La fuerza de la juventud mexicana

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Y en ese grito colectivo hay algo que no se puede ignorar: la certeza de que el país todavía respira...

Ilustración creada con IA para resguardar la integridad y privacidad de los jóvenes

Hay días en que uno cree que el país se nos escurre entre los dedos.

Que México se diluye en la pantalla luminosa de un teléfono.

Que la juventud vive atrapada entre filtros, algoritmos y conversaciones con la inteligencia artificial, como si el mundo real fuera apenas un accesorio incómodo.

Y entonces marchan.

Y entonces gritan.

Y entonces despiertan a quienes creíamos que estaban dormidos.

En estos días, miles de jóvenes salieron a las calles de Cuernavaca para exigir justicia por Kimberly, alumna de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Trece días tardó en hacerse público el caso. Trece días de silencio oficial institucional. Trece días que para cualquier familia pueden ser eternos.

La consigna fue clara: esclarecimiento inmediato. Y también una exigencia directa: la renuncia de la rectora Viridiana Aydeé León Hernández, a quien los estudiantes señalan por la falta de respuesta oportuna y de sensibilidad ante una herida que no admite burocracia.

Lo que vimos no fue un capricho generacional. Fue un acto de conciencia.

Porque cada vez que se minimiza a los jóvenes por estar “pegados al celular”, se olvida que esos mismos dispositivos han sido herramientas de organización, denuncia y resistencia. Las redes sociales no los anestesiaron: los conectaron. Y cuando la indignación es genuina, la tecnología deja de ser entretenimiento para convertirse en altavoz.

No es la primera vez que ocurre.

También lo vimos cuando los universitarios exigieron seguridad. Cuando reclamaron al gobierno. Cuando tomaron la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla para declarar un paro estudiantil que muchos descalificaron al inicio y que después se comprobó legítimo. Pedían mejoras en la calidad educativa, revisión en los procesos de elección, atención real a las denuncias de acoso, mayor transparencia en el manejo institucional.

Pedían, en el fondo, algo elemental: respeto.

Porque la universidad pública no es propiedad de un rector, ni de un grupo político, ni de una élite administrativa. La universidad es, ante todo, su comunidad. Son los jóvenes que caminan sus pasillos, que se desvelan estudiando, que construyen ahí su proyecto de vida. Está sostenida por el Estado mexicano, por los impuestos de millones de ciudadanos, por recursos públicos federales y estatales. Y si es pública, es de ellos.

Hay algo profundamente esperanzador en ver a estudiantes defendiendo causas que no son abstractas, sino urgentes. No marchan por moda. Marchan porque sienten que la inseguridad se les mete en las aulas. Porque perciben que el silencio institucional es una forma de violencia. Porque intuyen que si hoy callan, mañana el abandono será norma.

Cada generación ha tenido su momento de prueba.

Y cada generación ha sido juzgada con soberbia por la anterior.

Pero cuando miles de jóvenes toman las calles para exigir justicia, algo se reordena en el ánimo nacional. México deja de parecer un territorio condenado a la apatía. Se revela lo que siempre ha estado ahí: una reserva moral que se activa cuando la injusticia rebasa el límite.

La juventud mexicana no está perdida. Está atenta. Está conectada. Está incómoda. Y, sobre todo, está viva.

Tal vez lo que nos incomoda no es su supuesta distracción digital, sino su capacidad de señalar nuestras omisiones. Porque cuando ellos gritan, no solo reclaman a una autoridad universitaria o a un gobierno: también nos interpelan a nosotros, a nuestra resignación cómoda, a nuestro escepticismo cansado.

Y en ese grito colectivo hay algo que no se puede ignorar: la certeza de que el país todavía respira.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica