El diputado

El diputado era un hombre de principios. De muchos principios. Tantos, que a veces parecía no tener tiempo para ocuparse de otra cosa que no fuera defenderlos.
Pertenecía a la derecha mexicana, aquella que encontraba en las buenas costumbres el remedio para casi todos los males de la sociedad. Defendía la vida desde la concepción, la familia, la moral pública y, por supuesto, el bien común.
Era legislador federal.
Le preocupaba la descomposición social, la pérdida del respeto y esa peligrosa costumbre de algunos mexicanos de hacer lo que les viniera en gana.
Había que poner orden.
Lo curioso es que el orden, como muchas otras cosas en la política, suele tener horarios.
Una noche, durante una reunión en casa de una familia que acostumbraba recibir a personajes de la vida pública, el diputado comenzó a descubrir las bondades de la convivencia social.
Había políticos, funcionarios, amigos y algunos jóvenes que observaban las conversaciones de los mayores con esa mezcla de curiosidad y aburrimiento propia de quienes todavía no comprenden por qué los adultos necesitan tantas horas para decir tan pocas cosas.
La reunión transcurría sin mayores sobresaltos.
Hasta que el diputado empezó a beber.
Primero fueron algunas copas acompañadas de conversaciones políticas. Después vinieron otras que le permitieron hablar con mayor entusiasmo sobre sus experiencias legislativas. Conforme avanzaba la noche, su voz adquirió un volumen que parecía destinado a compensar la falta de atención de sus interlocutores.
El hombre de las buenas costumbres comenzó a perderlas.
Uno de sus asistentes lo seguía con la mirada. Era una mirada angustiada, de esas que tienen los empleados cuando descubren que su jefe está a punto de cometer una estupidez y ellos serán los encargados de resolver las consecuencias.
Cada frase del diputado representaba una amenaza. Cada movimiento, una posibilidad de desastre.
El asistente sonreía cuando había que sonreír, intervenía cuando podía y procuraba distraerlo cuando las palabras comenzaban a tomar caminos inconvenientes.
Pero llegó un momento en que ni la diplomacia ni la paciencia fueron suficientes.
Había que sacar al legislador de aquella casa.
Con una habilidad que seguramente no figuraba entre sus obligaciones laborales, consiguió llevárselo.
La tranquilidad regresó.
Los invitados comenzaron a retirarse y la noche parecía llegar a su fin.
Pero los diputados, como ciertos fantasmas, tienen la desagradable costumbre de regresar cuando nadie los espera.
Y regresó.
Esta vez sin el asistente que había intentado salvarlo de sí mismo.
El legislador apareció dispuesto a continuar la fiesta, aunque solamente quedaban algunos amigos cercanos y los miembros de la familia.
Quería seguir bebiendo.
Como ya no había suficiente cerveza, los anfitriones enviaron a uno de sus hijos a la tienda más cercana para comprar un six pack.
Un joven salía en busca de seis cervezas para satisfacer los deseos de un representante de la nación que, en otras circunstancias, seguramente habría pronunciado un discurso sobre la importancia de la templanza.
El muchacho regresó con las cervezas.
Y entonces apareció Condesa.
Condesa era una hermosa pastor alemán, mascota de la familia. Una perra educada, acostumbrada a convivir con los visitantes y que aquella noche tendría la oportunidad de conocer una faceta poco difundida de la vida parlamentaria mexicana.
El diputado la miró con ternura.
Quizá encontró en ella la comprensión que sus compañeros de partido no siempre le brindaban. O simplemente había bebido lo suficiente para confundir el afecto por los animales con otras manifestaciones del cariño.
Lo cierto es que decidió invitarla a bailar.
La tomó de las patas delanteras, la levantó y comenzó a moverse con ella.
—Mi amor, chiquita, vamos a bailar.
Condesa no respondió.
—Te voy a poner tus braguitas, preciosa.
Y siguió bailando.
El legislador federal, defensor de la moral, la familia y las buenas costumbres, había encontrado pareja para terminar la velada.
La perra, que no tenía militancia partidista ni aspiraciones electorales, soportó como pudo las demostraciones de afecto de aquel hombre que representaba a miles de ciudadanos en el Congreso de la Unión.
Los jóvenes de la familia observaban incrédulos.
No todos los días se tiene la oportunidad de presenciar a un diputado de la derecha cortejando a una pastor alemán en la sala de una casa particular.
Mucho menos escuchar que le promete comprarle ropa interior.
Aquella noche terminó sin mayores consecuencias.
El diputado continuó su carrera política. Siguió apareciendo en actos públicos, pronunciando discursos y defendiendo los valores que consideraba indispensables para el bienestar de la sociedad.
No hubo fotografías comprometedoras, grabaciones clandestinas ni videos circulando entre periodistas.
Eran otros tiempos.
Los teléfonos servían para hablar y las redes sociales no existían.
Todo quedó en la memoria de los presentes.
Años después, aquella escena seguía provocando risas, aunque también dejaba entrever las contradicciones de algunos personajes públicos. Hombres capaces de exigir a los demás una conducta ejemplar mientras sus colaboradores se ocupaban de ocultar sus propios excesos.
El asistente había hecho cuanto pudo para evitar el espectáculo. Los anfitriones habían tenido la cortesía de soportarlo y Condesa, que no había bebido una sola gota de alcohol, terminó siendo la única víctima de aquella peculiar celebración parlamentaria.
El diputado siguió defendiendo las buenas costumbres.
Condesa siguió siendo una perra decente.