El AFORE

Hay algo que roza lo indecente en la forma en que México administra el final de una vida.
No hablo de la muerte de los discursos ni de las cifras que se lanzan en las mañanas para justificar promesas. Hablo de la muerte de verdad. Esa que llega sin avisar, que no entiende de calendarios y que, trágicamente, nos obliga a morir con un número de folio en la mano.
Porque en este país, antes de cerrar los ojos, todavía hay que sacar una cita.
Es una bofetada a la dignidad. Ese hombre que trabajó cuarenta años, que madrugó con disciplina y guardó cada peso creyendo que su ahorro era una red de seguridad, descubre —justo cuando el cuerpo le falla— que esa red está llena de nudos. Requisitos. Sellos que no se ven. Firmas que faltan.
Resulta que para tocar tu propio dinero, primero tienes que pedir perdón por ya no ser útil.
El sistema no tiene la decencia de decir “enfermedad terminal”. Prefiere el lenguaje gélido de la burocracia: “invalidez”, “dictamen”, “negativa”. Son palabras de hielo para familias que están ardiendo de dolor.
Es vergonzoso ver a un enfermo —debilitado, con la mirada perdida por la medicación, sostenido por hijos que se están quebrando por dentro— haciendo fila en una institución. El cuerpo se apaga en segundos, pero la ventanilla solo atiende de 9 a 2.
El tiempo del Estado no sabe nada del tiempo del alma.
Llegamos a lo absurdo: tienes que convencer a un extraño detrás de un cristal de que ya no sirves para trabajar. Tienes que certificar tu propio deterioro para que te devuelvan lo que tú mismo ahorraste trabajando. Es una crueldad reglamentada, una deshumanización con sello oficial donde el dolor nunca es prueba suficiente.
Y lo más irónico es la "negativa de pensión". Te tienen que rechazar para poder aceptarte. Te tienen que decir que no para que, por fin, te dejen llevarte tus ahorros a casa. Como si la última etapa de la vida fuera un examen administrativo que hay que aprobar antes de partir.
Mientras tanto, las familias aprenden a golpes la verdad: el sistema no está hecho para la urgencia, sino para la estadística. El Estado no te acompaña; te administra. Administra tu espera, administra tu acceso y, lo más triste, administra tu desesperación.
Este debería ser el corazón de cualquier debate. No se trata de finanzas ni de quién maneja los fondos. Se trata de moral.
Un país se define por cómo abraza a quienes ya no tienen fuerza para pelear. Y hoy, en el silencio de una clínica o en la humedad de una oficina pública, hay personas librando la batalla más injusta de su existencia: defender su dignidad frente a un expediente.
Con el cuerpo agotado y una pregunta que quema la garganta:
¿De verdad tengo que demostrar que me estoy yendo para que me regresen lo que es mío?