El laberinto del poder, autobiografía de un gobernante (Capítulo 44)

Réplica y Contrarréplica
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“Nadie incendia la casa para salvarla de la peste”

Cuatro resultaron sospechosos. La voz populi los hizo responsables del artículo que interesó al círculo rojo e incentivó el morbo de la gente bien informada y afecta a encontrar entresijos reveladores. Nunca soltó prenda el director del medio que publicó la carta de que otros reprodujeron. “La verdad no conozco al que acusa, denuncia o exhibe a quién sabe quién”, dijo aquel viejo periodista a la inquisitiva doctora de La Hoz. El escurridizo argumento demostró que la complejidad y complicidad forman parte del trabajo de las redacciones donde, además del jefe, participan de manera directa o a través de las redes decenas de personas, unas, las que se conocen, y otras, las que nunca se han tratado. “Simplemente revisé la nota —justificó el mañoso periodista—. Comprobé que tuviera autor y que su contenido cumpliera con el código de ética del periódico. Somos un medio de comunicación no una barandilla judicial”.

Nos tuvimos que conformar con ese galimatías semántico-laboral que, obvio, el veterano tunde máquinas sacó de su calcetín.

Acepté tal respuesta como lo que fue: uno de los recursos obligados por la solidaridad del gremio.

Con la espina clavada entre cerebelo e hipotálamo ordené localizar al responsable del mensaje. Insistí con tanta vehemencia que Mary se vio obligada a pagar a un especialista para que indagara el nombre del autor “sin perder de vista —argumentó la doctora— que en el estilo va la firma”. El tipo que contratamos debe haber sido aficionado a la obra de Nietzsche. Esto porque la teoría que nos soltó —después lo comprobamos— le fue copiada al filósofo alemán: “La longitud y la cesura de las frases, la puntuación, las respiraciones; también la elección de las palabras, y la sucesión de los argumentos delatan al escritor. En su prosa y ritmo muestra los vicios y virtudes que crean el estilo”. No contento con su plagio, el susodicho agregó al estilo Perogrullo: “Una vez que leí la secuencia informativa de los principales críticos del gobierno, concluyo que el redactor de esas líneas es Aquiles Báez Tamayo”.

Cuando se le exigió garantizar la certeza de su dictamen, como buen comerciante de ese extraño oficio consistente en encontrar e interpretar pistas a veces dejadas con la intención de confundir, el especialista se salió por peteneras. Dijo:

“Eso es muy difícil de probar debido a que existe la posibilidad de que alguien lo haya imitado, precisamente para borrar las huellas de expresión u otras que pudieran descubrirlo. No sólo es un asunto de caligrafía sino también de forma de escribir. El impostor copia la prosa del suplantado y usa su estilo, mismo que previamente estudió. Los vicios de expresión, por ejemplo, así como las palabras que el imitado suele repetir como si fuesen muletillas”.

Alguno de los intelectuales del equipo descubrió que el tipo en cuestión había emulado al capitán Simonini —personaje de Umberto Eco (El cementerio de Praga)—, un hombre falso tanto por su oficio como por su existencia mítica. Y además experto en crear documentos apócrifos escritos con la deliberada intención de fomentar intrigas y difamar políticos.

Por ello, la perorata plasmada en una modesta cuartilla sin membrete nos dejó en las mismas. Como quería quitarme de la cabeza la idea de venganza, le pedí a Mary que platicara con Aquiles Jodo para, con mesura —subrayé—, reclamarle su traición (ya lo habíamos maiceado dándole publicidad para su portal web). Así lo hizo y el tipo se manejó muy bien, actitud que abonó la posibilidad de que él fuera el imitado, como nos lo advirtió el especialista.

Para acabarla de joder, el problema no estuvo en quién diablos escribió esos párrafos, sino en la confusión, nerviosismo y desconcierto que ocasionó la maldita carta, follón que —según argumentaron— despertó la inspiración de los imitadores de Juanita la del Barrio. A ello le siguió el escándalo en los medios de comunicación, bulla que inquietó a los clanes incrustados en el poder público federal, grupos siempre atentos y dispuestos a indagar sobre cualquier error que pueda beneficiarlos en lo electoral y en lo político. También animó a varias camarillas y a uno que otro líder empresarial, los mismos que pidieron la intervención de organizaciones no gubernamentales, en especial las que se dedican a investigar sobre actos de corrupción y hechos criminales, sea cual fuere su origen. Fue, insisto, una etapa muy incómoda.

