El Coordinador de Comunicación Social

—Amigo periodista, te acabo de conseguir un convenio publicitario bastante digno. Me costó trabajo. Tuve que convencer al gobernador y al subsecretario de Egresos de la Secretaría de Finanzas. Pero lo logré.
Hizo una pausa.
—Uno también necesita incentivos para seguir haciendo un buen trabajo. Recuerda que son seis años, seis convenios. Sólo te voy a pedir una cosa muy pequeña. Ni siquiera el diez por ciento. Quiero que le compres a mi esposa una camioneta Toyota color vino, una minivan de esas que nunca hay en las agencias. Tú seguramente la vas a conseguir.
El periodista agradeció el convenio y terminó la conversación.
Esa noche casi no durmió.
Pensó en todo aquello que había criticado durante años en sus propios artículos. Pensó también en la facilidad con la que una relación institucional podía convertirse en un intercambio de favores personales.
Si aquella era la primera petición, ¿qué vendría después?
Al día siguiente solicitó una audiencia con el gobernador. Explicó que se trataba de un asunto urgente. No obtuvo respuesta.
Esa misma noche acudió a la residencia del mandatario. Eran cerca de las nueve de la noche cuando finalmente fue recibido.
—¿Qué pasó? ¿Por qué tanta insistencia? Si viniste hasta mi casa, debe ser importante.
El periodista relató la conversación.
Explicó que el coordinador de Comunicación Social le había pedido comprar una camioneta para su esposa a cambio del convenio publicitario que cada año correspondía al medio de comunicación que dirigía.
El gobernador guardó silencio unos segundos.
—Yo no sabía nada de eso. No le hagas caso. Dile que ya hablaste conmigo. No quiero que vuelva a ocurrir algo así.
La reunión terminó pocos minutos después.
Días más tarde llegó un mensaje del coordinador.
—¿Qué pasó, hermano? Me quemaste con mi jefe.
—Tú me dijiste que habías hablado con él y con el subsecretario de Egresos. Pensé que todos estaban enterados. Preferí preguntarle directamente para no hacer algo indebido.
La respuesta llegó de inmediato.
—Me afectaste. El gobernador se molestó porque lo pusiste contra la espada y la pared. Te agradecería que cualquier asunto relacionado con el convenio lo trataras únicamente conmigo. También le molestó que fueras a buscarlo a su casa.
Desde entonces, el convenio comenzó a retrasarse.
Un mes llegaba el pago.
Después pasaban tres o cuatro meses sin depósito alguno.
Había que llamar.
Preguntar.
Recordar.
Insistir.
Los retrasos se volvieron parte del procedimiento.
Años después, el coordinador dejó el cargo. Había protagonizado otros episodios semejantes y su permanencia comenzaba a generar más problemas que beneficios.
Antes de irse encontró un responsable de su salida.
El periodista.
Comenzó a enviarle mensajes privados por Twitter.
Lo insultaba.
Lo amenazaba.
Lo responsabilizaba de haber perdido el cargo.
El periodista nunca respondió.
Tampoco hizo públicos aquellos mensajes.
Permanecieron guardados.
No porque todavía tuvieran utilidad política.
Sino porque, con el paso del tiempo, terminaron convirtiéndose en el registro de una época en la que algunos funcionarios confundían el presupuesto público con el patrimonio personal y los convenios de comunicación con favores que debían pagarse fuera de los contratos.