La Pluma y las Palabras (Las grandes obras de interés nacional)

Réplica y Contrarréplica
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LAS GRANDES OBRAS DE INTERÉS NACIONAL

La gran crisis política que se abrió en el país en julio de 1929, poniendo a prueba la capacidad de nuestro pueblo para el ejercicio del gobierno propio, ha terminado. Los graves problemas que hubo de confrontar el gobierno provisional que preside el licenciado Portes Gil, han hallado soluciones brillantes —este calificativo puede escribirse ya sin el temor de que se tome por lisonja—. Con la tranquilidad espiritual que es la amable característica de este momento, la vida recobra su monotonía y hasta el pulso económico de la nación vuelve a adquirir el ritmo que le es habitual. Más aún; la severa honestidad con que el gobierno ha manejado los caudales públicos, aun tratándose de las extraordinarias erogaciones reclamadas por la guerra civil de marzo y abril del 29, después de haber permitido a la administración presente atender —como se ha hecho en todo momento— al pago de los servicios públicos, capacitan al gobierno futuro —al gobierno que ya es inminente— para iniciar el vasto plan constructivo con que, en materia de obras públicas desea señalar su paso por el poder el presidente electo, ingeniero Ortiz Rubio.

Es lógico que al anuncio de que va a emprenderse vigorosamente la tarea constructora —o reconstructora si se quiere— las autoridades regionales se apresuren a mostrar las necesidades de sus respectivas jurisdicciones y las ventajas que reportarían determinadas obras, así para el desarrollo local como para el engrandecimiento general.

Es lógico, porque al golpe milagroso del éxito de un país que en momentos de inquietud y de desasosiego es capaz de hallar los cauces normales de una vida institucional, se abren naturalmente en toda su anchura, las puertas de la esperanza.

La realidad, sin embargo, debe enseñar a los más, que no existe franco el sendero para que cristalicen sus anhelos por nobles y justos, y convenientes que sean. Las guerras civiles —conmociones, al fin, del organismo social— han tenido la virtud de proyectar ante la conciencia del país, cuáles son los problemas de construcción inaplazables, ingentes: aquellos en cuya solución se vincula la unidad misma de la República.

Lo patriótico antes que lo útil

Va haciendo fortuna entre hombres públicos de significación y autoridad que no deban emprenderse más obras que aquellas cuyos rendimientos o beneficios comerciales de antemano se tengan por descontados. Y es justamente contra este principio contra lo que vengo a producirme en este trabajo.

Esa teoría sería irreprochable en un país que ya hubiese logrado su cabal articulación; pero no en México, donde existen zonas extensas —que abarcan entidades federativas y territorios— cuyo desarrollo económico, por falta de nexos con el centro vital del país, se ven alejadas cada vez más de la vida de la nación.

En consecuencia, para que la obra revolucionaria, en su aspecto constructivo, corresponda al pensamiento y al espíritu de la revolución —que tiende a la integración armónica de la nacionalidad— es menester que se dé preferencia a lo patriótico sobre lo útil.

El sureste y el noroeste de México

En concreto, señalaré las dos grandes regiones que reclaman un esfuerzo preferente para incorporarse a la vida económica de la nación: al noroeste y el sureste de México.

La Baja California, hasta hace aproximadamente tres lustros, no era más que una gran faja territorial árida e inhospitaria, un páramo apenas habitado en sus extremos norte y sur, una especie de apéndice dibujado en el mapa de la República… ¡nada más! Sonora, hasta antes de la revolución (hablo de la Revolución grande, no de los accidentes más o menos cuartelarios que más tarde nos hemos prodigado…), miraba con indiferente hosquedad al centro de la República. Y Yucatán y los demás estados del sureste no han sentido otro nexo más perceptible que la presencia de los agentes fiscales gubernativos, diligentes para cobrar con rigurosa puntualidad las tareas de la federación.

La revolución ha servido, desde luego, para que nos conozcamos los mexicanos de todas las latitudes; pero no hemos sido capaces aún de vincular sólidamente la economía nacional. Los formidables aludes venidos del norte hacia el sur en los años de 1913 y 14, y los que más tarde partieron de acá para el norte, semejando el flujo y reflujo de una imponente marea, en mucho sirvieron para que mezclaran su suerte los hombres de esta generación, plantando tienda y formando hogar la gente de una región en lugares que ayer se consideraban remotos aun estando dentro del mismo país. Pero esto no debe ser visto sino como un fenómeno extraordinario, como debe ser extraordinaria toda convulsión revolucionaria. Normalizarnos es la forma de encontrarnos en la vida no debe ser otra que la de ahora nuestra existencia abrir grandes cauces para el desarrollo armónico de la economía nacional.

La simple verdad de que las distancias, ahora, se miden en razón de los medios comunicativos, es una verdad que no debe apartarse de nuestro pensamiento. La unidad política de un país se resiente más pronto o más tarde, por la desconexión de las entidades que constituyen su organismo. Y si queremos que no se destruya el tronco vital de la patria, dos grandes ramas que dividen al sureste y noroeste, es preciso que sepamos establecer los conductos por donde fácilmente se comuniquen su savia.

