Un discurso ante el Ejército mexicano, que sale del archivo

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Y esa, en México, ya no era una hipótesis. Era un recuerdo demasiado reciente...

General José Álvarez y Álvarez de la Cadena con Will Rogers, piloto norteamericano 

Hay discursos que no buscan explicar, sino justificarse ante la historia. Este es uno de ellos.

El General José Álvarez y Álvarez de la Cadena, en 1925, en representación presidencial ante la cúpula del ejército, no inaugura una simple reunión militar: abre una autopsia. Y lo hace con escalpelo fino, pero sin sedación.

Primero, el cadáver: el antiguo Ejército Federal. No lo acusa con rabia, sino con una frialdad casi médica. Un ejército —dice— brillante en lo técnico, pero podrido en lo moral. Oficiales educados como relojes suizos, obligados a mandar sobre hombres que no eran soldados, sino rehenes: presos, campesinos arrancados por la leva, carne obligada a obedecer. No había patria ahí, solo miedo. Y el miedo nunca ha defendido nada que valga la pena.

Ese ejército cayó no por falta de armas, sino por falta de alma.

Luego viene el segundo acto: el caos revolucionario. Lo que nació no fue un ejército, sino una multitud armada con causas distintas y, muchas veces, intereses aún más distintos. Idealistas, sí… pero también oportunistas, saqueadores, traidores reciclados. La Revolución —como todas— abrió la puerta tanto a los héroes como a la basura humana. Y convivieron.

Cada caudillo construyó su pequeño reino: ejércitos sin control, sin reglas, sin nación. Grados regalados, lealtades personales, soldados que no obedecían a México, sino al hombre que les daba de comer o de robar.

Ordenar ese desastre —admite— costó años, sangre y traiciones.

Y entonces llega lo verdaderamente importante: la advertencia.

El nuevo ejército aún es cera blanda. Puede convertirse en institución… o repetir la enfermedad del pasado. El riesgo no es técnico, es moral. Volver a construir una maquinaria perfecta… al servicio equivocado.

Por eso insiste: antes que reglamentos, una base ética. Un ejército que no sirva al poder, sino al pueblo. Que no sea instrumento de caciques, ni guardián de privilegios, ni club de militares con ínfulas de casta. Un ejército de ciudadanos, no de amos armados.

Después, sí, vienen las soluciones prácticas —casi con prisa, como quien sabe que lo importante ya fue dicho—: ordenar unidades, profesionalizar el reclutamiento, cortar la corrupción en suministros, unificar la enseñanza militar, abrirse a aprender del extranjero sin someterse, y sembrar desde la infancia la idea del servicio militar como deber cívico, no castigo.

Pero, en el fondo, todo el discurso gira sobre una sola idea, incómoda y vigente:

Si el ejército olvida a quién debe servir, termina sirviendo contra quien debería proteger.

Y esa, en México, ya no era una hipótesis. Era un recuerdo demasiado reciente.

Como lo había escrito, iré —conforme el tiempo y la paciencia lo permitan— compartiéndole la transcripción fiel de documentos del archivo del general José Álvarez y Álvarez de la Cadena, mi abuelo materno, esto con el fin de aportar datos verídicos a la historia de nuestro país.

Puede leer el discurso completo en el siguiente link.

CONFERENCIA SUSTENTADA POR EL SEÑOR GENERAL JOSÉ ÁLVAREZ, JEFE DEL ESTADO MAYOR PRESIDENCIAL

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica