Capítulo 1 (Espéralo todos los viernes)
Todo empezó con un malestar. Nada extraordinario, nada alarmante. Mi padre se quejaba de un dolor en el estómago, de una pesadez al caminar, de esa sensación incómoda que uno suele atribuir a la edad o a un problema gastrointestinal. Pensó —pensamos— que era algo pasajero.
Acudimos a una gastroenteróloga de un hospital privado. Hizo algunas preguntas, una revisión rápida y, casi de inmediato, lo envió a un estudio costoso. Una especie de laparoscopía que confirmó lo evidente: gastritis. El diagnóstico vino acompañado de un tratamiento abundante en pastillas. Muchas. Demasiadas. Mi padre siguió las indicaciones con disciplina. Pasaron dos semanas y no solo no mejoró, sino que el malestar persistía intacto, como si nada hubiera cambiado.
Buscamos una segunda opinión. Llegamos entonces con otro gastroenterólogo, el doctor David Mazza Olmos, de quien mi padre hablará más adelante en este libro. Él hizo algo que hoy parece elemental, pero que en ese momento resultó decisivo: empezó por lo básico. Escuchó. Escuchó el corazón. Escuchó los pulmones. Al hacerlo, notó de inmediato que uno de ellos estaba lleno de líquido. Agua en el pulmón. Derrame pleural.
A partir de ahí, el camino cambió de rumbo. Nos envió con un neumólogo. Este explicó que había que seguir una ruta de descarte: pasos, estudios, posibilidades. Podía tratarse de un hongo, de una neumonía… o de algo más grave. El cáncer de pulmón fue mencionado como el escenario más agresivo y peligroso. No recuerdo las palabras exactas, pero sí el peso que dejaron en el aire.
Comenzaron entonces las citas, los estudios, la espera. Nada terminaba de aclararse. Nada avanzaba realmente. Fue en ese limbo médico cuando mi padre empezó a comentar su caso con mi hermano, que vivía en Italia. Él, a su vez, lo compartió con la madre de una amiga suya: una doctora con experiencia. Su respuesta fue inmediata, directa, sin rodeos. Por la edad y por los síntomas, dijo, lo más probable era un cáncer de pulmón. Había que hacer un estudio especializado de inmediato.
Se realizó una tomografía axial computarizada. Se hicieron estudios de sangre. Parte de esa información se envió incluso a una clínica en el extranjero para determinar qué tipo de cáncer era. Nosotros no sabíamos nada. Absolutamente nada.
La noticia llegó de la peor manera posible. Mi hermano escribió en un chat familiar, reservado solo para los hermanos: cáncer de pulmón con metástasis, etapa cuatro. Así, sin anestesia. Sin preparación. Sin antecedentes emocionales que amortiguaran el impacto. En nuestra familia esa palabra no existía. No teníamos casos cercanos, no teníamos experiencia, no teníamos defensas.
El golpe fue brutal.
Yo estaba solo en mi casa cuando leí el mensaje. Recuerdo esa tarde como un espacio suspendido en el tiempo. Me quedé pensando durante horas, atrapado entre dos miedos: el real y el imaginado. Todo se volvió catastrófico. Qué iba a pasar. Cómo iba a ser el futuro. Cuánto tiempo quedaba. Si iba a morir. Si lo iban a operar. Si sufriría. Si habría esperanza. Cada pregunta abría otra, y ninguna tenía respuesta.
Ahí empezó el viacrucis. Cuatro años de médicos, hospitales, estudios, tratamientos. Cuatro años de esperanzas y de choques con la realidad. De avances y retrocesos. De aprender, a la fuerza, un lenguaje que nadie quiere aprender.
Este libro comienza aquí. En ese instante en el que la vida cambia de eje. Y a partir de aquí, la voz de mi padre empieza a tomar forma: cómo entendió su enfermedad, cómo la nombró, cómo decidió vivirla y escribirla.
A partir de ese día, todo cambió. Para nosotros comenzó el aprendizaje forzado del lenguaje médico, la espera interminable, los pasillos, las decisiones urgentes y la incertidumbre constante. Para mi padre, en cambio, empezó algo distinto. Mientras nosotros tratábamos de entender qué estaba ocurriendo y cuánto tiempo quedaba, él comenzó a mirar la enfermedad desde otro lugar: desde la memoria, la reflexión y la experiencia acumulada. Sin dramatismo y sin negación, empezó a escribir. Lo que sigue es parte de ese primer acercamiento al cáncer, cuando aún no tenía nombre en su cuerpo, pero ya dialogaba con él desde la conciencia y la fe.
Alien Malévolo (El golpe brutal)
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