El problema es que seguimos creyendo que el desarrollo consiste en tirar árboles para sembrar cemento...

El ser humano es la única especie que destruye aquello que le beneficia. Así ha sido siempre. Destruye la ética, destruye los valores, destruye el respeto y, por encima de todo, destruye la naturaleza.
¿Cómo es posible que esos árboles que nos regalan el oxígeno que respiramos, filtran la contaminación, capturan dióxido de carbono, limpian el aire, disminuyen la temperatura, producen sombra y hasta ayudan a nuestro cerebro a generar sustancias relacionadas con el bienestar, sean vistos como un estorbo?
Parece absurdo, pero así somos.
Hay quien no quiere un árbol porque tira hojas. Porque ensucia la banqueta. Porque levanta el pavimento. Porque le tapa el anuncio del negocio. Porque las raíces le molestan. Porque los pájaros hacen ruido. Porque, simple y sencillamente, le da flojera barrer.
La comodidad inmediata siempre termina derrotando a la inteligencia.
Y eso ocurre aun cuando existen leyes que protegen el arbolado. Porque una cosa son las leyes y otra muy distinta la cultura.
Voy a hacer una confesión.
Yo pensé que las cosas cambiarían con Alejandro Armenta Mier. No era una expectativa gratuita. Durante años construyó una imagen pública ligada a la siembra de árboles y a la reforestación. Por eso imaginé que Puebla capital se convertiría en una ciudad más verde.
Quizá esos millones de árboles sembrados ya estén creciendo en algún cerro, en alguna barranca o en alguna zona rural, y ojalá así sea. Pero basta recorrer la ciudad para preguntarse: ¿dónde está esa transformación urbana?
Puebla sigue siendo una ciudad árida.
Cada año hay más concreto, más calor y menos árboles.
Haga un ejercicio muy sencillo. Busque fotografías de Madrid, de París, de Berlín o de Nueva York. Verá avenidas completas cubiertas por árboles. No es casualidad. Es planeación urbana. Es entender que un árbol no es un adorno, sino parte de la infraestructura de una ciudad.
Aquí seguimos creyendo que un estacionamiento vale más que una jacaranda.
Ahí están las palmeras de la avenida Teziutlán Sur, todas marchitas. Dicen quienes conocen del tema que una fumigación mal realizada terminó por dañarlas. No puedo asegurarlo. Tampoco voy a ir al camellón a rasparles la corteza para comprobar si siguen vivas; no vaya a ser que termine yo en la sombra… pero de un reclusorio. Mejor que eso lo hagan los especialistas y los ecologistas.
¿Y a qué viene todo este rollo?
A decirle que mientras aquí seguimos discutiendo si un árbol ensucia la banqueta, en otras partes del mundo ya le reconocieron derechos a la naturaleza.
Sí, leyó bien.
Derechos.
Ecuador fue el primer país en incorporarlos a su Constitución. Bolivia siguió el mismo camino con la Madre Tierra. Nueva Zelanda otorgó personalidad jurídica al río Whanganui y posteriormente al monte Taranaki. Colombia reconoció al río Atrato y a la Amazonía como sujetos de especial protección judicial. España hizo lo propio con el Mar Menor y Panamá aprobó una ley que reconoce a la naturaleza como un ente vivo con derechos propios.
No son ocurrencias de ambientalistas. Es una nueva corriente jurídica que entiende que la naturaleza no es simplemente una propiedad, sino algo que merece protección por su valor intrínseco.
México tampoco ha permanecido ajeno a esta discusión. Diversas entidades federativas, entre ellas la Ciudad de México, el Estado de México, Oaxaca, Guerrero y Colima, han incorporado en distintos grados el reconocimiento de los derechos de la naturaleza o de la Madre Tierra en sus marcos jurídicos. La Suprema Corte de Justicia de la Nación también ha desarrollado criterios que fortalecen una visión en la que el medio ambiente merece protección por sí mismo y no únicamente por la utilidad que representa para los seres humanos.
En municipios como San Andrés Cholula existen reglamentos que obligan a solicitar autorización para la poda o el derribo del arbolado urbano y contemplan sanciones para quien intervenga un árbol sin permiso de la autoridad competente.
El problema nunca ha sido la falta de reglamentos.
El problema es que seguimos creyendo que el desarrollo consiste en tirar árboles para sembrar cemento.
Después nos quejamos del calor.
Nos sorprendemos cuando las lluvias inundan las calles.
Compramos aire acondicionado porque ya no soportamos las temperaturas.
Lo irónico es que un árbol urbano maduro puede disminuir la temperatura de su entorno entre dos y ocho grados centígrados, dependiendo de la especie y de la cobertura vegetal. Es decir, la naturaleza hace gratuitamente lo que después intentamos resolver gastando millones de pesos en energía eléctrica, infraestructura y salud pública.
Y luego organizamos jornadas de reforestación para intentar recuperar, en diez o veinte años, los árboles que destruimos en una mañana con una motosierra.
Hay una frase muy conocida que dice que la mejor fecha para sembrar un árbol fue hace veinte años. La segunda mejor fecha es hoy.
Pero aquí seguimos esperando.
Quizá el verdadero atraso no sea económico.
Quizá sea mental.
Porque una sociedad que considera basura las hojas de un árbol, pero normal respirar aire contaminado, todavía no entiende de qué depende su propia existencia.
Seguimos creyendo que la naturaleza nos pertenece.
La realidad es exactamente al revés.
Nosotros le pertenecemos a ella.
Y cuando terminemos de destruirla, no será la naturaleza la que desaparezca primero.
Seremos nosotros.
Porque el planeta encontrará la forma de seguir viviendo.
La pregunta es si nosotros estaremos aquí para verlo.