La IA no es una voz autorizada; es un aprendiz brillante, sí, pero inestable...

La inteligencia artificial es el nuevo ídolo que muchos adoran sin haberlo comprendido. Un tótem moderno al que se le atribuyen dones que no posee y certezas que no puede garantizar. Los entusiasmos —ya se sabe— suelen nublar la lucidez. Y ahí, en ese fervor tecnológico, aparece la primera trampa: creer que la IA es más inteligente de lo que realmente es.
La máquina responde con soltura, con esa fluidez que seduce. Encadena ideas, organiza datos, arma argumentos de apariencia impecable. Pero detrás de esa voz segura hay un mecanismo que no conoce el mundo que describe. No ama, no teme, no sospecha. No tiene memoria histórica ni calle, ni la intuición que da haber visto cómo se tuercen las cosas en los pasillos del poder. La IA sólo calcula probabilidades y escupe palabras. Y sin embargo, muchos la escuchan como si dictara evangelios.
El problema no es que la IA se equivoque —todos nos equivocamos—, sino la manera en que lo hace: con convicción absoluta. Cuando falla, lo hace como los líderes soberbios: inventando datos, acomodando fechas, reciclando titulares viejos, mezclando fuentes como quien mezcla cartas marcadas para ganar una mano. No lo hace por malicia, sino por naturaleza. Pero el resultado puede ser igual de peligroso.
Su mayor defecto es disfrazar sus incertidumbres con claridad. Y su mayor riesgo es usarse como sustituto del pensamiento crítico. La máquina no es peligrosa por sí misma; peligrosa es la persona que le entrega el juicio, la duda, la verificación, el criterio. Porque la IA sólo es tan útil como el humano que la cuestiona. Sin ese contrapeso, se convierte en un eco de información defectuosa.
He visto a la IA cambiar el orden de la historia, revivir personajes fallecidos, atribuir declaraciones inexistentes, inventar leyes, mezclar países, confundir instituciones. La he visto, incluso, argumentar con la seguridad de un político que jamás ha pedido disculpas. Y sin embargo, si uno rasca apenas un poco, la verdad se desploma como castillo de naipes.
La inteligencia artificial no reemplaza la inteligencia humana: la expone. Revela quién contrasta y quién copia, quién piensa y quién se deja llevar por el vértigo de la inmediatez. Esta herramienta no llegó para facilitarnos la vida, sino para recordarnos —cruelmente— que el pensamiento requiere esfuerzo. Y que la pereza cognitiva es el pecado capital de nuestra era.
El usuario informado detecta discrepancias. El usuario crítico pregunta. El usuario experimentado sabe que nada sustituye la mirada humana cuando se trata de interpretar el mundo. Porque el mundo real —ese donde la corrupción tiene rostro, las decisiones tienen consecuencias y las palabras pesan— no cabe en un algoritmo, por más sofisticado que sea.
La IA no es una voz autorizada; es un aprendiz brillante, sí, pero inestable. Un becario veloz que necesita supervisión, límites y correcciones constantes. Quien crea lo contrario, ya se perdió en el resplandor del espejismo.