Alien Malévolo (Introducción)

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Introducción

El cáncer no llega solo como una enfermedad: llega como una revelación. Desordena el tiempo, desnuda los afectos y expone con crudeza aquello que como sociedad preferimos no mirar. No distingue entre el que tiene y el que no, entre el disciplinado y el imprudente, entre el fuerte y el frágil. Cuando aparece, obliga a aprender a golpes. Y lo que se aprende ya no se olvida.

Este libro nace de ese aprendizaje forzado. De acompañar a mi padre durante más de cuatro años en su lucha contra un cáncer de pulmón que nunca encajó en los lugares comunes: él no fumaba, era activo, lúcido, fuerte incluso en la vejez. Pero el cáncer no responde a narrativas cómodas ni a culpas prefabricadas. Responde a una biología implacable y a un sistema médico que, según el lugar donde caigas, puede salvarte o abandonarte lentamente.

Aquí se cuenta una historia personal, sí, pero no íntima en el sentido complaciente. Es la crónica de un recorrido por la medicina privada y la pública en México; por consultorios donde la ética todavía importa y por otros donde el negocio se disfraza de diagnóstico; por instituciones que hacen milagros con presupuestos miserables y por estructuras burocráticas que convierten la enfermedad en un vía crucis administrativo. Es también el testimonio de cómo el dinero, más que la ciencia, sigue marcando la diferencia entre vivir mejor o morir antes.

Este libro contiene dos voces. La mía, como hijo, testigo y acompañante. Y la de mi padre, que escribió mientras el cáncer avanzaba, observando su propio cuerpo con la misma lucidez con la que observó siempre la realidad. Él no se asumió nunca como víctima. Entendió la enfermedad como una experiencia límite desde la cual pensar la vida, la muerte, la medicina, el poder y la dignidad. Sus textos no buscan conmiseración; buscan sentido.

Del cáncer aprendí verdades incómodas: que una segunda opinión puede regalar años de vida; que escuchar al paciente vale más que cualquier aparato; que los tratamientos de última generación existen y funcionan, pero no están al alcance de todos; que el dolor físico puede controlarse, pero el abandono institucional enferma de otra manera; que la vejez, en este país, suele vivirse sin red y sin opciones reales frente a una enfermedad catastrófica.

No escribo este libro para ajustar cuentas ni para repartir culpas fáciles. Lo escribo para dejar constancia. Para que quienes nunca han pisado una sala de oncología entiendan que el cáncer no solo mata células: pone en evidencia la calidad humana de médicos, instituciones y gobiernos. Para que los pacientes y sus familias sepan que no están solos, que preguntar, insistir y dudar también salva. Y para que las autoridades recuerden —si es que alguna vez lo supieron— que cada decisión presupuestal tiene rostro, nombre y tiempo de vida.

Este libro es, en el fondo, un acto de continuidad. Mi padre escribió hasta donde pudo. Yo escribo para que su voz no se apague y para que lo aprendido no se pierda. Porque si el cáncer deja alguna responsabilidad a quienes sobreviven, es la de transformar la experiencia en memoria, y la memoria en conciencia.

Miguel C. Manjarrez

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