Después de las 10

"No crean, señores, que si intentan sacarme de este sillón por la fuerza, yo seré como otros presidentes de América Latina que se suben a un avión y se marchan al extranjero. ¡No! Yo estaré acá. Y me defenderé hasta la última bala... perdón... hasta la penúltima. Yo sé lo que haré con la última".
Caminaba por las calles de Santiago y miles de chilenos azotaban cacerolas en la calle, señales de protesta. En los edificios, bocinas tocaban música de Violeta Parra y Calle 13. Una amiga me dio un paliacate para cubrirme la cara y entonces nos unimos a una turba que gritaba "hijos de pu..." a los pacos. Era el 2019 y Chile se levantaba contra el gobierno y los políticos por lo mismo de siempre, y con la misma rebeldía de siempre.
La gente destrozaba las banquetas, anuncios y gritaba que esto ya se lo habían hecho a Allende, que ya se lo habían hecho a Neruda, como si los ideales bien escritos y las críticas poéticas sacaran roña a quienes dirigían.
Entonces tomé una piedra y, mientras alguien en una bocina con micrófono gritaba desde el lomo de Diamante, el caballo de Baquedano, militar chileno inmortalizado en esa escultura de la plaza Italia, que ahora lucía pintada, orinada y sin valor, de ese lomo que creo es de bronce, gritaban: "¡Aquí nació Allende! ¡Aquí nació Neruda! ¡Pacos hijos de pu...!", al mismo tiempo que recibimos una lluvia de lacrimógeno y mi amiga decidió que debíamos retroceder, con la garganta cerrándose y el corazón latiendo.
Pensé entonces qué carajo hacía en las protestas de un país que no era el mío, por una causa que no era la mía, contra idiotas que a mí no me habían hecho nada, pero comprendí que los dolores y las ganas de curarse la historia que salió mal son universales.
Tal vez después cuente más de esa travesía, pero ahora me parece relevante porque, cuando hablamos de líderes, creemos que hablamos de gente con éxito. Me pudre escuchar a falsos líderes, y digo falsos porque un puesto o silla no te dan la credibilidad de poseer ideas que venzan al tiempo. Se la pasan citando a verdaderas leyendas del mundo, gente a la que le importó poco morir como murió Allende, que sacrificó su tierra para largarse perseguido como Neruda, como si fueran merecedores de la mitad del significado que estos personajes sí sintieron cuando pasaron por esos momentos.
No soy partidario de nadie, pero sí admirador de quienes trascienden, de quienes dejan frases, hechos, poemas, palabras y sangre de cómo fue su tiempo y cómo hay que defender el nuestro.
Tal vez las líneas anteriores suenen a coraje y si las olieran, también percibirían este cigarro y este café cortado, porque justo son tres cosas con las que las escribo al ver cómo, con discursos de ChatGPT, cualquiera cree poseer sabiduría para provocar emoción; de cómo cualquiera que ocupa un cargo cree que merece respeto como si existieran las monarquías.
Y sé que este texto se parece más a las líneas de un inconforme que vive rompiendo botellas contra paredes de 100 años y no a la laptop de un tipo que se dedica justo a todo lo contrario, pero ese es el punto: que el liderazgo no debe depender de qué inventemos, sino de qué sintamos; que no debe provenir de citar a mil personajes, sino de, por una vez en la vida, atreverse a pelear con la misma intensidad que alguno de ellos por algo en nuestras vidas.
Y que pelear no se vuelva lograr un título, o abrir una empresa, o ganar una elección. No, que pelear se entienda como el que, sin nada, sale a convencer a otros de que se puede todo, así como lo hizo Allende.
Porque si quieres saber por qué los mismos líderes de todos los tiempos son los mismos que siguen inspirando, es porque esos líderes en verdad dejaron de dormir, sacrificaron a quien amar y se equivocaron sin miedo a hacerlo en pro de lograr dejar su mente e ideario claros. No se sentaron a analizar el mundo desde instagram, y a tomar decisiones con Claude; no leyeron un discurso correcto todo el tiempo.
Si a quienes hoy pretenden dirigir algo pudiéramos decirles algo, sería que imiten más a estos y menos a los que salen en TikTok, en Facebook o en los noticieros. Sería que tomen lecciones de cómo estos enfrentaron las crisis, las somnolencias y las revoluciones que se les presentaron, de cómo las perdieron y las ganaron.
Porque la sociedad seguirá el mismo patrón siempre: la inconformidad, no importa qué tan cómoda esté. Hoy se levantan nuevamente Francia, Italia, España, así como en aquel momento Chile, así como en muchos momentos México. Eso no cambia ni cambiará. Sin embargo, sí es triste observar cómo quienes, desde el otro lado, los que fungen como líderes, no cumplen el mismo papel que aquellos que hicieron historia.
Cada vez existen más líderes preguntándole a su celular qué hacer o qué decir y menos abriendo la puerta, tomando un micrófono y haciendo lo que se debe hacer.
No existe una crisis política nueva, esa siempre ha sido y estado. Cambian los nombres, pero no las circunstancias.
Si eres joven, te diría lo mismo que leí aquella vez en un parque de Santiago, dicho por Salvador Allende: "Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica", o te repetiría lo mismo que leí en La Chascona, la casa de donde exiliaron a Neruda: "Queda prohibido no sonreír a los problemas, no luchar por lo que se quiere y abandonarlo todo por miedo".
Aquella vez recogí una piedra de una banqueta de Santiago mientras los pacos me aventaban lacrimógeno, porque esa piedra, pedazo de banqueta, era la única arma de los que protestábamos. Y hoy la tengo en mi librero, como símbolo de que un líder no solo cita a aquellos que ya trascendieron, sino que también debe, en la medida de lo posible, vivir como ellos.
Rafa Goli
@RafaGoli.