La palabra presunto no es el enemigo...

En este país nadie muere del todo.
A lo mucho, queda presuntamente muerto.
Y nadie roba, mata, viola, trafica o saquea: apenas presuntamente lo hace.
La bala entra, la sangre corre, el cuerpo cae… pero el lenguaje —siempre pulcro, siempre obediente— corre a ponerle una almohada jurídica a la realidad.
—Un presunto muerto fue localizado esta mañana…
Y uno no puede evitar preguntarse:
¿Respira un poco?
¿Se está haciendo el occiso?
¿O está esperando a que un juez confirme, con oficio y sello, que efectivamente ya no está vivo?
La palabra presunto se ha convertido en el ansiolítico oficial del discurso público.
Una pastilla lingüística que calma conciencias, deslinda responsabilidades y protege a todos… menos a la verdad.
El origen: una palabra necesaria, no un escudo universal
Conviene decirlo desde ahora —antes de que alguien me acuse de herejía jurídica—: presunto no nació para encubrir, sino para proteger.
Su raíz está en el principio de presunción de inocencia, una conquista civilizatoria después de siglos de abusos, linchamientos y condenas sin juicio. Está ahí, negro sobre blanco, en textos fundamentales:
- Declaración Universal de los Derechos Humanos (1948), artículo 11:
“Toda persona acusada de delito tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se pruebe su culpabilidad.”
- Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, artículo 20, apartado B, fracción I:
“Toda persona imputada tiene derecho a que se presuma su inocencia mientras no se declare su responsabilidad mediante sentencia emitida por el juez.”
La palabra presunto debía usarse antes de una sentencia, en contextos judiciales, y con mesura.
Era un freno al abuso del poder.
No una licencia para la evasión semántica.
Cuándo sí se debe usar “presunto”
Presunto tiene sentido cuando:
- Existe una imputación formal, pero no una sentencia firme.
- Se habla de una persona identificable, con nombre y apellido, sujeta a proceso.
- El contexto es informativo, no condenatorio.
Ejemplo correcto:
Juan Pérez, presunto responsable del delito de fraude, fue vinculado a proceso…
Ahí el término cumple su función: no prejuzgar, no sentenciar desde el micrófono, no sustituir al juez.
Cuándo se volvió abuso
El problema comenzó cuando presunto dejó de ser garantía y se convirtió en coartada.
Hoy se usa para:
- Diluir hechos evidentes.
- Evitar responsabilidades políticas.
- Disfrazar la incompetencia institucional.
- Neutralizar la indignación social.
Así nacen las joyas del absurdo:
- Presunto enfrentamiento (aunque solo disparó un lado).
- Presunto suicidio (con tres tiros por la espalda).
- Presunto abuso policial (grabado en video, en HD).
- Presunto cuerpo sin vida (el clásico).
Aquí el presunto ya no protege al ciudadano: protege al Estado.
Ya no cuida derechos: cuida carreras.
Dejó de ser jurídico para volverse político.
El presunto muerto: humor negro de una tragedia real
El presunto muerto es la cúspide del delirio.
Un cadáver rodeado de peritos, acordonado, cubierto con una sábana… pero lingüísticamente vivo.
Schrödinger versión forense.
La muerte no se presume: se constata.
El cuerpo no se conjetura: se observa.
La sangre no admite matices.
Pero el miedo a nombrar las cosas ha creado esta necrolengua tibia, donde nadie afirma nada y todos se lavan las manos con sintaxis.
El lenguaje también mata
Nombrar mal las cosas no es inocente.
Cuando el lenguaje se llena de eufemismos, la realidad se vuelve administrable.
Cuando todo es presunto, nada es urgente.
Cuando nadie es responsable, todos somos víctimas… menos los verdaderos.
La palabra presunto no es el enemigo.
El enemigo es su uso cobarde, su explotación sistemática, su conversión en anestesia social.
Porque mientras discutimos si el muerto lo está del todo, el crimen ya ocurrió, la impunidad ya avanzó, y la verdad —esa sí— murió sin adjetivos.
Hasta la próxima