Como diría una nueva versión del monje loco que a mediados del siglo XX dio vida al programa de radio de Salvador Carrasco: nadie supo, nadie sabe y nadie sabrá de qué mugroso cerebro surgió semejante falacia, embuste que logré minimizar gracias a una paradoja: alguno de mis colaboradores diseñó la estrategia distractora basada en enfrentar a periodistas contra periodistas valiéndonos de los pendejos útiles, seres siempre dispuestos a golpear a sus compañeros a cambio de una retribución económica acompañada con la elemental sobadita al ego. La única que se opuso a esta acción fue María de la Hoz, empero, salió derrotada por la democracia o consenso del grupo cuyos argumentos estuvieron sustentados en el hecho de que la crítica había empezado a crecer y, en consecuencia, a desportillar la imagen de mí gobierno.

Persecución

La metralla lanzada por la prensa resultó intensa. Durante varias semanas logré resistir las descargas mediáticas gracias al escudo que Mary y yo diseñamos. No obstante, como suele ocurrir cuando los datos son metodizados conforme a la estrategia creada por el maloso genio de Goebbels, hubo dudas que obligaron a la clase política nacional a organizarse para indagar sobre el comportamiento del gobernador de Puebla. Por ventura tales investigaciones me hicieron lo que el viento a Juárez por tres razones que en algún momento supuse resultado de los rezos de mi amigo el arzobispo Del Río, en esos días preocupado porque su fama pública y religiosa también estaba en entredicho. Una: la complicidad entre los comisionados y yo (tres de ellos diputados y un par de senadores que alguna vez estuvieron en la nómina de mi gobierno). Dos: la cobertura y protección legales que con la ayuda de mi asesora diseñé, precisamente para enfrentar ése y otros infortunios. Y tres: la estrategia periodística distractora mencionada, misma que otro de mis asesores se la pidió prestada a Goebbels: “Hay que cargar sobre el adversario los propios errores o defectos; responder el ataque con otro ataque”, dijo y enseguida citó. “Si no puedes negar las malas noticias, inventa otras que las distraigan”. Para eso sirvieron los tontos útiles en funciones de periodistas.

El cabo suelto fue la muerte de Irene Walter Remix, fallecimiento que ocurrió o se dio a conocer (nunca lo supe) el día en que dejó de ser presidente mi amigo Emmanuel Cordero. Por ahí apareció un documento firmado por ella (ya había muerto) y hecho del conocimiento público por Penélope Llanini. ¡Vaya alboroto!

Como siempre ocurre, la caca salió a flote y confirmé que la tal Llanini estaba enamorada de la licenciada Walter y que ésta hizo la propuesta de elaborar un documento acusatorio, hecho que se dio días antes del percance o atentado que dejó a Irene en estado vegetativo. Deben haberlo presentido. O alguno de sus contactos les informó lo que pensaba hacer el presidente Cordero. Quizás por ello escribieron con antelación la respuesta mediática, pero se les atravesó el accidente-atentado y la historia de ambas tuvo un violento giro: Irene quedó en el umbral del otro mundo. Y Penélope sufrió el desamparo político (con todo lo que ello implica), frialdad que equivale a la “muerte civil”. De ahí que el mal suceso quedara ubicado entre las dudas que ponen en entredicho al poder político. No más.

A pocos les importó aquel “papelito” (así lo definieron) a pesar de que contenía muchas verdades. El resto, o sea los preocupados por su trascendencia y efectos nocivos para el Estado, desvirtuamos su contenido valiéndonos de la cultura de la prudencia: “A reserva de investigar las razones de este infundio…etc. etc.”

Pese a los abundantes argumentos que descalificaban su contenido, la carta de marras bastó para que Emmanuel y yo fuéramos el ajonjolí de todos los moles —amargos unos y agrios otros—, menciones que duraron hasta que el equipo del SIAP empezó a sacar los trapitos sucios de varios impulsores de la campaña en mi contra y, por ende, en perjuicio de la fama pública del presidente Cordero: se filtraron informes, datos y documentos comprometedores para políticos, periodistas y clérigos. En algunos casos la información abrió varios closets; en otros destapó dos que tres cloacas cuyo contenido sirvió para darme baños de pureza (el agua sucia —sentenció Jesús Reyes Heroles— debe servir para lavarse las manos).

Alejandro C. Manjarrez