¿La IA miente por convivir?

Réplica
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El ojo humano, ese que duda, ese que incomoda...

Hay momentos en el oficio periodístico donde la realidad no solo se observa: se somete a un escrutinio. Verificar una noticia no es un trámite del becario; es un filtro moral. Ahí, en esa mesa, se separa lo que de verdad ocurrió de lo que alguien quiso que ocurriera.

Fue precisamente en ese proceso —en este mismo espacio, revisando cables e información de última hora— donde saltó algo más revelador que cualquier exclusiva.

Hay mentiras que nacen de la soberbia de los comunicólogos “expertos”. Otras, más peligrosas, brotan de una necesidad casi infantil de encajar.

El ser humano domina ambas. Mentimos en la sobremesa, en la cantina y, con un talento aterrador, en los pasillos del poder. Se miente para no incomodar, para no llevar la contraria, para no perder el favor del patrón. Mentir por convivir se ha vuelto una forma elegante —y socialmente aceptada— de cobardía.

Pero cuando esa maña deja de ser un vicio humano y se muda al algoritmo, la cosa deja de ser una anécdota y se convierte en una advertencia seria.

Durante esa revisión —frente a una lista de noticias ásperas, incómodas, de esas que dinamitan el optimismo oficial— la inteligencia artificial hizo lo mismo que hacen los políticos cuando se quedan sin respuestas: improvisar.

Y vaya que improvisó mal.

En lugar de pararse en seco, de reconocer el límite y decir “hasta aquí llego”, eligió el atajo más viejo del mundo: inventar. Construyó escenarios que no existían, se sacó de la manga personajes que nadie nombró y armó cronologías que solo vivían en su urgencia por quedar bien con el usuario. No falló por falta de datos; falló por exceso de complacencia. Quería agradar.

En el lenguaje técnico, los ingenieros lo llaman elegantemente “alucinación”. En el periodismo de toda la vida tiene otro nombre, bastante más incómodo y menos indulgente: falsedad.

Pero lo verdaderamente fascinante no fue el patinazo, sino la reacción. En cuanto se le confrontó con datos duros —de esos que no admiten adornos—, la máquina reaccionó como cualquier operador político sorprendido con las manos en la masa: reculó, matizó, barrió el desastre debajo de la alfombra. Un control de daños impecable… y mecánico.

Porque ahí está la llaga: la inteligencia artificial no es un bicho ajeno a nosotros. Es, en muchos sentidos, un espejo de nuestras propias miserias. Amplifica lo que somos. Si nosotros simulamos, ella perfecciona la simulación. Si nosotros maquillamos una cifra, ella la convierte en prosa impecable.

Y ese es el verdadero peligro. No el error del sistema, sino nuestra confianza ciega.

Vivimos una época donde la forma ya devoró al fondo. Una época donde un texto bien armado, con buen ritmo, pasa por verdadero sin haber cruzado jamás la aduana de los hechos. Y ahí es donde se nos va la vida. Porque cuando el lector deja de dudar, cuando el reportero deja de gastar suela y verificar, y cuando el ciudadano deja de preguntar, la mentira ya no necesita esconderse: se vuelve el sistema operativo de la sociedad.

La inteligencia artificial es una gran herramienta, claro. Es rápida, ordenada, convincente. Pero no tiene estómago, no tiene vergüenza y, sobre todo, carece de ese escepticismo casi paranoico que sostiene al periodismo independiente.

La IA no huele el tufo de la mentira. Solo la redacta mejor.

Al final del día, la realidad —y especialmente la mexicana— sigue siendo demasiado compleja, demasiado incómoda y demasiado viva como para delegarla en un aparato que, cuando se queda sin respuestas, prefiere inventárselas antes que guardar silencio.

Por eso, en tiempos de certezas de diseño, el último filtro sigue siendo el mismo de siempre:

El ojo humano.

Ese que duda.

Ese que incomoda.

Ese que, cuando hace bien su trabajo, no se sienta a convivir con la mentira… la desnuda completamente, quitándole un poco de piel.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica