el reconocimiento de la sociedad; personas que formaron empresas a pesar de los peores pronósticos generados por el escaso número de lectores y la innegable competencia de un medio (El Sol) que desde hace 55 años mantiene cautivo a su propio público. En este grupo de entusiastas editores (cuatro héroes), está Armando Prida Huerta, presidente de la Asociación Periodística “Síntesis”, quien contra tiempo y marea logró consolidar nuestro diario, que hace unas horas acaba de cumplir siete años de circular sin interrupción (nació en 1992). Después de aparecer en la ciudad capital poblana, el proyecto se expandió a la entidad hasta llegar a los estados de Tlaxcala e Hidalgo. Y hoy “Síntesis” circula en los tres territorios con un tiraje que asciende a 25 mil ejemplares diarios.

Tenemos, pues, que en Puebla el periodismo resulta una empresa de alto grado de dificultad. Imagínense usted lo que implica promoverlo, mejorarlo e impulsarlo con la idea de crear un nuevo mercado de lectores, sin perder a esos dos mil que, por costumbre o necesidad profesional, compran, leen y analizan la prensa diaria. Y lo que cuesta modernizar su formato, ampliar su oferta periodística y darle color a las noticias.

Por eso no se vale regatear reconocimiento a quien lo merece…

Nota editorial

Esta columna forma parte del archivo periodístico de Alejandro C. Manjarrez, publicada originalmente en el contexto político de su tiempo. Se reproduce íntegramente como parte de la recopilación de más de cuatro décadas de trabajo periodístico del autor.

Alejandro C. Manjarrez

Revista Réplica

ESPÍRITU DE PAZ Y TENDENCIAS DE GUERRA

El mundo ha vivido pendiente en los últimos días del resultado de la conferencia de las siete potencias, cuyos representantes se reunieron en Londres para conjurar la grave crisis financiera por que atraviesa Alemania. Una vez más la interdependencia de los Estados impone el sacrificio de egoísmos nacionales como condición de la estabilidad común. Ante la amenaza inminente del derrumbe de la economía de la potencia deudora de las indemnizaciones de guerra, derrumbe que aparecería como prolegómeno de un desastre del régimen capitalista internacional, los acreedores se avienen a hacer concesiones y Alemania, se apoya nuevamente en su propia penuria para salvarse.

Cada nuevo plan que adoptan las grandes potencias se anuncia solamente como la fórmula única de su grupo incluso de la cual se ha llegado a la liquidación económica de la guerra; pero cada plan no ha hecho más que agregar nuevas complicaciones en el problema, de suyo confuso. Los arreglos de hoy significan la iniciación de una política de rectificaciones que las realidades de la vida imponen a los antiguos aliados y asociados. Pero esta política de rectificaciones, ni es lo bastante radical que ponga a salvo al mundo de otros momentos de inquietud como los que se han tenido que afrontar en las semanas que acaban de correr, ni menos aún puede evitar los efectos de la pasada aplicación integral del plan Young.

Más aún: la abolición de las deudas de guerra —salvo en lo que concierne estrictamente a la verdadera restauración de los campos devastados—, que aparecía en los primeros años siguientes al fin de la contienda como la fórmula simplista a la par que sensata para el retorno a la normalidad, hoy no podría adoptarse con facilidad, porque la estructura económica de la posguerra viene adoleciendo de elementos que son viciosos por origen, como el pago en especie de una parte de las entregas que debe hacer la nación deudora, el cual ha dado una fisonomía sui-generis, así a la industria de Alemania como a las de los países acreedores.

La vuelta a la normalidad, en consecuencia, si es que los estadistas del mundo capitalista se deciden a destruir los errores acumulados en la posguerra, tendrá que hacerse por etapas sucesivas, hasta que se encuentre un nuevo equilibrio económico internacional y se imprima un ritmo nuevo a la producción. Sólo que acaso la armadura del régimen capitalista no resista la culminación de esas etapas de reacomodamiento ante la presión creciente y hasta desbordada de los pueblos, cuya miseria repercute en la forma de graves problemas políticos.

