Tal vez el problema no sea que el algoritmo censure, sino lo rápido que aprendimos a censurarnos solos...

Antes, escribir era un acto íntimo. Una hoja en blanco, un lápiz mordido y la tranquilidad de que, si decías una tontería, solo te juzgaría el cajón donde guardabas tus papeles. Hoy no. Hoy, antes de escribir, uno hace un escaneo preventivo:
¿Esta palabra se puede decir?
¿Este tema incomoda?
¿Este párrafo me va a desaparecer del mapa?
Porque ahora no escribimos solos. Escribimos bajo la mirada del algoritmo, ese ente invisible que no explica, no dialoga y jamás se equivoca. No te prohíbe hablar, sería demasiado frontal; simplemente deja de mostrarte. Sigues publicando, sigues existiendo, pero nadie llega. El famoso shadowban: el destierro educado.
Y entonces algo cambia. Ya no escribes lo que piensas, sino lo que calculas. Cambias términos, bajas el volumen, haces malabares lingüísticos. No por cobardía, sino por supervivencia digital. “Esto mejor no”, “esto luego”, “esto lo digo de otra forma”. Y así, sin darnos cuenta, empezamos a pedir permiso.
A veces, en medio de este proceso tan moderno y tan cómodo, aparece una sensación incómoda, casi histórica. No hay censores con uniforme ni discursos oficiales, pero el mecanismo se parece demasiado a esas viejas dictaduras del siglo XX donde nadie te callaba… solo todos sabían de qué no se hablaba.
La diferencia es que ahora ocurre en casa, con café, pantuflas y la ilusión de que somos libres porque podemos elegir entre fondo claro u oscuro.
El algoritmo no castiga con ruido, castiga con silencio. Te premia cuando agradas, te ignora cuando incomodas. Y como buenos habitantes de la red, aprendemos rápido. Nadie quiere hablarle a la nada.
Lo inquietante es que esta censura no se siente como censura. Se disfraza de estadística, de bajo alcance, de “no conectó con la audiencia”. Cuando la mordaza parece un dato, nadie protesta.
Así, poco a poco, empezamos a escribir con cuidado. No con miedo épico, sino con ese miedo práctico que cabe en un ajuste de palabras. El miedo a desaparecer del feed, a dejar de ser visibles, a convertirnos en un eco sin respuesta.
Vivimos en libertad, dicen. Tal vez. Pero es una libertad filtrada por una fórmula que no entiende contexto, ironía ni matices humanos. Una libertad donde cada frase pasa por un detector invisible de “contenido adecuado”.
Y aun así, escribimos. A veces con humor, a veces con rodeos, a veces disfrazando verdades para que pasen. Porque escribir, incluso así, sigue siendo un gesto mínimo de resistencia. Aunque nadie lo vea. Aunque el alcance sea corto.
Tal vez el problema no sea que el algoritmo censure, sino lo rápido que aprendimos a censurarnos solos.