Miguel C Manjarrez: Réplica, el poder y la escritura

Réplica
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ENTREVISTA

Durante más de veinte años, Réplica ha transitado del papel al entorno digital, de la revista juvenil al medio crítico, de la ilusión emprendedora a la confrontación con el poder. Su fundador proviene de una familia con presencia en episodios históricos relevantes de México, pero también ha construido su propio camino entre presiones políticas, enfermedad familiar, frustraciones profesionales y una defensa constante de la prensa escrita.

Esta conversación reconstruye ese trayecto completo.

Naciste en una familia que estuvo dentro del poder y también lo enfrentó desde la crítica y la persecución.

Cuando eras niño y adolescente, ¿cómo se hablaba del poder en tu casa?

¿Era algo que se respetaba, se temía, se cuestionaba… o todo al mismo tiempo?

Mi niñez fue bastante normal. Yo no crecí consciente del “poder”. Mi abuelo materno, mis tíos, las figuras políticas de la familia, ya habían muerto cuando yo nací. No conviví con ellos. No escuché anécdotas épicas en la mesa todos los días. No tenía dimensión de lo que habían hecho por el país.

Con el tiempo supe que tres de ellos fueron constituyentes: dos en la Constitución de 1917 y uno en la Constitución local de Puebla. Supe que José Álvarez y Álvarez de la Cadena fue revolucionario, que le dispararon, que sobrevivió, que mataron a su hermano, que fue jefe del Estado Mayor Presidencial de Plutarco Elías Calles. Supe que Froylán C. Manjarrez fue gobernador, legislador, director de El Nacional. Que Gilberto Bosques fue diplomático y salvó a 40 mil personas. Pero eso lo supe después.

De niño no entiendes esas dimensiones. Escuchas nombres, historias sueltas, pero no tienes conciencia histórica.

Mi padre era el hijo más pequeño de un segundo matrimonio, con una diferencia de edad enorme respecto a sus hermanos. Su hermano Luis, que para mí fue como un abuelo, le llevaba casi treinta años. Él fue pionero de la radio, creador del noticiero CLASA, el más escuchado en su época. Pero para mí no eran “figuras históricas”; eran parte del entorno familiar.

En casa sí había patriotismo. Mis padres se ponían de pie cuando sonaba el Himno Nacional. Hablaban con respeto de sus mayores. Mi padre conversaba mucho con Gilberto Bosques, lo consideraba su maestro. Pero yo no dimensioné lo que significaba salvar a 40 mil personas hasta mucho después.

La conciencia política no fue heredada como dogma; fue descubierta. Estudié Relaciones Internacionales, trabajé incluso como burócrata seis meses —no aguanté esa vida mecánica— y me fui a la iniciativa privada. No fue sino hasta los 30 años, cuando inicié el proyecto de Réplica, que realmente me interesé a fondo por la historia de México, por la política, por entender el contexto de donde venía.

Digamos que primero viví. Después entendí.

Cuando empezaste a entender quiénes habían sido tus antepasados y lo que representaban en la historia del país, ¿qué sentiste primero: orgullo, presión, incredulidad… o una especie de distancia, como si esa historia no fuera del todo tuya?

Cuando empecé a entender lo que habían hecho, sentí orgullo. Un orgullo que fue creciendo conforme comprendía la dimensión real de su participación.

De niño veía fotos: medallas, uniformes, el Teatro de la República, imágenes solemnes. Pero no dimensionaba el impacto. La verdadera conciencia llegó cuando entendí que no eran solo personajes enmarcados, sino actores en la construcción del México moderno.

Comprendí que la Constitución de 1917 no fue un trámite histórico: fue una ruptura profunda. La educación laica y gratuita, los derechos laborales que aún hoy sostienen la estructura jurídica del país, no surgieron de la nada. Froylán C. Manjarrez y los demás constituyentes pelearon por eso. Y lo hicieron en un contexto donde la desigualdad era brutal.

En los escritos familiares se narra cómo era el México previo a la Revolución: haciendas con tiendas de raya, deudas heredadas por generaciones, una forma de esclavitud disfrazada de orden. Gente que nacía y moría endeudada. Trabajadores sin derechos. Militares usados para limpiar caballos y servir a la élite política y económica.

Revisando los archivos de mi abuelo José Álvarez y Álvarez de la Cadena, encontré documentos donde, junto con Joaquín Amaro, impulsa la institucionalización del Ejército. Hay un discurso ante jefes militares donde explica cómo antes de la Revolución los soldados eran prácticamente servidumbre de los poderosos. Transformar eso en una institución con reglas, jerarquía y sentido de Estado fue un cambio estructural.

Eso me dio orgullo. No por la medalla, sino por la idea de dignidad. Por la construcción de instituciones.

Claro, la historia no es perfecta. Ninguna lo es. Pero entender que parte de esa arquitectura jurídica y militar que aún sostiene al país tuvo participación familiar me hizo sentir una responsabilidad distinta.

Y luego vinieron otras historias —algunas difíciles de creer— donde, gracias a la intervención de alguno de ellos, el rumbo de ciertos episodios cambió. Pero eso lo podemos hablar después.

Cuando decidiste fundar Réplica, ¿sentiste que estabas continuando ese linaje… o que estabas entrando a una batalla distinta, incluso más solitaria que la de ellos?

Réplica no nació como un proyecto político. Nació de una frustración.

Yo estaba encaminando mi vida hacia el mundo de los eventos. Mi padre me habló de un diplomado en la Ibero, en Santa Fe, que impartía la Corporación Interamericana de Entretenimiento: “Entretenimiento y Sociedad”. Lo daban productores de Televisa, directivos del CIE, gente que había construido grandes proyectos.

Durante seis meses viajé de Puebla a Ciudad de México varias veces por semana. Ahí escuché historias que me marcaron: empresarios que habían hipotecado su casa para traer un concierto, que habían empeñado su coche para pagar nóminas, que estuvieron a punto de perderlo todo antes de triunfar. Recuerdo particularmente el relato del primer gran concierto de Madonna en México: permisos negados, patrimonio en riesgo, y cómo una llamada del secretario particular del presidente resolvió lo que parecía imposible. Ahí entendí cómo se cruzan el emprendimiento y el poder.

Salí de ese diplomado con una idea: crear un espacio para jóvenes donde empresarios y líderes contaran sus historias reales, sin maquillaje, para motivar a otros. El proyecto se llamó Encuentro México.

Me acerqué al gobierno de Puebla para impulsarlo. Era joven, tenía veintitantos años, entusiasmo y poca malicia. Me dieron largas durante casi un año. Promesas, reuniones, “lo estamos viendo”, “la próxima semana”. Invertí dinero propio, tiempo, energía. Y al final, el proyecto no se hizo… o mejor dicho, se hizo bajo otras circunstancias y con otras personas.

Esa fue mi primera lección dura.

De esa frustración nació la decisión: si no puedo hacer el evento, hago el medio. Así comenzó Réplica Joven.

Mi padre había fundado la revista diez años antes. Era de corte cien por ciento político. Ya no circulaba y me permitió disponer del nombre.

Al principio no era política dura. Era desarrollo humano, emocional. Empezamos a tocar temas que en la Puebla de hace veinte años eran tabú: sexualidad, enfermedades venéreas, prostitución, drogas. Hicimos campañas visuales fuertes. Recuerdo una portada con un joven maquillado como “zombie” para hablar de adicciones. Otra sobre prostitución masculina. La realidad de los niños de la calle. En los cafés retiraban la revista y la escondían.

Ahí vi de frente la doble moral.

La revista era gratuita, se distribuía en espacios públicos, y empezó a incomodar. No por poder político, sino por cuestionar el conservadurismo social.

Yo no sentía que estuviera continuando un linaje histórico. Sentía que estaba reaccionando a una injusticia pequeña pero reveladora. Estaba aprendiendo, a mi escala, cómo funcionan las promesas, el poder y la exclusión.

La batalla política vendría después.

¿En qué momento Réplica dejó de ser una revista juvenil incómoda y se convirtió en una trinchera política real?

¿Hubo un hecho específico que marcó ese punto de no retorno?

Desde el inicio, Réplica tenía una pequeña sección de política. Eran pocas páginas: dos para mi madre, Manola Álvarez Sepúlveda; dos para mi padre, Alejandro C. Manjarrez; y una editorial que escribía yo. El resto era juventud, turismo, desarrollo emocional, sexualidad, psicología. Queríamos orientar, no confrontar.

Pero esas pocas páginas bastaron.

Mi padre escribía contra el gobierno de Rafael Moreno Valle. Mi madre criticaba a Felipe Calderón. Recuerdo una portada que decía “Calderón mentiroso”. Yo, que prácticamente no tenía relación con la política —he saludado a cinco políticos en mi vida—, era el responsable legal de la revista. Así que los golpes empezaron por mí.

Auditorías. Multas del SAT. Llamadas telefónicas extrañas.

Una vez llamaron diciendo: “Le habla Javier Duarte”.

—¿Y qué necesita?

—Nada, solo que sepa que le habla Javier Duarte.

En ese momento me dio risa. Después entendí que era una forma de marcar territorio.

También supe que a un colaborador lo contactaron desde el CISEN para “investigarnos”. Yo lo tomaba con ligereza… hasta que dejó de ser ligero.

Teníamos muchos anunciantes. Una red de distribución sólida en Puebla, Veracruz, Hidalgo, Tlaxcala, Cancún. La revista llegaba directamente a empresarios importantes. Eso empezó a incomodar.

Un colaborador cercano al gobernador comenzó a visitar anunciantes. No los amenazaba directamente; les decía que el gobernador estaba “preocupado” por quienes apoyaban a ciertos medios. Uno de esos empresarios, en secreto, me confesó lo que estaba ocurriendo. Después empezaron a retirarse. De tener treinta o cuarenta anunciantes, pasamos a casi ninguno.

Ahí entendí que ya no era un juego.

Yo no había construido la revista para hacer oposición política. Era un proyecto juvenil, empresarial, de formación. Pero el poder decidió que éramos incómodos.

Recuerdo que cuando Moreno Valle era candidato lo entrevistamos en su casa. Mi padre realizó dicha acción. Yo había sido burócrata seis meses cuando él era secretario de Finanzas; técnicamente había sido mi jefe. Ahora yo acudía a una entrevista como director de un medio. Esa ironía me parecía curiosa.

Moreno Valle tomó mi Nextel y le metió códigos para evitar su intervención. Me sentí en una película de espías.

En algún momento empezaron a pedir revisar textos antes de publicarlos, a sugerir qué decir y qué no decir. Eso fue el límite. Una cosa es dialogar; otra es permitir que te editen desde el poder.

Ahí supe que la revista ya no era solo un proyecto juvenil. Se había convertido en una trinchera.

Mi padre alguna vez me dijo que mejor no me metiera en esto, que siguiera en la iniciativa privada. Quizá hoy tendría una vida más cómoda. Pero cuando ves que intentan dinamitar tu proyecto por ejercer una libertad mínima, entiendes algo muy claro: el poder no persigue a quien lo critica por capricho; persigue cuando hay algo que le duele.

Si hicieran bien su trabajo, no necesitarían silenciar a nadie.

Cuando empezaron las auditorías, las presiones y la pérdida de anunciantes, ¿tuviste miedo real en algún momento?

No miedo abstracto —miedo concreto—: por tu familia, por tu estabilidad, por tu vida.

No sé si la palabra correcta sea miedo.

Miedo tengo, como cualquier ser humano. Pero he pasado por tanto dolor físico desde niño —accidentes, hospitales, seis meses postrado después de que me atropellaron a los diez años— que el dolor no me paraliza con facilidad.

Lo que sí me impactó fue otra cosa: la capacidad del poder para destruir.

No el poder como institución, sino el poder como obsesión personal.

Me impresionaba —y me sigue impresionando— cómo alguien puede decidir bloquear financieramente a un medio, asfixiarlo, intentar quebrarlo, solo porque no le gusta lo que se escribe. No importa si vendes tortas o si diriges una revista: el mecanismo es el mismo. Te cierran las puertas.

Recuerdo frases que me resonaban desde comunicación social: “Que se vaya a cuidar a sus nietos”, “Que se ponga a vender tacos”. Yo en algún momento vendí tortillas. No me avergüenza. A veces pensé que sería más rentable y más tranquilo que seguir en esta batalla.

Hubo momentos —varios— en los que me pregunté:

¿qué estoy haciendo?

¿Por qué no duermo?

¿Por qué estoy peleando contra una maquinaria que parece no tener límites?

Y entonces vino lo más duro: a mi padre le detectaron cáncer. Mientras lidiábamos con auditorías, presiones y pérdidas económicas, yo estaba tratando de salvarle la vida. Medicinas, hospitales, decisiones médicas. Era una presión acumulada.

Ahí no podía permitirme caer en la victimización. Tenía que mantenerme en pie por él.

Más que miedo, sentí enojo y una profunda decepción hacia ciertos políticos. No creo que todos sean iguales; sería demasiado desesperanzador pensar eso. Pero sí entendí que el poder puede producir una distorsión psicológica severa. Hoy, después de estudiar más sobre conducta y salud mental, entiendo mejor lo que entonces solo intuía: el poder prolongado puede generar un deterioro emocional real, una desconexión moral.

Hubo incluso un momento en que empezamos a preparar un libro sobre los agraviados de ese gobierno. Yo dudaba, porque sabía que significaba entrar en otra batalla. Pero cuando ya estás señalado, poco cambia.

Con el tiempo, el contexto cambió. El formato digital nos dio aire. Ya no había imprenta que asfixiar. La revista hoy vive su mejor momento en términos de alcance.

Y yo también cambié.

A partir de Reparación de vidas catastróficas, empecé a estudiar con más profundidad lo psicológico. Comprendí que muchas conductas del poder no son solo políticas: son trastornos de carácter amplificados por la estructura que los rodea.

Sigo aquí.

No sé exactamente por qué, pero sigo.

Y ya no escribo solo desde el enojo, sino desde la comprensión.

Tu abuelo ayudó a institucionalizar el Ejército.

Tu familia participó en la construcción de estructuras del Estado.

Tú, en cambio, hablas de “reparar vidas catastróficas”.

¿Sientes que tu generación ya no pelea por construir instituciones, sino por reparar lo que las instituciones y el poder dañaron?

Creo que hoy el problema no es solo el poder. Es la desconexión del ciudadano.

Vivimos absorbidos por la inmediatez: redes sociales, teléfonos, sobrevivencia cotidiana. No veo a la mayoría involucrada activamente en la política. Y eso me preocupa más que los políticos mismos.

Desde que fundé Réplica he sostenido una idea: el poder es un empleado del pueblo.

El presidente, el gobernador, los legisladores —todos viven de los impuestos de los ciudadanos. Son representantes, no monarcas. Pero esa conciencia no está clara en la cultura cívica mexicana.

Somos más de 130 millones de personas. ¿Cuántos políticos son?

La proporción es absurda. Sin embargo, el señalamiento ciudadano es débil.

En otros países, cuando una ley afecta derechos o cuando una decisión pública genera indignación real, la presión social es organizada y visible. Aquí muchas veces la protesta se diluye en redes sociales: mucho ruido, poca permanencia.

Yo siempre pongo el mismo ejemplo:

¿Recuerdas el video viral de hace una semana? Casi nadie.

¿Recuerdas un libro o un artículo que te cambió la forma de pensar? Sí.

Por eso sigo creyendo en la prensa escrita. El texto permanece. Se queda en la conversación, en el café, en la sobremesa. Genera eco. Genera reflexión. Y de la reflexión puede nacer la participación.

Mi fortaleza es escribir. No soy un político, no soy un operador de masas. Soy alguien que piensa, escribe, revisa, publica y observa cómo esas palabras encuentran lectores. Cuando un artículo alcanza decenas de miles de lecturas, entiendo que no estoy escribiendo al vacío.

Claro que podría haber elegido otra ruta. Tal vez ganar más dinero, vivir con menos fricción. Pero hay una responsabilidad: con mi familia, con mi historia, con veinte años de sostener un medio, con los lectores que esperan una voz coherente.

Mientras el conflicto sea intelectual, sigo.

Mientras sea presión económica o crítica política, sigo.

Espero que nunca pase de ahí.

Yo no busco confrontaciones épicas. Busco que la palabra siga teniendo sentido.

Si tu padre estuviera leyendo hoy esta entrevista completa, después de todo lo que viviste —la persecución, su enfermedad, la resistencia digital, tu giro hacia la reparación emocional—, ¿qué crees que te diría?

Mi padre, antes de morir, me dijo algo que guardo mucho:

“Estoy orgulloso de ti. Ya aprendiste a escribir”.

Él fue mi maestro. Al principio me corregía todo. Me decía: “Por aquí no”, “Esto está mal planteado”. Recuerdo una vez que le dije que había escrito un artículo en el iPad y me respondió: “Sí, se nota”. No como elogio. Se notaba que estaba flojo. Entonces me enseñaba cómo corregirlo.

Su lección fue muy sencilla y muy dura:

“Para aprender a escribir, tienes que escribir. Y seguir escribiendo”.

Eso he hecho durante veinte años.

Yo escribo incluso antes de sentarme frente al teclado. Escribo en la cabeza. Por eso a veces parezco distraído; estoy construyendo un artículo o un libro mentalmente. Luego lo descargo en una nota de voz o en un borrador, y lo trabajo hasta que toma forma.

Hoy tengo tres libros publicados y dos más en proceso. Uno será distinto: una novela construida a partir de historias que conozco, anécdotas del poder que no siempre pueden publicarse como nota periodística porque no soy fiscal ni ministerio público. Pero la ficción permite explorar lo que la crónica no puede afirmar sin pruebas. Ahí quiero retratar lo más oscuro del ejercicio del poder: gobernadores, presidentes municipales, operadores, cuartos de guerra. No desde el morbo, sino desde la anatomía del sistema.

Además, hay otra tarea que me parece fundamental: estamos subiendo a la revista documentos, discursos y textos de mis antepasados que estaban olvidados en archivos y bibliotecas. Miles de páginas que ayudan a entender el México que se estaba construyendo desde la voz de sus protagonistas.

Hoy muchos jóvenes investigan a través de buscadores o inteligencia artificial, pero los documentos originales, las palabras de quienes vivieron esos procesos, no siempre están digitalizadas ni accesibles. Preservarlas y ponerlas al alcance es también una forma de responsabilidad histórica.

Y junto a eso, está mi otra línea: la reparación emocional. Con el tiempo entendí que el poder no solo se corrompe por ambición, sino por desequilibrios humanos. Somos cerebro, emociones, impulsos. Podemos desregularnos, fanatizarnos, perder perspectiva. He llegado a pensar incluso que debería existir una legislación que obligara a evaluaciones psicológicas reales para quienes aspiran a gobernar. Parece exagerado, pero las decisiones de un dirigente impactan a millones.

Si mi padre leyera todo esto, creo que me diría que siga.

Que no me desvíe.

Que cuide la palabra.

Y, probablemente, me señalaría algún párrafo para corregirlo.

De todos los episodios históricos en los que participaron tus antepasados, ¿cuál es uno —específico— donde puedas decir con claridad: “Aquí cambió el rumbo de México”, y por qué?

Hay tres episodios que recuerdo y que, desde mi perspectiva, influyeron en el rumbo de México.

El primero tiene que ver con mi abuelo, quien coordinó una defensa estratégica frente a lo que se conoció como el Plan Green. Después de la promulgación del artículo 27 de la Constitución de 1917, donde se estableció que el subsuelo —y por tanto el petróleo— pertenecía a la Nación, algunos altos funcionarios de Estados Unidos, que al mismo tiempo eran socios de compañías petroleras, vieron afectados sus intereses económicos.

Existía la intención de ejercer presión e incluso preparar una posible intervención en México bajo el argumento de defender sus inversiones. Ante ello, el Estado Mayor Presidencial logró infiltrar el entorno diplomático estadounidense. Un agente obtuvo copias de documentos que probaban el conflicto de interés: funcionarios norteamericanos actuaban también como empresarios petroleros perjudicados por la reforma constitucional mexicana.

Esas pruebas fueron presentadas al entonces presidente del país vecino del norte, y el mensaje fue claro: si había una intervención, se harían públicos los documentos que demostraban los intereses comerciales detrás del discurso político. Esa acción desactivó lo que pudo haber sido una intervención directa. Fue una defensa silenciosa, estratégica, pero determinante.

El segundo episodio es el de Gilberto Bosques. Como cónsul en Francia, otorgó lo que muchos llamaron “la visa al paraíso”. Emitió documentos que permitieron que miles de perseguidos políticos —españoles republicanos, judíos y otras víctimas del nazismo y del franquismo— salieran de Europa rumbo a México. Se calcula que salvó alrededor de 40 mil personas.

Por esa acción fue detenido por los nazis y permaneció un año preso en un hotel convertido en centro de detención. Su actuación no solo fue diplomática: fue profundamente humana. No tenía obligación legal de hacerlo en esos términos. Lo hizo por convicción.

El tercer episodio es menos conocido. Mi tío Luis, muy cercano al presidente de la República en su momento, intervino cuando se planteaba la destitución de un secretario de Estado. Convenció de que no lo removieran. Ese funcionario era el padre de Carlos Salinas de Gortari.

A veces hemos reflexionado qué habría pasado si esa carrera política se hubiera interrumpido en ese momento. Tal vez la historia posterior del país habría sido distinta. No fue una decisión calculada pensando en el futuro; fue una deferencia hacia un amigo. Pero las decisiones políticas, incluso las personales, tienen consecuencias históricas.

Cuando cuentas estos tres episodios —Plan Green, Gilberto Bosques y la intervención para que no despidieran al padre de Salinas— hay algo en común: influencia real en decisiones de poder.

Te pregunto algo profundo:

¿Cómo vives tú el contraste entre ese linaje que incidía directamente en el rumbo del Estado… y tu papel actual, que incide desde la palabra escrita, desde la crítica y desde la observación?

¿Sientes que estás continuando esa influencia, pero en otra trinchera?

¿O a veces sientes que estás lejos del poder real donde se toman las decisiones?

Lo vivo con conciencia histórica y también con humildad.

Mis antepasados incidieron en momentos donde una decisión podía cambiar el rumbo de un país. Uno coordinó una estrategia defensiva que evitó una posible intervención extranjera; otro salvó miles de vidas otorgando visas cuando Europa ardía; otro intervino en un momento político que, indirectamente, pudo haber alterado el futuro presidencial de México. Esos son hechos que operaban en el corazón mismo del poder.

Yo no estoy ahí.

Mi influencia no pasa por una firma, una orden o una llamada estratégica. Pasa por una idea. Pasa por una reflexión. Pasa por una denuncia escrita que alguien lee en silencio y que quizá transforma su manera de entender el poder.

Ellos operaban dentro del sistema.

Yo opero observándolo, analizándolo y, cuando es necesario, cuestionándolo.

Pero hay algo que sí continúa: la responsabilidad.

La responsabilidad de no ser indiferente.

Si mi abuelo enfrentó presiones internacionales y otro enfrentó al nazismo, mi trinchera es distinta: enfrentar la desmemoria, el fanatismo, la superficialidad, la corrupción emocional del poder. Mi herramienta no es la diplomacia ni la cercanía presidencial; es la palabra.

Y la palabra, aunque parezca frágil, también cambia rumbos.

Más lento, más silenciosamente, pero cambia.

No me siento lejos del poder.

Me siento fuera de él… que es diferente.

Y estar fuera permite algo que estar dentro no siempre permite: independencia.

Si tú crees que el poder puede generar daño neuronal, desregulación emocional y síndrome de hubris… ¿qué tipo de leyes concretas deberían existir en México para proteger al país de políticos con trastornos graves, adicciones o desequilibrios psicológicos?

Yo sí creo en los políticos que tienen vocación de servicio. Existen. Ahí está el ejemplo de Gilberto Bosques, que no tenía ninguna obligación de salvar a miles de personas que no eran mexicanas, y lo hizo. Ahí están los revolucionarios que recibieron balazos, que perdieron fortunas, que arriesgaron la vida para construir un país más justo. Hay políticos que se sacrifican por el pueblo.

Pero también hay otros que llegan al poder como si se hubieran ganado un premio multimillonario. Se enriquecen, meten a toda su familia al presupuesto, hacen negocios, se rodean de aduladores y caen en lo que hoy sabemos que es el síndrome de hubris: el poder que enloquece. Se olvidan de que son empleados del pueblo.

El problema del sistema político mexicano es que muchas veces funciona como un grupo de amigos. Los diputados y senadores, que deberían ser un contrapeso real, terminan protegiendo al gobernante en turno. Y ellos son quienes pueden poner freno. Un Congreso local puede remover a un gobernador que ha perdido el rumbo. El Senado puede desaparecer poderes cuando hay ingobernabilidad. Esos mecanismos existen, pero casi no se usan.

A los legisladores les diría: representen al pueblo, no al gobernante. Cumplan su función de contrapeso. No sean cómplices por amistad o por grupo.

También pediría que se legislara algo que parece incómodo pero necesario: exámenes psicológicos y médicos obligatorios para quienes aspiran a gobernar. El poder amplifica cualquier trastorno. Un político con adicciones, con desequilibrios emocionales graves o con patologías no atendidas puede llevar a la catástrofe a millones de personas. Gobernar no es un premio; es una responsabilidad enorme.

Y aconsejaría también una verdadera protección a la libertad de expresión. Que ningún gobierno pueda asfixiar económicamente a un medio crítico mediante la publicidad oficial. El dinero de los convenios no es del gobernante, es de los ciudadanos. Y debería utilizarse para informar: dónde están las medicinas, cuáles son los programas, qué decisiones se toman. No para financiar propaganda ni para atacar adversarios.

Cuando los convenios se convierten en contratos de defensa política o de destrucción de enemigos, se degrada el periodismo y se traiciona al ciudadano.

Mi mensaje final es sencillo: el poder es un encargo temporal. El país es permanente. Y el deber de los políticos y de los periodistas debería ser el mismo: proteger al ciudadano, no al poderoso.

Guillermo Ríos Delgado Falcón

Revista Réplica