La época de la censura

Réplica
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De la tijera humana a la dictadura cibernética

Usted leyó el título y seguramente pensó en el Estado. Pensó en la censura clásica de los periódicos, en los libros quemados, en las películas enlatadas, en aquellos tiempos en los que un funcionario con poder decidía qué podía leer, escuchar o mirar una sociedad.

No. Estoy hablando de algo mucho más sutil y cotidiano.

Estamos entrando, acaso sin darnos cuenta, en la gran época de la censura de las redes sociales. La censura silenciosa. La que no necesita un censor con lápiz rojo ni una oficina gubernamental que selle una prohibición.

Le llaman algoritmo. Y nos está observando a cada paso. Cada palabra que pronunciamos frente al micrófono, cada fotografía que publicamos, cada video que dejamos correr hasta el final, cada búsqueda nocturna, cada tema que nos disgusta y cada anuncio en el que detenemos el dedo. Todo deja un rastro.

Hoy es común ver cómo en los videos se baja la voz al tocar ciertos temas: las drogas, el crimen organizado, las desapariciones o la violencia. Hay que hablar bajito. Hay que buscar eufemismos. Hay que aprender a "maquillar" el lenguaje para que la máquina no nos castigue.

Le hablamos al algoritmo como antes se le hablaba al censor de palacio. Y eso es lo verdaderamente preocupante: la censura más efectiva no es la que prohíbe hablar, sino la que logra que nosotros mismos decidamos callar.

La UNESCO ha encendido las focos rojos sobre este fenómeno, señalando un incremento del 63% en la autocensura entre periodistas a nivel global. Ya no necesitamos que un régimen nos diga "no puedes publicar eso". Nosotros mismos nos preguntamos frente a la pantalla: ¿puedo decir esto sin que me bajen el alcance o me censuren la cuenta?

La falsa libertad de una empresa

Las plataformas nos vendieron la ilusión de una libertad absoluta al regalarnos un micrófono. Olvidamos un detalle elemental: el micrófono no nos pertenece.

Las redes sociales son empresas privadas con intereses comerciales, sistemas de moderación y algoritmos diseñados para retener nuestra atención. Pretender que en ellas cabe absolutamente todo sería absurdo; el odio, la explotación y la violencia requieren límites claros. El problema no es la moderación en sí, sino la opacidad: no sabemos quién decide, bajo qué criterios ni con qué fines.

Marshall McLuhan resumió hace décadas que "el medio es el mensaje". Hoy habría que añadir una enmienda: el algoritmo también es el mensaje. Porque no solo importa lo que publicamos, sino lo que la plataforma decide mostrarle a los demás.

A esto se suma la entrega voluntaria de nuestra intimidad: gustos, miedos, compras, preocupaciones y relaciones.

La académica Shoshana Zuboff denominó a esto "capitalismo de la vigilancia": la conversión de la experiencia humana en materia prima para predecir comportamientos.

A las plataformas no les interesa comprender quiénes somos en toda nuestra complejidad. Les basta con saber qué es probable que hagamos en los próximos cinco minutos.

Indignación en pantalla, ira en la calle

Aquí aparece la gran paradoja de nuestro tiempo. Nos sentimos más libres que nunca porque tenemos un teléfono en la mano y podemos increpar a un político, a un periodista o a un vecino con un par de toques.

Tenemos más voz, sí, pero no necesariamente más audiencia.

Las redes sacaron a flote aspectos oscuros del comportamiento colectivo.

En la vida física, nadie entra a la fila de un banco a gritar e insultar a los presentes sin asumir una consecuencia inmediata; probablemente alguien llamaría a la policía o la multitud lo encararía. En el entorno digital, en cambio, lo hacemos a diario detrás de una pantalla.

El insulto sustituyó al argumento.

La indignación se volvió entretenimiento.

El conflicto genera la interacción que alimenta al negocio.

Luego nos extrañamos cuando esa rabia acumulada se trasvasa a las calles, cuando un incidente menor de tránsito termina en tragedia o cuando una diferencia de opinión escala a la agresión física. La Asociación Americana de Psicología (APA) advierte que los bucles de interacción ininterrumpida y las recomendaciones automatizadas alteran nuestros patrones de atención y la forma en que nos relacionamos con los demás.

El riesgo de delegar el pensamiento

A este panorama se suma la irrupción de la Inteligencia Artificial. Los jóvenes la utilizan hoy para investigar, redactar, diseñar y, en no pocos casos, para delegar el esfuerzo de pensar.

El peligro no radica en que una máquina adquiera capacidad para redactar o procesar datos. El peligro real es que nosotros renunciemos al pensamiento crítico por comodidad. La batalla futura no solo consistirá en diferenciar la verdad de la mentira, sino en distinguir cuántos de nuestros juicios son propios y cuántos fueron moldeados por una máquina.

Ahí reside el riesgo:

No en que la plataforma modere, sino en que nos autocensuremos para complacerla.

No en que el algoritmo sugiera, sino en que obedezcamos su sugerencia sin cuestionarla.

La plaza pública en disputa

Las plataformas digitales democratizaron la comunicación como pocos inventos en la historia humana. Permitieron que voces históricamente silenciadas encontraran un espacio y que el conocimiento circulara sin fronteras. Precisamente por eso es urgente defender ese espacio.

Aquello que nació con la promesa de ser la gran plaza pública del mundo corre el riesgo de convertirse en un recinto privado donde una entidad invisible decide quién habla, quién aparece en el escenario y quién se queda predicando en el desierto.

La censura de nuestro tiempo no vendrá necesariamente con botas verde olivo ni decretos oficiales. Llegará camuflada de recomendación, de tendencia, de algoritmo de alcance o de "contenido no apto".

Una sociedad que deja de preguntarse quién controla la información que consume, termina por ceder también el control sobre su propia forma de pensar.

¿De qué sirve tener la libertad de decirlo todo si un algoritmo decide quién tiene permitido escucharlo?

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica