El liderazgo es una enfermedad (Después de las 10)

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Después de las 10

Aquí no escribiré sobre políticos, escribiré sobre personas a las que les dieron poder, porque al darles poder les dieron acceso directo a las posibilidades, a los caprichos, al control, a la capacidad, pero también al ego, el miedo, la soledad, la obsesión, las traiciones, la ambición y la necesidad de un legado que no sea olvidado o, por lo menos, cueste trabajo borrar de inmediato, pues con todo a la mano no lograrlo sería un pecado en la clase a la que ahora pertenecen.

No me interesa quién ocupa la silla, lo que atrae es ver en qué se convierten los personajes que llegan a ella, si esa oficina, sea el puesto que sea, se vuelve su obsesión y mejor logro o solo un paso más en una vida con otras prioridades definidas.

El poder, al igual que este bar, es un pésimo lugar para esconder inseguridades, pues quienes lo poseen hacen obvias las necesidades que siempre tuvieron, los miedos que siempre enfrentaron y los lugares donde su carácter se fractura.

El concepto de poder de un gobernante no es el problema, pues el poder en sí no tiene el talento de cambiar a la gente, la magia del poder está en desnudar a las o los individuos que siempre fueron, pero temían ser.

Con honestidad, creo que el poder yace cuando menos se necesita, cuando menos se recurre a él y cuando menos escándalo sobre poseerlo se hace. He conocido a líderes que necesitan séquitos para poder tener presencia y también a líderes que cambian el aire con su presencia, personas que con solo entrar a una habitación cambian las caras, los gestos, hacen que unos aprieten los puños, que otros ya no digan lo que iban a decir, que las conversaciones cambien, y no necesitan decir una sola palabra. Ese, en lo personal, es la clase de liderazgo que termina por imponer una historia, pues quien siempre necesita aplausos, validación, igual que cualquier adicción, terminará conducido hacia donde esté esa droga y no hacia la verdad de un motivo.

El liderazgo no tiene que ver con jerarquía, quien confunda ser líder con ser jefe confunde poder con autoridad, confunde influencia con sumisión e hipocresía con motivación. Pues un jefe observa desde atrás, dirige, corrige, diagnostica, registra errores y sin alguien que lo obedezca carece de sentido su existencia. Puedes dirigir a toda una sociedad, y esa sociedad puede obedecerte, por el hecho de que sabes más, tienes más, les das algo que les hace falta o te temen, pero no por convicción.

El liderazgo es distinto, el liderazgo no es una virtud, es una condición que muchas veces duele, que muchas veces significa soledad. El liderazgo no necesita que lo sigan, por inercia lo logra, pues ser líder es una enfermedad que obliga a quienes la padecen a arriesgarse constantemente, a ver como silueta de algo hermoso el humo del cigarro, a creerse como ley lo que se rayó como idea en una servilleta, a exponer el cuerpo, la emoción, la salud mental y todo aquello que posea, humano o material, a vivir y demostrarse que es capaz de descubrir primero algo, algo que aún nadie ve, pero que los demás, al observarlo tan obstinado, obsesionado y motivado a lograrlo, inician fijándose en su vida por curiosidad, para después creer en eso que aún no existe pero que extrañamente luce con tanta claridad en el mundo del que se les cuenta. Un líder tiene esta necesidad nata de hacerlo primero que otros, de arriesgarse, de probar que una espina puede doblarse, que un desierto puede mojarse y que la vida no es como se la enseñaron cuando tenía uniforme de cuadros y se sentaba en una banca.

Por supuesto que el liderazgo se aprende, por supuesto que el liderazgo es nato, por supuesto que ambas cosas son ciertas. Claro que liderazgo no significa ser buena persona, en la historia abundan historias de quienes destruyeron todo por creer en sí mismos, y claro que el liderazgo no es justicia, pues a veces quienes lo harían mejor también resulta que hacen menos.

Aquí no me interesa hablar de si es correcto voltear a ambos lados al cruzar la calle o analizar la moral y motivos, tampoco encontrarle sentido a la influencia que un traje, reloj hace en quienes gobiernan o lo intentan, no analizaremos sus fortunas o miserias, sus pecados o vendettas, sus camionetas o marcas en la ropa, sus viajes o restricciones, aquí analizaremos su liderazgo.

Cuánto los personajes que influyen en el mundo en verdad importan en lo que tú y yo decidimos día a día, cómo nos mueve la vida, quién motiva, quién da miedo, quién da risa y por qué, todo desde la opinión sincera que puede o no ser también la tuya, todo escrito de mi experiencia buscando ser líder en los espacios que influyo, que solo son mi vida y los lugares donde hablo y escribo, y ayudando a otras y otros a encontrar el motivo de ser relevantes en sus términos.

Aquí hablaremos de las emociones, aciertos y errores de quienes se atreven, porque eso son, las y los que se atreven, no hablaremos de personas perfectas y cómo deberían comportarse, porque esa crítica nace de sentirse superior, y aquí solo compartiremos la sinceridad e ideas que han surgido a lo largo de mi profesión y pasión, que ha encontrado el espacio ahora en este medio y que a toda costa evito que ChatGPT tenga algo que ver más allá de corregirme una letra de más, o un acento ausente.

Pues creo fielmente en que lo que escuchamos y decimos aún está a tiempo de salvarse y no dejar de nacer en un ser humano real al que le corra sangre todo el día y un vaso de whisky después de las 10 de la noche. Eso, en mi opinión, es el liderazgo, la sinceridad de ser quienes somos y que alguien le encuentre sentido a ello.

Deseo que disfrutes esta columna cada semana, disfrutes leer desde otra perspectiva sobre liderazgo, poder y personas con alma.

Rafa Goli 

@RafaGoli.