Nadie ignora, en efecto, que el comunismo, más que ser una consecuencia del fenómeno económico previsto por Marx es la resultante de la desesperación de un gran pueblo en derrota como lo fue el pueblo ruso en 1917; y nadie ignora, tampoco, que así como aumentan las legiones de trabajadores carentes de ocupación en los países industriales, se acrecientan las influencias bolcheviques.

La democracia social alemana, cuya existencia es fundamental para la civilización de Occidente, se encuentra cada vez más en peligro. La vieja coalición de Weimar, constituida por los partidos que se hicieron responsables del advenimiento y consolidación de la República, decrece en consistencia y en autoridad política, estrangulada por los grupos extremistas —comunistas y fascistas—. Y el incremento de estas tendencias que minan en su base a la democracia alemana, no es sino la precipitación de estados de conciencia en aquellos sectores de la colectividad donde se siente con rigor cada vez más acentuado la miseria general.

Como el problema alemán, se presentan otros muchos que son análogos. La rehabilitación europea, en consecuencia, involucra y aún exhibe como fundamental la solución de problemas eminentemente políticos. Pero es al plantearse en estos términos la cuestión cuando vuelve a aparecer la incapacidad de los estadistas occidentales, que están acelerando la ruina de sus propios países por no querer hermanar los intereses de sus respectivos pueblos dentro de un espíritu de paz.

El francés mira con mayor zozobra cada día el volumen desorientado de las corrientes hitleristas y comunistas que agitan en Alemania, y no alcanza a comprender que son tan sólo reacciones naturales contra los términos excesivos de los tratados de paz.

Ciertamente, la dialéctica francesa es en extremo sutil, y en apariencia están justificados los razonamientos de los nacionalistas que hablan de las tres invasiones sufridas por Francia en el curso de un siglo; en tanto que el lirismo del nacionalista alemán reviste fisonomías de revancha de casco prusiano; pero en el fondo uno y otro fenómenos no constituyen sino una incomprensión internacional explotada por la plutocracia industrial y financiera. De poco sirven las denuncias que de vez en cuando se hacen acerca de la coalición de intereses económicos que, trasponiendo las fronteras, comprenden a las burguesías de varios países; todavía es posible, quizá, el caso de que las industrias del acero provean, por conducto de países neutrales, a naciones posiblemente beligerantes, como se ha demostrado que sucedió durante la gran guerra.

Cuando la opinión francesa reclama urgentemente que se atienda a la seguridad de las fronteras, haciendo radicar ésta en el mantenimiento de un ejército poderoso, en la construcción de fortalezas y en el pacto de alianzas del tipo de las que precedieron a la guerra del 14; y cuando, además, aun para el caso de una urgencia, Francia condiciona su ayuda financiera a Alemania mediante la imposición de una política de restricción, lesiva a la soberanía de este último país, en realidad se está preparando otra guerra.

Con todo ello no hace la República gala, más que seguir la trayectoria del antiguo imperio alemán a partir de la caída de Bismarck hasta la tragedia de Sarajevo. La seguridad de Francia no radica en sus ejércitos ni en sus fortalezas, sino en la ductilidad de su política internacional, siempre que realmente se inspire en propósitos de paz y de confraternidad entre los pueblos —lo cual no es tan difícil como se ha hecho creer, desde el momento en que las colectividades en sí polarizan su odio solamente en contra de la guerra misma—, Francia debe entender que el hitlerismo perderá en influencia en razón de la mayor liberación política de Alemania; y que el comunismo volverá a la condición de un fenómeno latente, pero dejando de ser una posibilidad inminente, en cuanto disminuya la miseria del pueblo germano.

Y los Estados Unidos, responsables en buena parte de las complicaciones que el mundo padece en el momento actual, a causa de su negativa al plan primitivo de abolición de las deudas de guerra, ahora, cuando mal de su grado, se ven nuevamente implicados en la política del Viejo Mundo, no salvarán sus responsabilidades históricas si no aplican su influencia al apaciguamiento de Europa.

El Nacional, 5 de agosto de 1931.

Froylán C. Manjarrez

Revista Réplica

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