Los políticos son: el boom de la desfachatez...
Tomé prestado un dicho que se me quedó tatuado en la memoria cuando era universitario. El maestro Mariano Enrique Torres Bautista lo repetía como un mantra incómodo: “el boom de la desfachatez”. También lanzaba otra pedrada que en mi familia sonaba a herejía: se refería a la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos como a un simple folleto de hojas intercambiables. Mis parientes —abuelo y tíos constituyentes— habrían montado en cólera al escucharlo. Pero, desgraciadamente, el maestro tenía razón: hoy la Carta Magna es eso, un folleto manoseado, arrancado y parchado según la conveniencia de quien manda.
Dicho lo anterior, lo que hemos visto últimamente en la política mexicana no es novedad. Es, simplemente, más de lo mismo.
Políticos bien pagados que presumen mejores vidas, senadores convertidos en gladiadores de quinta en un circo romano llamado Congreso. Gritos, insultos, vulgaridades transmitidas en cadena nacional como si fueran la cumbre del debate. Y para rematar, la escena tragicómica: Gerardo Fernández Noroña y Alejandro Moreno jaloneándose, ambos creyendo que tienen madera para dirigir este país.
Las justificaciones de la riqueza son otra bofetada al ciudadano. “Claro que gastamos en lujos, porque podemos. Ganamos bien”, dicen con desparpajo. Y sí, ganan bien: cientos de miles de pesos más lo que monetizan en redes sociales, donde el negocio no es la política sino el escándalo, lo vulgar, lo morboso.
¿Y el pueblo? Ese nada más observa. Calla. Se resigna. Ya se acostumbró a mirar a sus políticos como si fueran una banda delincuencial de cuello blanco.
Algunos morenistas parecen no comprender que están en el poder porque el pueblo les dio empleo. Un pueblo integrado mayoritariamente por clase media baja y por los pobres que creyeron en la promesa de cambio. Ellos son la fortaleza del movimiento, las piedras que sostienen el edificio del nuevo régimen. Y díganme: ¿qué sentirán cuando descubren que lo que ellos ganan en un mes, los políticos que apoyaron lo dilapidan en una comida, un viaje exprés o en una chancla de marca? Ahí, justo ahí, es donde se fractura la ilusión del cambio y se pulveriza la esperanza de justicia social. Eso es lo que no entienden: no se trata de si los sueldos de los servidores públicos son altos o bajos, sino de que ese dinero proviene del pueblo. Y ese pueblo quiere resultados, no un circo de influencers con curul.
Lo cierto es que la política sigue siendo mal vista. Y de ahí nacen la apatía, el valemadrismo, el rechazo. La desconfianza hacia todos, sin excepción.
¿Y entonces qué?
¿Una nueva clase política mexicana, con rostros frescos y libres de pecado? Suena bien, hasta esperanzador. Pero no nos hagamos ilusiones: siguen siendo humanos, y los humanos, tarde o temprano, sucumben ante el veneno dulce del dinero y el poder.
¿Estamos perdidos?
Quizá. Lo único que queda es exigir, una y otra vez, que quienes cobran sueldos, bonos y privilegios millonarios trabajen de verdad y mejoren la vida de sus verdaderos jefes: los ciudadanos.
Porque hoy, en este México descarado y vulgar, lo único que podemos decir sin titubeos es que todos los políticos son: el boom de la desfachatez.