¿Seguimos siendo monos? Las protestas en Europa

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Las protestas en Europa

Hace unos días, mientras observaba videos de las manifestaciones que se desarrollan en distintas ciudades europeas, escuché a un comentarista español referirse a los manifestantes como «monos». No sé quién era ni recuerdo el video, pero su expresión despectiva me dejó reflexionando.

Después de todo, somos primates. Monos sofisticados, si se quiere. Hemos construido ciudades, inventado leyes, desarrollado tecnologías extraordinarias y creado instituciones para organizar nuestra convivencia. Sin embargo, seguimos conservando una naturaleza social que nos acompaña desde mucho antes de que existieran los gobiernos, las fronteras y las constituciones.

Lo interesante no es que compartamos antepasados con otros primates, sino preguntarnos por qué una persona puede comportarse de determinada manera cuando está sola y de otra completamente distinta cuando forma parte de una multitud.

Un individuo que jamás pensaría en romper el escaparate de un comercio puede terminar haciéndolo durante una manifestación. Pero también ocurre lo contrario: alguien que difícilmente se atrevería a enfrentarse solo a una injusticia encuentra, entre miles de desconocidos, el valor necesario para exigir sus derechos.

La multitud puede despertar lo peor y lo mejor de nuestra naturaleza.

El hartazgo se convierte en protesta

La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno. A finales del siglo XIX, Gustave Le Bon sostenía que el individuo, al integrarse a una multitud, podía experimentar una transformación de su comportamiento, influido por las emociones y las acciones de quienes lo rodeaban.

Aunque muchas de sus ideas han sido cuestionadas por la investigación contemporánea, dejó planteada una pregunta que conserva vigencia: ¿por qué hacemos en grupo cosas que difícilmente haríamos solos?

Hoy sabemos que las multitudes no necesariamente pierden la capacidad de razonar. Los estudios sobre identidad social muestran que las personas pueden adoptar objetivos, normas y sentimientos compartidos. La multitud proporciona algo que el individuo aislado muchas veces no encuentra: pertenencia, protección y la sensación de que sus acciones pueden cambiar las cosas.

Una investigación publicada en 2008 por los psicólogos Martijn van Zomeren, Tom Postmes y Russell Spears identificó tres factores fundamentales para comprender la participación en movimientos colectivos: la percepción de injusticia, la identificación con un grupo y la creencia de que la acción conjunta puede producir resultados.

En otras palabras, no basta con estar enojado. También hay que encontrar a otros que compartan ese enojo y creer que juntos pueden conseguir algo.

Pero ¿qué ocurre cuando la inconformidad se acumula durante años?

El hartazgo rara vez aparece de la noche a la mañana. Puede comenzar con un salario insuficiente, una renta imposible de pagar, un servicio público deficiente o la sensación de que, por mucho que uno trabaje, el futuro será peor que el presente.

Se acumulan pequeñas frustraciones hasta que un acontecimiento aparentemente menor termina por desencadenar una reacción colectiva.

Y entonces miles de personas salen a las calles.

La inconformidad del primer mundo

Lo que ocurre en Europa merece especial atención porque estamos hablando de sociedades que, en términos generales, disfrutan de condiciones económicas e institucionales más favorables que las de numerosos países en desarrollo.

Sin embargo, el bienestar no garantiza la satisfacción permanente.

Durante octubre de 2026, distintos países europeos han registrado movilizaciones por diversas causas. Entre las preocupaciones que alimentan el descontento social aparecen el encarecimiento de la vivienda, la pérdida de poder adquisitivo, los salarios insuficientes, las condiciones educativas, las decisiones presupuestales y la incertidumbre económica.

En España, el acceso a la vivienda constituye uno de los grandes problemas de las nuevas generaciones. En Francia, las movilizaciones estudiantiles y las inconformidades relacionadas con las políticas públicas reflejan tensiones sociales. En Italia y otros países europeos, las condiciones laborales y el costo de vida también forman parte de las reivindicaciones ciudadanas.

No todas las manifestaciones responden a las mismas causas ni todas terminan en enfrentamientos. Sin embargo, algunas comparten una preocupación: la posibilidad de que las nuevas generaciones no alcancen las condiciones de vida que tuvieron sus padres.

Y aquí aparece un fenómeno psicológico interesante.

Las personas no solamente reaccionamos ante lo que tenemos, sino también ante aquello que consideramos que merecemos o que esperábamos alcanzar.

Un joven europeo puede contar con servicios e infraestructura que resultarían envidiables para millones de mexicanos y, aun así, experimentar una profunda frustración si considera que las oportunidades de su generación están desapareciendo.

No se trata necesariamente de ingratitud ni de inconformidad caprichosa. Las expectativas forman parte de nuestra percepción del bienestar.

Cuando la realidad comienza a alejarse de ellas, aparece el descontento.

¿Y los mexicanos?

México ofrece un contraste interesante.

Aquí hemos aprendido a convivir con problemas que en otras sociedades podrían provocar movilizaciones importantes: inseguridad, corrupción, servicios públicos deficientes, desigualdad económica e impunidad.

Pero sería injusto afirmar que los mexicanos somos conformistas. Nuestra historia está llena de movimientos estudiantiles, campesinos, obreros y ciudadanos que han enfrentado al poder para exigir cambios.

La diferencia no necesariamente está en cuánto sufrimos, sino en cómo interpretamos nuestras posibilidades de transformar la realidad.

Una persona puede sentirse profundamente indignada y, sin embargo, decidir no protestar porque teme perder su empleo, sufrir represalias o simplemente porque está convencida de que nada cambiará.

La resignación no siempre significa aceptación. En ocasiones es una forma de sobrevivir.

También existe una diferencia entre manifestarse para impedir la pérdida de un derecho y hacerlo para conquistar uno que nunca se ha tenido.

En ambos casos intervienen la frustración, las expectativas y la confianza en la acción colectiva.

Por eso resulta difícil sostener que las sociedades más desarrolladas son necesariamente más civilizadas en su comportamiento o que las menos favorecidas tienen una mayor tolerancia natural al sufrimiento.

Somos seres humanos sometidos a circunstancias distintas.

La multitud se desborda

Regresemos a nuestros monos sofisticados.

La pertenencia a un grupo puede producir solidaridad, valentía y cooperación, pero también favorecer comportamientos agresivos cuando determinadas circunstancias los estimulan.

El anonimato relativo, la intensidad emocional, la percepción de amenazas y las acciones de otros participantes pueden modificar las decisiones individuales.

Sin embargo, no existe una transformación automática que convierta a cualquier manifestante en una persona violenta.

En una misma protesta pueden convivir ciudadanos que exigen pacíficamente sus derechos, personas que responden a una confrontación y grupos que aprovechan el desorden para cometer delitos.

Confundirlos sería tan absurdo como responsabilizar a todos los aficionados de un equipo de futbol por los actos violentos de unos cuantos.

Las imágenes de escaparates destruidos, vehículos incendiados y enfrentamientos con la policía resultan impactantes. Pero también pueden ocultar las razones por las que miles de ciudadanos decidieron manifestarse.

La violencia merece una condena cuando vulnera los derechos de terceros. El hartazgo social, en cambio, merece ser comprendido y atendido.

Una cosa es explicar psicológicamente una conducta y otra muy distinta justificarla.

Los reyesuelos y sus empleados

Siempre he sido un férreo defensor de la protesta civil pacífica y del señalamiento constante a quienes ejercen el poder público.

No considero que manifestarse sea una falta de respeto a las instituciones. Por el contrario, exigirles cuentas es una de las expresiones más importantes de una sociedad democrática.

Los políticos no son nuestros dueños. Son servidores públicos, empleados de la sociedad, aunque algunos parezcan olvidarlo apenas ocupan un despacho, reciben un automóvil oficial o descubren las comodidades que proporciona el presupuesto.

A veces se comportan como auténticos reyesuelos, convencidos de que gobernar significa mandar y que los ciudadanos deben agradecerles aquello que se paga con sus propios impuestos.

Olvidan que el poder que ejercen es temporal y que su autoridad no los coloca por encima de quienes los eligieron.

Por eso me parece indispensable que los ciudadanos cuestionen, critiquen, investiguen y señalen constantemente los errores y abusos de sus gobernantes. No importa el partido político, la ideología o la popularidad del funcionario.

El derecho a protestar no depende de que nuestras exigencias resulten cómodas para el gobierno.

Tampoco debemos confundir la defensa de ese derecho con la aceptación de la violencia. Destruir el patrimonio de otros ciudadanos no fortalece necesariamente una causa justa; muchas veces termina perjudicándola.

Y vuelvo a la expresión de aquel comentarista español que llamó «monos» a los manifestantes.

Quizá olvidó que él también pertenece a la misma especie.

Porque si algo nos distingue de nuestros parientes primates no es haber eliminado nuestros impulsos, sino nuestra capacidad para reflexionar sobre ellos, establecer reglas de convivencia y resolver los conflictos sin recurrir a la violencia.

Hemos evolucionado lo suficiente para comprender que la fuerza no siempre concede la razón y que la autoridad no convierte a nadie en superior.

Tal vez la verdadera medida de nuestra civilización no esté en los edificios que construimos, las tecnologías que inventamos o la riqueza que acumulamos, sino en nuestra capacidad para escuchar al inconforme, respetar al diferente y exigir cuentas al poderoso.

Protestar pacíficamente no nos convierte en monos. Y gobernar tampoco convierte a nadie en rey.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica