Trabajo en equipo

La referencia que Mario Vargas Llosa hace de Octavio Paz (El lenguaje de la pasión[1]), puede ayudarnos a comprender la razón del cambio que ocurrió en las inteligencias abiertas y digamos que oxigenadas, cuya crítica al PRI no sólo se moderó sino que hasta se transformó en complacencia e incluso en reconocimiento a sus iniciativas para democratizar la política nacional.
Hete aquí lo escrito por el literato peruano en relación a nuestro Premio Nobel de Literatura:
…Pero es cierto que su imagen se vio algo enturbiada (…) por su relación con los gobiernos del PRI, ante los que moderó su actitud crítica. Esto no fue gratuito, ni, como se ha dicho, una claudicación debida a los halagos y pleitesías que multiplicaba hacia él el poder con el ánimo de sobornarlo. Obedecía a una convicción que, aunque yo creo errada (…) Octavio Paz defendió con argumentos coherentes. Desde 1970, en su espléndido análisis de la realidad política de México, Posdata, sostuvo que la forma ideal de la imprescindible democratización de su país era la evolución, no la revolución, una forma gradual emprendida al interior del propio sistema mexicano, algo que, según él, empezó a tener lugar con el gobierno de Miguel de la Madrid y se aceleró luego, de manera irreversible, con el de su sucesor, Salinas de Gortari. Ni siquiera los grandes escándalos de corrupción y crímenes de esta Administración lo llevaron a revisar su tesis de que sería el propio PRI quien pondría fin al monopolio político del partido gobernante y traería la democracia a México.
Muchas veces me pregunté en estos años por qué el intelectual latinoamericano que con mayor lucidez había autopsiado el fenómeno de la dictadura (en El ogro filantrópico, 1979)[2] y la variante mexicana del autoritarismo, podía hacer gala en este caso de tanta ingenuidad. Una respuesta posible es la siguiente: Paz sostenía semejante tesis, menos por fe en la aptitud del PRI para metamorfosearse en un partido genuinamente democrático, que por su desconfianza pugnaz hacia las fuerzas políticas alternativas, el PAN (Partido Acción Nacional) o el PRD (Partido de la Revolución Democrática). Nunca creyó que estas formaciones estuvieran en condiciones de llevar a cabo la transformación política de México. El PAN le parecía un partido provinciano, de estirpe católica, demasiado conservador. Y el PRD un amasijo de ex priistas y ex comunistas, sin credenciales democráticas, que, probablemente, de llegar al poder, restablecerían la tradición autoritaria y clientelista que pretendían combatir. Toquemos madera para que la realidad no confirme este sombrío augurio.
El lector ya sabe lo que ocurrió en la política nacional: la realidad confirmó aquel “sombrío augurio”, a veces disimulado con destellos artificiales. Empero, lo importante es que la educación superior pública fortaleció su presencia intelectual gracias a que muchos de los rectores del país entendieron que la evolución dejaría mejores dividendos sociales y académicos que la revolución, reforma (también gradual) que impactó en el desarrollo académico de, entre otras universidades, la Autónoma de Puebla.
En la evolución, precisamente, se combinó la ciencia con las humanidades y la política, en la mejor de sus acepciones. También se privilegió la cultura, en algunos casos —como en el de la UAP— dándole fuerza a lo axial que regula e impulsa al desarrollo integral de los jóvenes en proceso de crecimiento intelectual, generación que parecía haberse inspirado en las acciones del grupo que —según escribe F. Humberto Sotelo— en 1945 formó la revista Cauce [3].
En 1943 un núcleo de jóvenes soñadores —pero audaces— decide desafiar el estlablishment cultural de Puebla, persuadidos de que el mismo se había convertido en un obstáculo para la superación de las letras y de las otras expresiones artísticas de la entidad. Este desafío partió de la intuición de que —parafraseando a Hamlet— “algo podrido” flotaba en la vida cultural y social de Puebla, percatándose de que la causa de ese fenómeno se encontraba en la “enfermedad moral” que asolaba al estado en ese tiempo, expresión inequívoca de la devastación social provocada por el cacicazgo avilacamachista, quien con su despotismo e intolerancia había convertido a la entidad en algo semejante a una “Tierra baldía” en la que brillaban por su ausencia no sólo las libertades políticas y sociales sino incluso esas libertades que en apariencia son “inofensivas” para los sistemas dictatoriales (razón por la cual éstos suelen, si es que no tolerarlas abiertamente, sí pasarlas por alto): esto es, las libertades de pensamiento y de creación.
Tales jóvenes, convencidos de que (al igual que Dostoievski, quien expresó que sólo el arte y la cultura podían salvar al mundo) el mejor antídoto contra la “enfermedad moral” que emponzoñaba a la sociedad se encontraba en la cultura, decidieron emprender un ambicioso proyecto de “regeneración” encaminando a renovar las letras y en general la cultura de Puebla, pensando que la mejor forma de cristalizar este proyecto atravesaba por la creación de una revista que les permitiese no sólo difundir sus opiniones y sus posturas, sino también involucrar a otros segmentos sociales —sobre todo a los universitarios— en su proyecto. Fue así como surgió —en agosto de 1945— la revista Cauce la cual contó con el apoyo decidido de la Federación Estudiantil Poblana (FEP), que por ese entonces era la organización que representaba los intereses de la comunidad universitaria de la Universidad de Puebla.
¿Es de extrañar que la primera iniciativa importante que lanzó el grupo citado haya sido la creación de una revista? No… Tal como escribió Octavio Paz, “en México, la publicación de una revista ha sido el modo predilecto de aparición de las nuevas generaciones, de la Revista Azul a la Revista Mexicana de Literatura”. No deja de ser significativo que Cauce haya surgido seis meses después de la muerte de Maximino Ávila Camacho (febrero de 1945).
Sus fundadores fueron Juan Manuel Brito Velázquez, Antonio Esparza Soriano, Salvador Medina, Augusto Martínez Gil y Juan Porras Sánchez. Más adelante se integrarían a la revista Gastón García Cantú, Ignacio Ibarra Mazari y Francisco Ciófalo Zúñiga (…) Brito Velázquez, al frente de la FEP y con su columna de Cauce, contribuyó a establecer los cimientos para la autonomía de la Universidad de Puebla, conquista que se logró en 1956…
Nos dice Sotelo que en 1947, el recién nombrado rector Horacio Labastida Muñoz, comparte con el Grupo Cauce la inquietud cultural haciendo de su rectorado el punto de quiebre de la historia moderna de la Universidad. Es en ese periodo —afirma el investigador— cuando la UAP “deja de ser un centro de estudios cuasi medieval para pasar a convertirse en una universidad acorde con los signos de los tiempos”. En esta etapa Gastón García Cantú ingresa a la planta de académicos como director de la preparatoria y titular de la cátedra de sociología mexicana. Labastida Muñoz y García Cantú prepararían así el terreno intelectual donde, valga la metáfora, crecería el gran árbol de la cultura bajo cuya sombra se desarrolló el futuro cultural y luminoso de la Universidad.
Aquel impulso consolidó la política cultural universitaria. Una de las muestras de esa preocupación por preservar, mostrar, difundir y compartir el patrimonio de la BUAP, podría ser el Museo Universitario, mismo que se instaló en la Casa de los Muñecos, inmueble adquirido por la Universidad el 11 de septiembre de 1983. Este espacio custodia algunas de las piezas y aparatos científicos que sirvieron a la investigación (siglos XIX y XX). También alberga las más de cuatro mil piezas “que conforman las colecciones de pintura, muebles, yeserías, grabados, fotografía y acuarelas que provienen del Colegio del Espíritu Santo, la Academia de Bellas Artes o donaciones”[4]. Asimismo, se exhibe la obra de los pintores: Cristóbal de Villalpando, José Luis Rodríguez Alconedo, Juan Tinoco, Diego de Borgraf, Miguel Cabrera, Agustín Arrieta, José Manzo, José Juárez, Luis Berrueco y Jerónimo de la Portilla. Ello además de la obra de arte donada por algunos de los artistas plásticos contemporáneos, mismos que fueron invitados a exponer su trabajo en las salas de este Museo.
El Museo de la Memoria Histórica es otro de los ejemplos. Su espacio custodia la semilla cultural sembrada por diversas generaciones de universitarios, desde aquellos que vivieron en el siglo XVI —los cuales se persignaban cuando la ciencia los hacía dudar de sus creencias religiosas—, hasta el arribo de la generación que —repito la frase de Humberto Sotelo— alejó a la cultura de conceptos y costumbres cuasi medievales.
En el aspecto cultural, científico y educativo, los milagros (o la “magia”) dejaron de serlo gracias a la constancia, estudio y dedicación de investigadores y académicos cuyo trabajo ha dado sustento histórico a la razón documentada, legado enriquecido por las generaciones subsecuentes. Aquella concepción educativa requirió de las actualizaciones que demanda el dinamismo del mundo moderno. Se actualizaron y mejoraron los programas académicos y ampliaron los espacios de estudio. Fueron satisfechos los requerimientos inherentes al desarrollo científico de la humanidad. La Universidad respondía sí, pero siempre quedaba el saldo rojo que representa la necesidad insatisfecha de la culturalización integral. La cultura existía sólo como un agregado natural a otras disciplinas, tal y como ocurre en distintas universidades. No había ningún proyecto que por su importancia adquiriera su propia dinámica para trascender y convertirse en uno de los ejes del crecimiento humanístico de la Universidad. Esta llamémosle carencia, pudo haber servido de incentivo para que las autoridades universitarias buscaran consolidar el o los proyectos culturales nacidos al calor de las discusiones entre hombres y mujeres preocupados por dotar a su Casa de Estudios de un sólido programa, mismo que —entre otras acciones positivas— quitara el polvo a los libros y corriera el velo que cubría la obra producto del ritmo interno impulsor de la visión, el ingenio y la sensibilidad. Faltaba implementar acciones que incentivaran la adopción de la ética nutrida por la necesidad de conductas basadas en el conocimiento de la historia, preámbulo del futuro donde el humanismo tendrá que desvincularse de los dogmas.
