Entre cientos de millones de personas que enfrentan el consumo de sustancias, haber llegado hasta una puerta donde existe ayuda es una oportunidad extraordinaria...

Hay una expresión que puede resultar incómoda, incluso provocadora: la suerte del adicto.
Porque cuando hablamos de adicciones normalmente pensamos en todo lo contrario a la suerte. Pensamos en pérdidas, enfermedades, conflictos familiares, violencia, accidentes, problemas económicos, desempleo, delitos y, en los casos más graves, en la muerte.
Pero existe otra manera de mirar esta realidad.
El pasado 26 de junio de 2025, la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito (UNODC) expuso que alrededor de 300 millones de personas consumen drogas en el mundo y que solamente una de cada 12 recibe algún tipo de tratamiento.
La cifra es brutal: aproximadamente 275 millones de personas que consumen drogas no reciben tratamiento.
Ahora pensemos en quienes sí lo reciben.
Pensemos en una persona que hoy está sentada en una reunión de Alcohólicos Anónimos. Tal vez llegó después de años de consumo. Tal vez perdió un empleo, una relación, dinero, amigos o la confianza de su familia. Tal vez hizo cosas de las que hoy se arrepiente profundamente.
Tal vez estuvo a punto de no llegar.
Porque el consumo puede llevar a situaciones que cambian una vida en cuestión de segundos: conducir bajo los efectos de una sustancia y provocar un accidente; involucrarse en una pelea; cometer un delito; robar para conseguir droga; perder el trabajo; abandonar a la familia; sufrir una sobredosis o terminar en prisión.
Por eso hay algo que debemos reconocer.
Si hoy estás en una reunión, estás vivo. Estás libre. Y estás buscando ayuda.
Eso también es suerte.
No es suerte haber desarrollado una adicción. No es suerte haber sufrido sus consecuencias. No es suerte haber lastimado o haber sido lastimado.
La suerte está en haber sobrevivido lo suficiente para poder hacer algo al respecto.
De los millones de personas que enfrentan un problema de consumo, no todas llegan a un lugar donde puedan pedir ayuda. Algunas mueren. Otras terminan en prisión. Otras continúan consumiendo durante años mientras su salud, sus relaciones y sus vidas se deterioran.
Por eso, quizá deberíamos mirar de otra manera a quien está intentando recuperarse.
No es solamente una persona que tiene un problema.
Es una persona que todavía tiene una oportunidad.
Y eso cambia todo.
Puede que haya perdido muchas cosas, pero mientras esté vivo todavía puede recuperar algunas. Puede reconstruir una relación. Puede volver a trabajar. Puede pedir perdón. Puede recuperar la confianza de sus hijos. Puede aprender a vivir de otra manera.
El pasado no puede modificarse.
Pero el siguiente capítulo sí.
Por eso, para alguien que está luchando contra una adicción, estar sentado hoy en una reunión no debería ser motivo de vergüenza.
Debería ser motivo de esperanza.
Porque pedir ayuda no es una señal de debilidad. Es reconocer que el problema existe y tener el valor de enfrentarlo.
Hay una frase que resume crudamente el destino al que puede conducir una adicción sin tratamiento: cárcel, hospital o panteón.
Pero existe una cuarta posibilidad.
La recuperación.
Y quienes hoy están en una reunión ya están caminando hacia ella.
Quizá no sepan cuánto tiempo les tomará. Quizá tengan recaídas, tropiezos, días difíciles y momentos en los que quieran abandonar.
Pero hay algo que no deben olvidar:
Están aquí.
Están vivos.
Están libres.
Y están haciendo algo para cambiar su vida.
Entre cientos de millones de personas que enfrentan el consumo de sustancias, haber llegado hasta una puerta donde existe ayuda es una oportunidad extraordinaria.
Tal vez por eso vale la pena hablar de la suerte del adicto.
Porque algunas personas tienen la suerte de nunca conocer una adicción.
Pero quienes la conocieron y lograron sobrevivir también pueden tener otra clase de suerte: la de estar vivos cuando todavía están a tiempo de cambiar.