La somnolencia del agua tibia: Puebla en su primer hervor

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Hoy, el agua en Puebla ya está soltando el primer hervor

Existe un experimento biológico tan cruel como certero que sirve para explicar la decadencia de las sociedades: el síndrome de la rana hervida. Si usted toma una rana y la arroja a una olla de agua hirviendo, el animal, al sentir el impacto térmico, reaccionará de inmediato con un salto instintivo para salvar la vida. Pero si usted coloca a esa misma rana en una olla con agua fría y enciende el fuego al mínimo, el anfibio se irá adaptando cómodamente a la temperatura. A medida que el agua se entibia, la rana se relaja. Cuando el agua finalmente alcanza el punto de ebullición, el animal ha gastado toda su energía adaptándose a la sutil hostilidad de su entorno; está tan debilitado y normalizado con el calor que ya no tiene la fuerza ni la voluntad para saltar. Muere cocinado, sin haber metido las manos.

Durante años, Puebla se presumió a sí misma como un "oasis" de paz, un refugio blindado frente a la densa neblina de violencia que cobijaba a otros estados de la República. Nos sentíamos a salvo en el agua fría. Sin embargo, el fuego lleva tiempo encendido, y en el último mes, la temperatura en la entidad ha subido a niveles que rozan la ebullición absoluta.

La bitácora criminal de las últimas semanas en el estado ya no registra simples incidentes aislados; registra un descaro delictivo que paraliza. El pasado 5 de junio, un comando de sujetos encapuchados y fuertemente armados interceptó a trabajadores de una empresa de autopartes en plena Calzada Zavaleta, despojándolos de 750 mil pesos a punta de pistola, a la vista de todos y a plena luz del día. En esa misma zona comercial, los balazos cobraron la vida del dueño de un conocido establecimiento nocturno.

El fuego no cede en las carreteras ni en el interior del estado. En la autopista Puebla-Orizaba, a la altura de Quecholac, los criminales ya utilizan cortinas de humo para detener los tráileres y asaltar a los choferes; una táctica de guerrilla urbana que la propia Secretaría de Seguridad Pública ha tenido que admitir. Mientras tanto, en Tehuacán, las oficinas de una refaccionaria fueron asaltadas para robar el dinero destinado al pago de utilidades de los empleados, y una banda de motociclistas mantiene bajo asedio continuo a las gasolineras locales.

Pero la verdadera pérdida de la paz no solo se mide en los grandes titulares, sino en la degradación de la vida diaria. Pensemos, por ejemplo, en el robo de autopartes. Allá en el pasado, la delincuencia parecía conservar una pizca de empatía torcida: robaban una sola llanta, la necesaria para que pudieras poner la de refacción, regresar a casa a procesar el trago amargo y, al día siguiente, comprar el repuesto. Había códigos mínimos de sobrevivencia. Hoy, la saña es total. Un día sí y el otro también, las redes sociales se inundan con denuncias de autos que amanecen flotando sobre tabiques, desvalijados por completo de las cuatro llantas, incluso a la vista de todos en eventos públicos y zonas de alta afluencia. Como ciudadanos, caminamos por nuestras calles y contemplamos esas postales de la infamia: vehículos montados en ladrillos cuyos dueños, inmóviles a su lado, tal vez no tienen para la grúa, apenas se van dando cuenta o, simplemente, están en shock ante el despojo absoluto.

Frente a esta realidad, poco importan las piruetas estadísticas que desde los escritorios gubernamentales intentan matizar la crisis. La delincuencia avanza un grado a la vez, arrebatándonos no solo los bienes, sino la capacidad de asombro. Modificamos nuestros hábitos: ya no sacamos el celular en el transporte público, evitamos ciertas rutas de noche, blindamos los comercios y justificamos el miedo como "precaución". Nos adaptamos para sobrevivir, tal como la rana.

Pero el agua siempre termina por hervir. El termómetro social se rompió definitivamente en la colonia Loma Linda, cuando Cuitláhuac, un hombre de 63 años, fue asesinado a balazos por el único pecado de resistirse al robo de su bicicleta. El asesinato de un hombre por una bicicleta es el síntoma inequívoco de una descomposición avanzada; es el burbujeo caótico del agua que ya quema.

Hoy, el agua en Puebla ya está soltando el primer hervor. Casos como el de Loma Linda, los autos sobre ladrillos en nuestras colonias o los comandos armados a plena luz del día en Zavaleta nos demuestran que ya no estamos ante una amenaza lejana; el calor nos quema la piel. La pregunta ya no es si las autoridades van a apagar el fuego, sino si a los poblanos nos queda todavía el instinto para saltar de la olla. Que no nos gane la somnolencia del agua tibia: en la olla de la impunidad, el que se adapta, se cuece.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica