Un líder no quiere caerte bien (Después de las 10)

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Después de las 10

Imagínate cayéndole bien a todo el mundo, imagina que nadie quiera debatir contigo, no por no tener diferencias, sino porque no le interesa tenerlas contigo. Por donde avanzas existen sonrisas y armonía, te adaptas a ideas, te conformas con el reconocimiento por dejar una buena impresión y, sin duda, adquieres respeto y amistad. Pero, como dije en la primera columna, el liderazgo no busca agradar, el liderazgo busca alterar, no por obligación, sino por convicción, y ningún líder que logre hacerlo lo ha hecho sin debatir, decepcionar, discutir o dejar en el camino a alguien.

Nos han vendido esta idea de que un líder no pisa, y eso es verdad, pero va más profundo que eso. Un líder no pisa porque lo desee, pero en pos de un sueño es capaz de omitir daños colaterales y, otra vez, esto no justifica si es buena o mala persona, simplemente es la convicción de alguien actuando como su naturaleza lo obliga.

Entonces, si el objetivo de una persona es caer bien a todos los de la habitación, en paralelo está eligiendo no pertenecer a una forma de pensar, a un estilo de vivir, y eso lo limitará, porque quien es líder quiere a locos convencidos junto a él; quien desea seguir a un líder seguirá a alguien con carácter y que dé muestras de poder enfrentarse a lo que sea. Y un publirrelacionista será eso, el encargado de suavizar y acariciar donde se golpee, pero, en consecuencia, no podrá crecer a menos que decida hablar como piensa y siente y no necesariamente como siempre le conviene que lo escuchen y perciban.

Steve Jobs fue odiado, pero sigue siendo recordado y, en su mente, jamás quiso ser recordado; de hecho, vivió para todo lo contrario. Su principal socio, Wozniak, aún da conferencias y habla sobre aquel gran cambio en la humanidad que surgió en un garaje de Cupertino, pero, para muchos, lo legendario de Apple murió cuando Steve Jobs cedió a las consecuencias de lo obstinado y obsesionado que estaba con el futuro. Jobs no fue un tipo de familia, no negociaba de maneras hábiles ni es recordado por su camaradería o por ser un gran amigo; es recordado por llevar al límite cada idea que tuvo, a pesar de que el mundo quisiera seguir hablando echando monedas a un teléfono. Hablando de ideas y empresa, destrozó a quienes lo cuestionaron, decepcionó a quienes confiaron en él y, al final, ambos dicen sentirse honrados de haberlo conocido o de haber sido parte de la historia que construyó.

Por supuesto que hay consecuencias, por supuesto que tuvo conflictos emocionales y existenciales y también dejó lecciones de grandeza que hoy son parte de las lecciones corporativas de cualquier empresa, porque el liderazgo se ejerce de manera natural y genuina, porque un buen líder puede formarse, educarse y perfeccionarse, pero un líder nato no sabe que es líder hasta, a veces, demasiado tarde. Para un líder vale más el objetivo que trabaja en la madrugada sin que nadie lo note aún, que las sonrisas diarias de aprobación por cumplir con las expectativas de todos.

No obstante, a pesar de todo, no es que cualquier loca o loco obstinado se justifique en un propósito. Es entender quiénes de verdad son líderes genuinos, porque un mal jefe grita sin propósito ni inspiración, castiga por conveniencia y abraza y reconoce por la misma razón, pero te recuerdo que un jefe no es un líder.

Steve Jobs fue de las primeras personas que me guiaron a través de su historia. Sigo llevando un iPhone no por moda, sino porque él lo inventó, y sigo sin ponerle funda porque él dijo que lo creó para que cada rayón lo hiciera lucir. También elegí, hace más de 10 años, no vestirme de otro color que no fuera negro o azul, porque entendí que una personalidad trasciende más que el estilo pasajero. Aprendí a pelear con quien fuera si se trataba de defender ideas y también que la dignidad, aunque a veces duela, siempre nos pondrá en el lugar correcto, aunque el lugar correcto muchas veces fueran 20 pesos, un cigarro y las dudas de qué pasaría conmigo.

En fin, él no supo lo que inspiró en mí, ni siquiera supo de mi existencia, y yo llevé a la obsesión sus formas y modos, pero no de caminar o hablar. Aprendí que eran mejores las reuniones caminando, que el mundo no está a favor de lo nuevo y, en mi primera empresa, también mandé al carajo a mis socios por no creer y tener mi visión. Y, sin duda, con el pretexto de lo que él hizo, yo destruí mucho de lejos sin el mismo éxito.

Pero algo claro aquí es que descubrí que, solo, de todo el abanico posible que existía en mi entorno decidí elegirlo a él como inspiración mucho tiempo, porque en realidad era similar a él, en opiniones, en carácter y, sin duda, jamás me sentí mal por todo lo que salió mal. Y cuando llegué al fondo de la obstinación también entendí el placer de quedarse solo, con ansiedad y la mente más creativa que nunca, con un pizarrón blanco enfrente que me permitió comenzar de cero y con nuevas personas.

Y, esquematizando, el liderazgo es eso. No soy el único al que Jobs inspiró. Su historia de cómo convirtió en piratas a programadores me hizo, hace mucho, llamarle cracks a mis clientes, y leer sobre su obsesión por el diseño me hizo a mí el mismo daño por los detalles y las formas. Y también, cuando lo escuché decir que al final los puntos se conectan, volteé y encontré la unión de los míos.

¿A qué voy con esto? A que Steve Wozniak, el otro genio, aparece públicamente aún, pero jamás generó lo mismo, y no lo hace mejor o peor persona, simplemente él no buscaba eso. Él buscaba caer bien, ser afable, no negociar tan agresivo y, de no haber sido por Jobs, dicho por él mismo, tal vez no habrían llevado su sueño a tal límite.

El líder no se hace líder para que lo sigan y admiren, para que le sonrían y acepten, autoricen o aprueben. El líder vive, a su modo, asumiendo sus consecuencias y descubriendo sus virtudes, siendo lastimado y, a veces, lastimando. No le interesa escuchar aplausos, le interesa cambiar las cosas, le interesa vivir con motivo y propósito y que ese propósito no tenga que ver con si tiene el color correcto para los demás. Así se construye un estilo, una forma de vida, un discurso y, sin duda, un liderazgo real, porque hoy cualquiera se llama así, pero no cualquiera vive como uno real.

Jobs, para mí, es inmortal. Escribo esta columna desde una Mac y no en mi libreta habitual y, sin duda, igual que defiendo el sabor de Jack Daniel's y el Mundial de Messi —esa es otra historia—, también seguiré aprendiendo de cualquier ser humano que, para mí, valga la pena, pero solo me inspiraré en aquellas y aquellos que, sin esperar nada a cambio, siempre se atrevan.

Rafa Goli

@RafaGoli.