Sonora y Yucatán

Respecto a los estados del noroeste, al menos, podemos congratularnos de que se ha soldado la gran arteria ferrocarrilera del Sudpacífico que entronca en occidente con la red nacional, haciendo posible por esta parte la unidad económica. En consecuencia, lo necesario parece más bien proveer a la reconstrucción de Sonora, abatida, más que por otras causas, por las fuertes sangrías que presentan las enormes corrientes emigratorias que se han producido hacia el centro del país y hacia el occidente de los Estados Unidos. La agricultura de este estado —salvo en la zona del sur que riegan el Yaqui y el Mayo— se antoja aplastada por la exuberante fertilidad sinaloense y por los cultivos intensivos de California. Es urgente, pues, para que no se acentúe la anemia económica que allí se sufre, que las nuevas obras de irrigación se ejecuten en Sonora, apresando las aguas del río de su nombre, a manera de que rieguen y fertilicen los valles inmensos de Hermosillo y de Ures, donde con ventaja puede emularse a los californianos.

Sin embargo, más urgente aún que este problema, es el de las comunicaciones con el sureste, porque los estados que se asientan en esta región, cuyo desarrollo no puede ni debe ser contenido, se ven compelidos a atarse cada vez más a la economía norteamericana y a crearse un género de vida ajeno del todo a nuestra existencia. ¿Qué menos puede hacerse por Yucatán y las demás entidades peninsulares, que incorporarlas, en verdad, a la vida de la nación?

El problema inquietante

Pero el problema es positivamente inquietante por lo que ve a la Baja California. La acción vigorosa y entusiasta de un lado de la revolución —Abelardo L. Rodríguez— está haciendo que surja una verdadera entidad que pronto reclamará a justo título los derechos inherentes a la soberanía —diré mejor autonomía— de los estados federales; pero el aislamiento en que se encuentran estos pueblos pobladores, separados del resto de la República por el enorme desierto de Altar, va a ir creando al país en un lapso que sobrepasará, de fijo, a la existencia de la presente generación, un problema semejante al planteado en Texas en las primeras décadas de la Independencia. Todavía, los pueblos del sureste, enamorados de su cultura y de su historia, han adquirido plena conciencia de sus deberes para con la patria grande, como partes integrantes del organismo nacional; y si murmuran por el aislamiento en que se hallan, justamente esta es la prueba de su vinculación espiritual con los mexicanos del centro. ¿Pero acaso podrá decirse lo propio de un pueblo sin historia y que se forma, como va formándose el de la Baja California, sin más contacto que el contacto del yanqui, sin más ejemplos que los ejemplos del yanqui, sin otro ambiente cultural que el del Occidente norteamericano—a pesar de los esfuerzos que se hacen por introducir la escuela mexicana— y sin otro desarrollo económico que el que se promueve con las transacciones que se operan con nuestros opulentos vecinos de Septentrión?

Un esfuerzo nacional

La guerra civil —decía en el discurso de este artículo— ha tenido la virtud de proyectar ante la conciencia del país estos problemas ingentes, porque ha sido la ocasión, que pone de manifiesto el grado de separación en que se hallan, respecto al centro vital del país, las vastas y ricas regiones del sureste y del noroeste de la República, y particularmente los territorios de las penínsulas de Yucatán y de Baja California. Recordemos los grandes esfuerzos que hubieron de desplegarse en el año 24 para domeñar la insurgencia de entonces, cuando se refugió en el sureste, y como no pudo ser abatida hasta que el gobierno reconquistó el control militar en aguas del golfo de México. Miremos cómo fue imposible en 1929, a despecho de empeños extraordinarios, que un ejército cruzara el desierto de Altar. Y subrayemos que una de las más meritorias proezas realizadas en la reciente campaña fue la marcha de una columna por la escarpada sierra del Púlpito.

La unidad nacional no se habrá consolidado mientras hayamos menester de los ferrocarriles y de los barcos del extranjero para realizar nuestro comercio interior. Y como no es justo, ni humano tampoco, constreñir al sureste al empleo de nuestra incipiente e insalubre marina mercante, lo que se impone de urgencia, por sobre cualesquiera otras obras públicas, es convocar al país para que, haciendo un esfuerzo nacional, se abran las rutas (carreteras o caminos de hierro) que conecten el territorio de la República con sus dos grandes penínsulas, sin dejar tampoco para tiempos mejores la atención que reclama Sonora.

A nadie escapa que así el camino a Yucatán como el camino a la Baja California no son obras cuyo rendimiento corresponda a la fuerte inversión que requieren; pero he de repetir para terminar: no son obras de utilidad comercial, sino obras en cuya realización se finca un interés patriótico superior, las que reclama el país para establecer la unidad económica y afianzar la unidad política de la nación.

El Nacional, 18 de enero de 1930.

Froylán C Manjarrez

Revista Réplica