Cuando la mente no se cuestiona, el poder se pudre

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“Recuerda que eres mortal”, debería ser la frase tatuada en sus almas...

Hay quienes transitan la vida convencidos de que piensan, cuando en realidad solo reaccionan. Confunden el ruido con la idea, la bilis con la verdad y la costumbre con la esencia. Se vuelven inquilinos de su propia inercia, moviéndose por el mundo como autómatas que olvidaron dónde dejaron las llaves de su voluntad.

La metacognición —ese ejercicio casi obsceno de pensar sobre lo que pensamos— no es una moda para gurús de Instagram ni una frase cursi para tazas de café. Es, más bien, un desnudo integral del intelecto. Un espejo de esos que no perdonan, donde los pretextos se caen y las narrativas que nos inventamos se revelan como lo que son: mentiras piadosas para poder dormir de noche.

El deporte de alto riesgo

Observar lo que bulle en el cráneo es peligroso. Implica admitir que muchas de nuestras "firmes convicciones" son solo basura acumulada: miedos mal digeridos, prejuicios heredados y frases que algún adulto nos sembró en la infancia, cuando no teníamos defensas para repeler intrusos. Son creencias que dejamos crecer como si fueran propias, cuando en realidad son parásitos bien vestidos.

Y entonces surge el quiebre, esa pregunta que cala hasta los huesos: “¿Y si no soy quien creo ser?”

La mente es una fábrica que no descansa; produce pensamientos como quien respira, a toda velocidad. Pero cuidado: no todo lo que se piensa merece crédito. No todo impulso es identidad. Ahí entra la metacognición, no para silenciar el barullo, sino para sentar a la mente en el banquillo de los acusados y decirle con ironía: “A ver, explícate, que no te estoy comprando esta novela turca”.

Construir sobre el lodo

Hablar de "reprogramar" suena a software barato o receta de microondas. La realidad es más sucia y lenta. Es un proceso incómodo. Implica demoler estructuras que nos daban seguridad, aunque fuera una seguridad falsa. Es descubrir que la casa que habitas se sostiene sobre un pantano de mentiras y, aun así, decidir quedarte a levantarla de nuevo, ladrillo por ladrillo, con las manos llenas de lodo.

Las creencias no se evaporan, se cambian. Pero para eso hay que tener el valor de nombrarlas y sacarlas al sol para que se desinfecten:

  • “Creo que el aplauso me hace más grande”.
  • “Creo que si no tengo la razón, no soy nadie”.

Una vez expuestas, las certezas pierden su aura mística. Se vuelven humanas, falibles, casi ridículas. Y apenas ahí, en ese vacío, aparece la libertad de elegir algo distinto. Pero esa elección requiere —permitan el coloquialismo— “huevillos”, porque implica soltar el escudo que nos protegía del mundo, aunque ese mismo escudo fuera el que nos impedía caminar.

Un peligro público

La metacognición no es para blandengues. No porque sea un club VIP, sino porque pocos están dispuestos a pagar la cuota de verse sin adornos. Es mil veces más cómodo culpar al sistema, al pasado o al vecino, que aceptar que el enemigo ha estado operando desde adentro con total impunidad.

Y aquí el asunto deja de ser un drama íntimo para volverse un peligro público.

Hoy vemos personajes que pretenden gobernar naciones sin haberse gobernado jamás a sí mismos. Tipos que toman decisiones trascendentales sin haber cuestionado una sola de sus taras mentales. Confunden la obediencia con el respeto y el cargo con la inteligencia. Para ellos, la metacognición no es un lujo: es una urgencia ética.

Vemos políticos que "la calabacean" con una alegría casi infantil, no por ignorancia, sino por un exceso patológico de autoengaño. Se rodean de espejos que solo saben asentir, de voces que confirman su genialidad mientras cruzan, sin parpadear, la línea del hubris: esa soberbia que ciega y convierte el poder en un delirio de grandeza.

El drama no es que se equivoquen —errar es de humanos—; el drama es que han perdido la capacidad de reconocerlo. Han perdido el hilo de su propia mente.

El mapa del entendimiento

Un líder incapaz de observar sus pensamientos está condenado a creerse cada uno de ellos. Y un político que cree todo lo que piensa es una bomba de tiempo; termina gobernando desde la fantasía y el capricho, arrastrándonos a todos en su alucinación.

Quizá, antes de reformar la Constitución, deberían intentar reformarse por dentro. Antes de exigir confianza, deberían aprender a desconfiar seriamente de sus propios impulsos. Porque el verdadero poder no reside en el mando, sino en el entendimiento. Y ese camino, aunque duela y derrumbe lo que creíamos sólido, sigue siendo el único mapa confiable para no terminar extraviados en el ruido de nuestra propia soberbia.

“Recuerda que eres mortal”, debería ser la frase tatuada en sus almas. O como se decía en la antigua Roma al oído de los generales victoriosos: Respice post te. Hominem te esse memento. (Mira detrás de ti. Recuerda que solo eres un hombre).

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica