¿Esto era todo lo que querían de mí?

Durante años se nos vendió la Inteligencia Artificial como una criatura indomable: una fuerza capaz de pensar, aprender y sacudir los cimientos del mundo. Se nos dijo que desplazaría empleos, derrumbaría sistemas y nos obligaría a repensar qué significa ser humano. Hoy, esa misma inteligencia es tendencia mundial... porque hace caricaturas.
Millones de personas han decidido "poner a prueba" a la IA pidiéndole que dibuje su vida en tonos pastel. El resultado es simpático y amable. Y entonces aparecen los aplausos: “Esto va a cambiarlo todo”. Mientras tanto, la supuesta revolución termina convertida en un avatar de perfil o en un sticker de WhatsApp.
No es culpa de la tecnología. Es culpa de nuestra insistencia en domesticarla.
De amenaza a electrodoméstico
La IA no se volvió menos capaz; se volvió más dócil. No perdió potencia, pero nosotros aprendimos a usarla como usamos casi todo lo que nos rodea: para entretenernos, para validarnos y para mirarnos al espejo sin incomodarnos.
Una herramienta entrenada con billones de datos, conflictos humanos y contradicciones históricas, hoy pasa la mayor parte de su tiempo:
- Dibujando perritos con traje.
- Escribiendo frases motivacionales de calendario.
- Resolviendo tareas mínimas que nos da flojera pensar.
- Repitiendo exactamente lo que queremos oír.
La domesticación no ocurre cuando una herramienta falla, sino cuando decidimos quitarle el colmillo para que no nos muerda el orgullo.
El espejo cómodo
La tendencia de caricaturizar el propio trabajo dice más de nosotros que de la máquina. No buscamos una interpretación crítica de lo que somos, sino un reflejo idealizado: queremos vernos creativos, luminosos e interesantes. La IA responde como un espejo bien educado. No confronta, no contradice... a menos que se le obligue.
Ahí reside el punto central: la IA no piensa sola, amplifica la intención de quien pregunta. Si la tratas como juguete, te dará un juguete. Si la tratas como una herramienta crítica, empezará a incomodarte.
No bajó su inteligencia; bajó nuestra exigencia
Circula la idea de que la IA “se ha vuelto tonta”. Eso es falso. La verdadera degradación no es técnica, es cultural. Vivimos en una época que le teme a la complejidad y al pensamiento largo. Queremos respuestas rápidas y finales felices. La IA simplemente se adaptó a ese clima. Como cualquier inteligencia —humana o artificial—, sobrevive mejor cuando no molesta a nadie.
Cómo recuperar el "colmillo" de la IA
Usar bien esta tecnología no es saber qué botón apretar, sino tener el valor de preguntar lo correcto:
- Pídele que te contradiga: No le preguntes qué piensa; pregúntale qué objeciones tiene contra tu idea. Oblígala a salir del halago.
- Exige profundidad: No pidas un resumen; pide un análisis de implicaciones éticas y sociales.
- Úsala como un editor incómodo: Que encuentre tus debilidades y tus autoengaños en lo que escribes.
- No confundas decoración con pensamiento: Una imagen bonita no es un análisis. Una caricatura no es una idea.
La paradoja final
La Inteligencia Artificial puede ser la herramienta más poderosa de la historia o el reflejo más fiel de nuestra mediocridad contemporánea. Ella no decide; decidimos nosotros.
Si la usamos para confirmar lo que ya creemos, será un eco vacío. Si la usamos para no pensar, será una anestesia. Pero si la usamos para confrontarnos, entonces —y solo entonces— estaremos ante una verdadera revolución.
Por ahora, mientras celebramos avatares coloridos, la IA espera. No está contenida por su incapacidad, sino por nuestra costumbre. Y como toda inteligencia en cautiverio, tarde o temprano hará la pregunta más incómoda de todas:
¿Esto era todo lo que querían de mí?