En esta trama de necesidades, ideas, atisbos, inquietudes y requerimientos, el 10 de noviembre de 2008 inició sus actividades el Complejo Cultural Universitario. El espacio en buena medida modernizó la propuesta original de los jesuitas fundadores del Colegio de la Compañía de Jesús de San Jerónimo; es decir, la aportación primigenia que se reprodujo hasta construir los cimientos sobre los cuales se edificó lo que hoy es el espacio arquitectónico detonador y, en consecuencia, difusor la cultura.
Vale traer a cuento lo que dijo Alfonso Esparza Ortiz cuando fungía como Tesorero de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, cargo que lo proyectó primero a la Secretaría General y después a la Rectoría:
En la universidad contamos con la visión cultural del rector Enrique Agüera Ibáñez, acciones que necesariamente mejorarán la oferta cultural. Ahí está la construcción del Complejo Cultural, que es una obra que el rector (Agüera) pensó y proyectó precisamente para fomentar las actividades culturales. La idea es que en algunos años acuda la sociedad a ese Complejo Cultural, que lo aproveche cualquiera de los sectores socioeconómicos. Pronto estará lista la infraestructura que necesita Puebla.
Y así fue. El Complejo Cultural Universitario se construyó en una fracción de las 20 hectáreas donadas a la Universidad por el gobierno de Manuel Bartlett Díaz: este mandatario rescató de la especulación las más de mil hectáreas expropiadas durante el régimen de Mariano Piña Olaya cuyos colaboradores —hay que apuntarlo para que no se olvide— ya se habían distribuido las ganancias de lo que planearon como su gran negocio inmobiliario, prácticamente personal. La de Bartlett fue, reitero, la administración que concibió e impulsó la construcción del Centro Comercial Angelópolis, iniciativa que impidió se concretara la común corrupción basada en el manejo ilícito del patrimonio público. El acto jurídico en comento permitió al gobierno promover el desarrollo de la Puebla moderna. Agüera se dio cuenta y decidió aprovechar la oportunidad para ubicar a la Universidad en la mejor zona comercial de la entidad: construyó así el polo de atracción cultural y social que hoy distingue a Puebla.
El haber referido a Alfonso Esparza Ortiz me permite acotar que probablemente éste nunca imaginó que tendría en sus manos la oportunidad de encausar el impulso cultural y académico iniciado durante el rectorado de Enrique Agüera Ibáñez. Ello no obstante haber sido el responsable financiero de la obra, pues en ese lapso estuvo al frente de la Tesorería. A esta venturosa circunstancia hay que agregar el hecho de encontrarse ante la oportunidad de encabezar el movimiento silencioso universitario que invalidó la autonomía al pasarla del papel a la praxis tal y como lo muestra el mensaje que Esparza pronunció en su segundo informe como rector. En esa ocasión lo vi moviéndose a sus anchas en el escenario del Auditorio del Complejo Cultural Universitario. Su evidente seguridad me indujo a reflexionar sobre su vida en la Institución que lo formó. Recorrí la llamémosla película de su trayectoria universitaria, empezando por las primeras imágenes grabadas en mi mente, o sea lo ocurrido en una de las diligencias judiciales contra Malpica. En aquella ocasión se mostró extremadamente nervioso, quizá porque era la primera vez que representaba a la Universidad con la instrucción de exponer los argumentos del rector interino nombrado por la clase política universitaria y palomeado por el gobierno de Mariano Piña Olaya. El plan del grupo en el poder se basaba en que el rector destituido Óscar Samuel Malpica Uribe permaneciera en la cárcel.
Pasaron los años y se olvidó aquella mala experiencia institucional que operaba como un fardo. La vida universitaria salió del umbral de la inestabilidad, estatus que, como fue dicho, tuvo el auspicio de el gobierno estatal instruido por los mandos federales.
[1] Vargas Losa, Mario, El lenguaje de la pasión. Editorial Alfaguara, 2001
[2] “La institución presidencialista mexicana se parece —escribió Paz en la revista Plural (1972)—, más que al presidencialismo norteamericano que la inspiró, a la dictadura de la antigua Roma (...) Nuestros presidentes son dictadores constitucionales, no caudillos”.
[3] Puebla a través de los siglos, Encuentro con la historia. Ed. Investigaciones y publicaciones, a. c. Puebla, México, 2015
[4] Página web del Museo Casa de los Muñecos: http://www.museobuap.mx