Prólogo
Este no es un libro de esperanza fácil ni de frases que tranquilizan.
Tampoco es un manual médico ni un testimonio heroico.
Es el resultado de haber estado ahí.
Lo escribí desde el lugar incómodo de quien acompaña, de quien hace preguntas que no siempre tienen respuesta, de quien confía en la ciencia pero también aprende sus límites, de quien entiende que no todo se puede curar, pero casi todo se puede acompañar mejor.
Durante años conviví con hospitales, tratamientos, pasillos largos, diagnósticos técnicos y silencios familiares. Aprendí que la enfermedad no solo afecta al cuerpo del paciente, sino a todo lo que lo rodea: las decisiones, las conversaciones, los miedos, las culpas y los vínculos. Aprendí también que muchas veces el mayor dolor no viene de la enfermedad en sí, sino de lo que no se dice.
Este libro nace de esa ausencia de diálogo.
De la necesidad de poner sobre la mesa temas que suelen evitarse: el final, el cansancio, el derecho a decidir, los cuidados paliativos, la dignidad, el acompañamiento y la despedida.
No escribo como médico ni como especialista.
Escribo como hijo, como familiar, como testigo.
Desde la curiosidad periodística, sí, pero sobre todo desde la experiencia humana.
Aquí no hay culpables.
No hay recetas milagro.
No hay promesas que no se puedan cumplir.
Hay información clara, reflexiones incómodas y una invitación constante: hablar a tiempo.
Escuchar al paciente.
Respetar sus decisiones.
Entender que amar no siempre significa prolongar, a veces significa soltar con cuidado.
Si este libro logra que una familia converse lo que nunca se atrevió a decir, que un paciente se sienta menos solo, o que alguien entienda que elegir cómo vivir —y cómo irse— también es un acto de amor, entonces habrá cumplido su propósito.
Nada más.
Nada menos.
Alien Malévolo (Prólogo)
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