MADRES, POR SIEMPRE

La mujer es un objeto, alternativamente precioso o nocivo, más siempre diferente.
Octavio Paz
En la madre, mi general.
Dicho revolucionario
Imagine el lector a un grupo de mujeres representantes de todos los sectores, niveles y actividades sociales, reunidas en un templete o en el escenario del Teatro Principal.
Entre ellas, a una campesina de manos agrietadas junto a la poderosa ejecutiva Carly Fiorina, directora de la Hewlett-Packard internacional. A una indígena de la Sierra Norte compartiendo la silla con Ana Teresa Aranda, la dama cuya pasión política la impulsó hasta los cuernos de la luna foxista. A cualquier obrera de las maquiladoras manejadas por los chinos, al lado de Julieta Abdala, novia de Manuel Bartlett y clienta natural de los modistas más caros del mundo. A cualquiera de las agentes de tránsito municipal abrazada por Guadalupe Hinojosa Rivero, la flamante delegada federal del Instituto Nacional de Migración. A la lumpen más andrajosa tomada de la mano de Ángeles Espinosa Rugarcía, heredera de la Fundación Benefactora de Manuel Espinoza Iglesias. A una “mucama” de la unidad habitacional Fuentes de San Bartolo dándole consejos a Blanca Alcalá. E incluya usted a la verdulera que salvó su puesto en el incendiado mercado La Acocota, prestándole dinero a doña Blanca Bretón de Ponce de León.
Tenemos, pues, que por la diversidad de actividades y su origen social, las mencionadas forman la paradoja de la vida. Ello porque, aunque unas y otras estén en las antípodas, todas ellas provienen del mismo caldo primitivo o barro u organismo unicelular, según la teoría que se acomode a su forma de pensar; por ejemplo, la de Darwin o la de la Biblia, por solo citar dos (igual pasa con los hombres). Y además porque en sus genes está grabado el rudo y cruel trayecto que durante centurias ha tenido que transitar la mujer: del matriarcado a la misoginia.
Basta echar una mirada a las costumbres fundamentalistas y musulmanas de Afganistán, o al estilo africano Bokassa, impulsor del ritual consistente en extirpar el clítoris como método de fidelidad eterna; o al menosprecio hacia las mujeres orientales; o al derecho de pernada; o a la existencia, en pleno siglo XXI, de criterios chambones y retrógradas como el del ínclito caballero Carlos Abascal Carranza; o a las intentonas perredistas para suplir el trabajo de las madres por la mano de obra de hombres con inclinaciones feminoides; o al sacrificio común y cotidiano de las madres mexicanas, a quienes la justicia o el reconocimiento familiar solo les llega una vez al año: el día 10 de mayo.
Por algo aquella expresión, muy a la mexicana, magistralmente rescatada y analizada por Octavio Paz en El laberinto de la soledad (Ed. FCE, 2000):
“¿Quién es la Chingada? —escribió el premio Nobel de Literatura en 1950—. Ante todo, es la Madre. No una madre de carne y hueso, sino una figura mítica. La chingada es una de las representaciones mexicanas de la maternidad, como la Llorona o la sufrida madre mexicana que festejamos el 10 de mayo. La Chingada es la madre que ha sufrido, metafórica o realmente, la acción corrosiva e infamante implícita en el verbo que le da nombre. Vale la pena detenerse en el significado de esta voz….”
Por ello —agrego yo— las mentadas de madre se “festejan” todos los días, a toda hora y en cualquier lugar. Son el pan nuestro de cada día, que con tanta eficiencia comparte y reparte el presidente Vicente Fox, tal y como en su tiempo lo hicieron cada uno de los presidentes, algunos de ellos, por cierto, con “muy poca madre”. Así es como la madre metafórica anima o desanima la existencia cotidiana; sin embargo, la Madre espiritual y física, la del vientre donde se forma la vida, solo es recordada, reconocida y felicitada una vez al año. Y lo peor: ese día es utilizada con el peor de los fines, el electorero.
Lo ideal sería que alguien con la suficiente autoridad moral propusiera la desaparición de este festejo inventado por el poblano, y también mercadólogo vanguardista, Rafael Alducin, entonces director del periódico Excélsior. Y que, en lugar de la alharaca anual, planteara que en este siglo, con sus acciones, los hombres dignificaran a las mujeres, el ser perfecto de la naturaleza. (Alejandro, eso sería muy bueno, pero no quieras desaparecer el 10 de mayo, que para muchas mujeres es su único festejo).