ENCUENTRO DE “GENERALES”

No puede haber una sociedad floreciente y feliz cuando la mayor parte de sus miembros son pobres y desdichados.
Adam Smith
Prefiero libertad con pobreza que prisión con riqueza.
Dicho popular.
El enigma sobre el origen de los americanos se parece al misterio que rodea a la pobreza latinoamericana. Nadie puede asegurar de dónde diablos venimos y por qué nuestro continente es sede de la miseria menos justificable. Sobran supuestos al respecto; sin embargo, ninguno de ellos ha logrado convencernos.
Pareciera que las hipótesis sobre el origen de los americanos son la única riqueza de nuestro continente. Y que no hay remedio, a pesar de los recursos naturales que existen, opulencia que ha quitado el sueño a los economistas desde que el Barón de Humboldt aseveró que México era algo así como el cuerno de la abundancia. Veamos, pues, algunas de las primeras conjeturas.
En el siglo XVI se planteó que los americanos eran descendientes de Noé. Marcio Lescarbot moteó (Nouvelle France) a este personaje bíblico como padre de Amerindia. Vaya, hasta los mongoles figuraron en la lista de John Ranking, quien dijo que varias naves habrían sido llevadas por la tempestad hacia las costas de Perú. ¡Ah!, no podía faltar la cita “Atlántica”, ya que —según Castelán— los nietos de Sem —hijo de Noé— habían pasado por ese continente perdido para después colonizar América. Aunque el lector no lo crea, no faltó quien asegurara que los americanos nos creamos solos, acto que podría convertirnos en el pueblo elegido. Y, para que se divierta con los inventos, le comento la más esplendente de las teorías: el argentino Florencio Ameghino (todo él cacofónico) sostuvo que el hombre era originario de América, y nada menos que de las pampas argentinas. Che…
De todos estos rollos históricos surgen algunos datos que podrían atemperar la frustración de los funcionarios que han luchado para combatir la pobreza, entre ellos los economistas preocupones, incluidos, desde luego, los impulsores del neoliberalismo. Dice Gerónimo de Mendieta, en su “Historia eclesiástica indiana”, que si el santo Francisco de Asís hubiese pisado tierras americanas, sin duda se habría avergonzado y confundido, y por ello habría rechazado a la pobreza como su hermana. Era tanta la miseria que entonces no había desigualdad. Y tan pocos los indios que sobraba de dónde echar mano para sobrevivir en un ambiente natural, casi paradisiaco.
Mal de muchos, consuelo de tarugos.
Y ya que hablamos de ese tipo de alivios, aquí le van las cifras que figuran en las estadísticas del INEGI, números que se han convertido en pesado lastre para cualquier programa gubernamental diseñado con la idea de concretar la justicia social o el bien común, ambas premisas de alentadoras perspectivas. Por ejemplo: el Banco Mundial dice que cuatro de cada diez mexicanos viven con dos dólares al día, mientras que el 18 por ciento de la población sobrevive con menos de un dólar diario, igual que otros 2 mil 800 millones de seres humanos; o sea, más de la mitad de la población mundial.
Como verá el lector, está en chino resolver la inopia. Y en mexicano, acabar con la miseria que ha hecho del nuestro un país de brujas, brujos y economistas; estos últimos, generales de ejércitos en guerra contra la pobreza, batallones paradójicamente conformados por una gran mayoría de “inválidos” en busca de asistencia. Es decir, pobres dispuestos al sacrificio heroico con tal de no darse de alta en las filas de la miseria, el destino final planeado por otros generales: los sicarios del Fondo Monetario Internacional.
¿Seguiremos siendo ricos pobres, nos convertiremos en pobres ricos?
A partir de mañana podremos saber si somos ricos porque tenemos millones de pobres (consumidores, diría algún comerciante trasnacional), o si nuestra riqueza depende de la derrama de ideas para explotar “racionalmente” los recursos materiales de México, o si el gobierno yanqui modera sus ambiciones y deja de vernos como traspatio. Son dudas que podrán resolver los “generales” asistentes al XIV Congreso Nacional de Economistas, siempre y cuando se animen a leerle la cartilla a Vicente Fox Quesada.