Ayuno de pantallas

Salud y orientación
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Apagar la pantalla no es desaparecer...

El exceso casi nunca avisa.

No entra rompiendo la puerta: se sienta, se queda, se vuelve costumbre.

Las pantallas no hacen ruido cuando dañan. No empujan. No obligan. Solo acompañan. Están ahí mientras comemos, mientras hablamos, mientras fingimos descanso. Una luz constante que ya ni miramos, pero que no sabemos apagar.

El cuerpo se adapta a todo. También al bombardeo. El cerebro aprende a esperar estímulos como quien espera migajas. Una notificación. Un video más. Algo que distraiga del silencio.

Y cuando todo estimula, nada toca.

La anhedonia no llega como tragedia, llega como desgaste. Un día te das cuenta de que la música ya no mueve nada, de que la risa es correcta pero hueca, de que incluso el placer parece una escena repetida. Sigues funcionando, pero algo quedó plano.

No es culpa de una pantalla. Es la suma.

La falta de pausas.

La ausencia de vacío.

El ayuno de pantallas no es una pose ni una cruzada moral. Es un intento torpe de volver al ritmo humano. De dejar que el sistema nervioso respire sin luces, sin sonidos diseñados para retenerte.

Cuando apagas la pantalla aparece lo que evitabas: pensamientos sin editar, recuerdos incómodos, una especie de inquietud sin nombre. Por eso cuesta. El ruido digital es anestesia. Y nadie quiere sentir cuando ha pasado demasiado tiempo dormido.

Pero quedarse ahí, sin huir, cambia algo. No de golpe. No con épica. Poco a poco. El café sabe distinto. El tiempo se estira. Una conversación pesa más de lo esperado.

El aburrimiento, tan despreciado, empieza a hacer su trabajo: limpiar. Preparar el terreno. Recordarte que el deseo nace del espacio, no de la saturación.

Ayunar de pantallas no devuelve la felicidad como receta, pero abre una rendija. Y a veces una rendija basta para que entre algo vivo.

Apagar la pantalla no es desaparecer.

Es intentar volver.

Tobías Cruz

Revista Réplica