La pregunta no es si la injusticia existe...

La injusticia no siempre avanza con botas, ni con armas, ni con discursos grandilocuentes. Muchas veces camina descalza, en silencio, amparada por la comodidad ajena. Crece cuando nadie la mira de frente. Se fortalece cuando quienes podrían señalarla deciden bajar la cabeza y seguir con lo suyo. Porque sí: callar ante la injusticia no es neutralidad, es complicidad.
La mayoría de las personas no guarda silencio por maldad. Calla porque “no le toca”, porque “no es su problema”, porque “no le afecta”. Calla porque la injusticia ocurrió lejos de su casa, de su trabajo, de su apellido. Calla porque cree —ingenuamente— que el dolor es un asunto privado, que la desgracia solo contagia si se roza. Y entonces la injusticia aprende una lección peligrosa: no encontrará resistencia.
Así se normaliza lo intolerable. Así los abusos, las humillaciones y las desigualdades obscenas se vuelven paisaje. Así se repite la historia: alguien es despojado, silenciado, golpeado, discriminado… y alrededor, un coro de espectadores se convence de que no es el momento de involucrarse. De que no vale la pena meterse en problemas. De que ya habrá alguien más que haga algo.
Pero la injusticia no se cansa. Solo espera su turno.
“Hoy por ti, mañana por mí”, dice el refrán. “Hoy soy yo, mañana puedes ser tú”, advierte la experiencia. Frases viejas, gastadas, pero brutalmente vigentes. Porque quienes hoy miran hacia otro lado suelen sorprenderse cuando el problema toca su puerta. Entonces ya no es una nota lejana ni un rumor incómodo: es una herida propia. Y para entonces, el silencio que antes parecía prudencia se revela como lo que siempre fue: una trampa.
No basta con sentir lástima. No basta con indignarse en voz baja ni con quejarse en la intimidad de la cocina. La injusticia no se combate con suspiros ni con comentarios resignados. A veces no se trata solo de ayudar —aunque ayudar importa—, sino de participar, de asumir una postura, de incomodar, de decir “esto no está bien” incluso cuando hacerlo tiene un costo.
Porque el verdadero triunfo de la injusticia no es aplastar al más débil, sino convencer al resto de que no vale la pena defenderlo.
Participar no siempre significa marchar o gritar consignas. A veces es tan simple —y tan difícil— como no callar. Nombrar el abuso. No justificar al agresor. No normalizar lo inaceptable. Romper el pacto tácito del silencio cómodo.
La historia no está hecha solo por los verdugos, sino también por la multitud que decidió no intervenir. Y esa es una verdad incómoda que preferimos olvidar.
La pregunta no es si la injusticia existe.
La pregunta es qué lugar elegimos ocupar frente a ella: el de quienes la enfrentan o el de quienes, por no sentirse aludidos, la dejan ganar.