Pero si nadie las contesta, con el tiempo pueden convertirse en un frondoso árbol de secuoya...

He platicado con varias personas cercanas al ingeniero Carlos Slim.
Todos, absolutamente todos, hablan de él con enorme estima. Lo admiran, lo respetan y, por supuesto, algunos trabajan para él o forman parte de su círculo cercano.
Y está bien.
Carlos Slim es un empresario. Uno de los empresarios más importantes de México y del mundo. Su fortuna no se construyó precisamente vendiendo estampitas de santos.
Carlos Slim hace negocios.
Y ahora viene a Puebla a hacer un negocio.
En días pasados se anunció con bombo y platillo una inversión de 4 mil millones de pesos para transformar la zona de Paseo de San Francisco.
La palabra que se ha utilizado es “rescate”.
Rescate del Centro Histórico.
Ese Centro Histórico que se cae a pedazos en muchas de sus calles. Ese que algún día fue orgullo de los poblanos. Ese que fue declarado Patrimonio Cultural de la Humanidad por la UNESCO en 1987.
Ese mismo Centro Histórico donde, hace algunos años, tuvimos una de las grandes discusiones sobre patrimonio y obra pública, cuando el proyecto del teleférico terminó con la demolición de la Casa del Torno.
La Casa del Torno fue demolida para construir una estación del teleférico.
El INAH intervino.
La obra se detuvo.
Y la casa tuvo que ser reconstruida.
No es un detalle menor.
Ahora tenemos enfrente un proyecto completamente distinto, pero también de dimensiones considerables.
Grupo Carso pretende desarrollar unos 45 mil metros cuadrados de predios, con alrededor de 175 mil metros cuadrados de construcción.
Setecientos departamentos, comercio, espacios educativos, áreas culturales y de entretenimiento, estacionamientos subterráneos, plazas, jardines, puentes y andadores.
Una especie de pequeña ciudad dentro de la ciudad.
Si uno observa los renders y las primeras imágenes del proyecto, inevitablemente recuerda algunos desarrollos de Slim en la Ciudad de México: edificios nuevos, plazas, comercio, vivienda y oficinas integrados en un mismo espacio.
Una especie de isla neoyorquina, pero chaparra.
Poblana.
Ahora bien, hay algo que me parece importante decir sin prejuicios y sin hipocresías:
Carlos Slim no viene a Puebla a salvarnos.
Viene a invertir.
Y viene a invertir porque espera obtener un rendimiento.
No sé cuál.
No sé si será del 10, del 20, del 50 o del 200 por ciento. Tampoco sé si será rentable en cinco, diez o veinte años.
Y supongo que tampoco el ingeniero Slim estaría dispuesto a entregarme su proyecto financiero para que yo lo revise en la mesa de mi comedor. Pero eso no es un problema. Es un negocio privado.
Y precisamente por eso debemos llamarle por su nombre: es una inversión privada. No una obra de beneficencia. No una donación. No un acto de filantropía.
Un negocio.
Y hacer negocios no tiene nada de malo. Al contrario.
El problema comienza cuando confundimos el negocio privado con el interés público.
Porque aquí aparece una pregunta inevitable.
José Chedraui, presidente municipal de Puebla, invitó a Carlos Slim a desarrollar este proyecto.
Y resulta que el hijo del presidente municipal está casado con una nieta de Carlos Slim.
No estoy diciendo que exista un conflicto de intereses. No lo sé.
Lo que digo es que existe una relación familiar pública y perfectamente comprobable.
Y cuando hay dinero, patrimonio histórico, permisos, licencias y gobierno de por medio, las preguntas no deben ofender a nadie. Al contrario. Deben responderse.
¿Qué mecanismos existen para garantizar que ese parentesco familiar no influya en las decisiones administrativas?
¿Quién autorizará qué?
¿Quién supervisará qué?
¿Quién determinará los permisos?
¿Quién revisará los impactos?
¿Quién vigilará que el proyecto cumpla exactamente con lo que se anuncia?
Porque si todo está en orden, qué bueno.
Y si todo está en orden, lo mejor que puede ocurrir es que se transparente.
Eso mata cualquier sospecha y evita que mañana alguien diga que hubo privilegios.
Ahora bien, también están quienes ya hablan de gentrificación.
La palabra se ha vuelto de moda.
Pero la gentrificación no significa simplemente que una zona se ponga bonita.
ONU-Habitat la define como un proceso de renovación urbana acompañado por la llegada de población de mayores ingresos que puede terminar desplazando a los habitantes de menores ingresos.
Y aquí viene lo interesante.
La gentrificación no necesariamente aparece mañana. Puede aparecer dentro de cinco años.
Primero se arregla una zona. Después aumenta su atractivo. Sube la demanda. Suben los precios de los inmuebles. Suben las rentas.
Y entonces la señora que llevaba veinte años rentando una casa por una cantidad razonable descubre que el propietario ya no quiere mantener esa renta.
Quiere cobrar el doble.
O el triple.
Y entonces llega otra persona.
No necesariamente porque quiera sacar a nadie. Simplemente porque puede pagar más.
Así cambian las ciudades.
Por eso habrá que observar qué significa realmente eso de “vivienda de bajo costo”.
¿Cuánto costará comprar un departamento?
¿Cuánto costará rentarlo?
¿Quién podrá vivir ahí?
¿El trabajador poblano?
¿El estudiante?
¿El joven profesionista?
¿O terminará siendo vivienda para quienes puedan pagar los precios que determine el mercado?
Eso lo sabremos después.
Pero hay otra pregunta que me preocupa todavía más.
¿Y el agua?
¿Y el drenaje?
¿Y las redes hidráulicas?
¿Y las vialidades?
¿Y la movilidad?
¿Y la basura?
¿Y la electricidad?
¿Está preparada la infraestructura del Centro Histórico para recibir cientos de nuevos hogares?
Porque setecientos departamentos no llegan solos.
Llegan personas con automóviles, necesidades, consumo de agua, descargas sanitarias y actividad cotidiana.
La ciudad tiene que aguantarlo.
Y si no aguanta, habrá que modernizarla.
Entonces la pregunta será:
¿Quién va a pagar esa modernización?
¿Grupo Carso?
¿El Ayuntamiento?
¿El Gobierno del Estado?
¿Los poblanos?
¿Una combinación de todos?
Esas preguntas todavía están en la mesa.
Y hay una última.
¿Qué significa rescatar el Centro Histórico?
Porque rescatar una zona histórica no significa únicamente construir edificios nuevos, pintar fachadas, poner jardines y llenar los espacios de restaurantes.
Un Centro Histórico no es un centro comercial viejo.
Es una ciudad viva. Tiene habitantes, comerciantes, iglesias, casas, barrios, memoria y patrimonio.
Y tiene una historia que no comenzó con Grupo Carso.
Puebla es Patrimonio Cultural de la Humanidad desde 1987.
Y el patrimonio, por definición, no pertenece al gobierno de turno, ni al empresario de turno, ni al alcalde de turno.
Es de todos.
Por eso celebro que alguien quiera invertir 4 mil millones de pesos en una zona que necesita inversión.
Pero también creo que debemos mirar el proyecto con los dos ojos abiertos.
Uno para ver la inversión.
Y otro para ver la ciudad.
Porque Carlos Slim sabe perfectamente cómo hacer negocios.
Lo ha demostrado durante décadas.
Ahora habrá que demostrar que Puebla sabe cómo hacer ciudad.
Y ahí está la verdadera prueba.
Por lo pronto quedan varias preguntas sembradas:
¿Quién gana?
¿Quién paga?
¿Quién autoriza?
¿Quién supervisa?
¿Quién vivirá ahí?
¿Y qué pasará con los que ya viven alrededor?
Porque algunas preguntas son apenas una semillita.
Pero si nadie las contesta, con el tiempo pueden convertirse en un frondoso árbol de secuoya.