Los tramposos y las bardas

Réplica
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“Miren, hago lo que quiero y me importa un carajo”

Vemos surgir bardas de todos colores por nuestra hermosa Puebla. Entes divinos, duendes o deidades deciden apoyar al político trabajador y carismático y, como por arte de magia, aparece una barda.

Los que buscan una candidatura en este proceso electoral que viene han orado a todos los santos y realizado los rituales necesarios para que entidades paranormales, y hasta extraterrestres, posean a los pintores que plasman en las bardas alguna treta de mercadotecnia que envíe un mensaje subliminal al electorado y este vote en las encuestas por el próximo ser de luz que contará con los beneficios de las arcas públicas y mejorará su vida. Conocerá las mieles del poder o las conservará. Ese es el discurso que repiten en su cabeza.

De ninguna manera creo que digan: “Voy a violar la ley y me vale. Haré tretas ilegales para que no me alcancen las autoridades electorales. Los ciudadanos son una pléyade de estúpidos que no saben que estoy violando la ley. Si me cachan, no pasa nada. Si la presidenta de México ha rechazado esta clase de prácticas, me paso su opinión por el arco del triunfo”.

Quizá piensen que el círculo rojo —ese grupo informado con alguna clase de influencia— es el único que puede descalificarlos. Que los votantes no saben que son tramposos y, si lo saben, lo aplauden o por lo menos lo aceptan.

Cada barda que usted ve representa un gasto, ya sea de recursos públicos desviados o del apoyo de un grupo criminal. Ambas acciones, deleznables.

Y luego, cuando los ciudadanos les reclaman el abandono del mantenimiento de alguna vía, la falta de seguridad, de insumos médicos o algún atropello, acompañado de insultos como corrupto, vividor del erario, cínico, delincuente, rata, se ofenden.

Ahí está, en su más burda expresión, el valemadrismo del cumplimiento de la ley: una acción cínica en la cara de los ciudadanos. “Miren, hago lo que quiero y me importa un carajo”, es la leyenda de cada acto anticipado de campaña.

Como diría el clásico, en un ejercicio de desobediencia civil pacífica, bien harían los ciudadanos en apuntar a los que menosprecian la inteligencia del pueblo para no emitir voto alguno por estos tramposos.

Hasta la próxima.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica