¿Mi adulto mayor está olvidando cosas o puede tener Alzheimer? Las señales que no debemos ignorar

Salud y orientación
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Porque la demencia no afecta únicamente la memoria...

Olvidar dónde dejamos las llaves puede ser parte de envejecer. No saber para qué sirven las llaves que tenemos en la mano es otra cosa. La diferencia puede parecer pequeña, pero para una familia puede ser una señal que merece atención.

Conforme pasan los años, es normal que la memoria cambie. Un adulto mayor puede tardar más en recordar un nombre, olvidar dónde dejó los lentes, entrar a una habitación y no recordar inmediatamente qué iba a buscar o necesitar más tiempo para aprender algo nuevo.

Eso, por sí solo, no significa que tenga Alzheimer ni demencia.

El problema comienza cuando los olvidos dejan de ser ocasionales y empiezan a interferir con la vida cotidiana: cuando la persona ya no puede realizar tareas que antes hacía sin dificultad, se pierde en lugares conocidos, repite constantemente las mismas preguntas o empieza a tomar decisiones que ponen en riesgo su seguridad.

La demencia, además, no es una parte inevitable del envejecimiento. Es un síndrome provocado por distintas enfermedades o lesiones que afectan el cerebro. La enfermedad de Alzheimer es la causa más frecuente de demencia y representa aproximadamente entre 60 y 70 por ciento de los casos, según la Organización Mundial de la Salud. (Organización Mundial de la Salud⁠)

Entonces, ¿cómo distinguir un olvido normal de una señal de alarma?

Una de las claves está en preguntarnos qué olvidó, con qué frecuencia ocurre y, sobre todo, qué consecuencias tiene ese olvido.

Por ejemplo:

Puede ser un cambio normal de la edad:

Olvidar ocasionalmente dónde se dejaron las llaves.

Tardar un poco más en recordar el nombre de una persona.

Olvidar una cita y recordarla después.

Necesitar más tiempo para aprender a utilizar un aparato nuevo.

Tener alguna dificultad ocasional para recordar una palabra, pero finalmente encontrarla.

Merece una valoración médica:

Hacer repetidamente la misma pregunta aunque ya haya recibido la respuesta.

Olvidar conversaciones o acontecimientos recientes de manera frecuente.

Perderse en un lugar que conoce perfectamente.

No poder seguir una receta o instrucciones que antes manejaba.

Tener problemas para pagar cuentas, administrar dinero o realizar operaciones habituales.

Confundirse con las fechas, los lugares o incluso con personas conocidas.

Tener dificultades para realizar actividades cotidianas que anteriormente hacía sin ayuda.

Perder objetos y después no poder reconstruir dónde pudieron haber quedado.

Presentar problemas para encontrar palabras o seguir una conversación.

Mostrar cambios importantes en el comportamiento, la personalidad, el juicio o el interés por actividades que antes disfrutaba. 

La pregunta más útil para una familia quizá sea esta:

¿Mi familiar simplemente está olvidando algunas cosas o está perdiendo capacidades que antes tenía?

Porque la demencia no afecta únicamente la memoria.

También puede afectar el lenguaje, la capacidad para resolver problemas, la orientación, el juicio, la atención, el comportamiento y la posibilidad de realizar actividades cotidianas. 

No todo es Alzheimer

Aquí conviene detenerse.

Encontrar problemas de memoria no significa automáticamente Alzheimer.

Existen diferentes tipos de demencia, entre ellos la demencia vascular, la demencia con cuerpos de Lewy y la demencia frontotemporal. También hay enfermedades y circunstancias que pueden producir síntomas parecidos a una demencia y algunas pueden tratarse.

Problemas de tiroides, determinados medicamentos, deficiencias nutricionales, depresión, trastornos del sueño, infecciones, accidentes cerebrovasculares y otras enfermedades pueden producir alteraciones de la memoria, la atención o el pensamiento.

Por eso no es recomendable que la familia diga: “Ya tiene Alzheimer” simplemente porque comenzó a olvidar cosas.

El diagnóstico corresponde a un profesional de la salud.

Hay una señal que cambia completamente la situación

Una cosa es que el deterioro haya aparecido lentamente durante meses o años.

Otra muy distinta es que una persona que normalmente se encuentra orientada cambie de manera repentina.

Si en cuestión de horas o de un día un adulto mayor comienza a estar desorientado, no reconoce dónde está, habla de manera incoherente, tiene alucinaciones o parece radicalmente diferente de lo habitual, no debemos asumir que “le empezó la demencia”.

Puede tratarse de un delirio, que es un estado de confusión aguda y que puede tener causas médicas que necesitan atención inmediata, como una infección, un accidente cerebrovascular, una alteración de la glucosa, determinados medicamentos, una lesión en la cabeza o deshidratación, entre otras.

La confusión repentina requiere atención médica inmediata.

No hay que esperar varios días para ver si se le pasa.

¿Qué debemos hacer si sospechamos que algo está cambiando?

Primero, no convertir cada olvido en un interrogatorio.

Preguntarle constantemente “¿qué día es?”, “¿cómo se llama tu nieto?” o “¿dónde estás?” puede hacer que la persona se sienta examinada, humillada o incluso asustada.

Es mejor observar.

Anotar cuándo comenzaron los cambios, qué situaciones se han presentado, qué cosas puede hacer todavía por sí misma y cuáles ya le resultan difíciles.

También es útil preguntar a otras personas que conviven con ella. A veces el cambio es tan gradual que quien vive diariamente con el adulto mayor se acostumbra a él y deja de percibir cuánto ha avanzado.

Después, hay que solicitar una valoración médica.

El médico puede revisar antecedentes, medicamentos, enfermedades previas y cambios en la conducta; realizar pruebas de memoria, atención, lenguaje y razonamiento; solicitar análisis de sangre u otros estudios y, cuando sea necesario, utilizar estudios de imagen o derivar al paciente con un especialista.

Dependiendo del caso, pueden intervenir un geriatra, neurólogo, neuropsicólogo o psiquiatra especializado en adultos mayores.

¿Y si el adulto mayor dice que no le pasa nada?

Esta puede ser una de las situaciones más difíciles para una familia.

La recomendación no debería ser entrar en una pelea para demostrarle que está equivocado.

Puede ser mucho más útil decir:

“No queremos decir que tengas Alzheimer. Queremos revisar por qué estás teniendo estos olvidos.”

La diferencia parece pequeña, pero cambia completamente la conversación.

No se trata de ponerle una etiqueta.

Se trata de encontrar la causa.

Y eso es importante porque algunas causas de problemas cognitivos pueden tratarse o incluso revertirse.

Una lista sencilla para observar en casa

Si tenemos preocupación por un familiar, podemos preguntarnos:

Memoria

¿Olvida repetidamente conversaciones recientes?

¿Hace las mismas preguntas una y otra vez?

Orientación

¿Se pierde en lugares conocidos?

¿Se confunde con fechas, lugares o personas?

Lenguaje

¿Le cuesta cada vez más encontrar palabras?

¿Tiene dificultades para seguir una conversación?

Actividades

¿Puede cocinar, bañarse, vestirse, utilizar el teléfono o manejar su dinero como antes?

Juicio

¿Está tomando decisiones que antes jamás habría tomado?

¿Ha caído en engaños o gastos inexplicables?

Personalidad

¿Ha cambiado notablemente su comportamiento?

¿Está mucho más desconfiado, apático, ansioso o irritable?

Seguridad

¿Ha dejado la estufa encendida?

¿Se ha perdido?

¿Ha olvidado apagar aparatos?

¿Ha tenido caídas o situaciones peligrosas?

No es un examen para diagnosticarlo.

Es simplemente una manera de detectar cambios que vale la pena llevar al médico.

Y hay algo más importante que el diagnóstico

Cuando una familia empieza a sospechar Alzheimer, muchas veces aparece el miedo.

Miedo a lo que viene.

Miedo a perder a la persona que conocemos.

Miedo a que deje de reconocernos.

Miedo a no saber cuidarla.

Pero entre sospechar que existe un problema y llegar a una enfermedad avanzada puede haber mucho tiempo.

Buscar ayuda temprano permite conocer qué está ocurriendo, descartar causas tratables, atender otros problemas de salud y comenzar a planificar las necesidades futuras de la persona y de la familia. El Instituto Nacional sobre el Envejecimiento de Estados Unidos señala además que un diagnóstico temprano puede ayudar a abordar cuestiones de seguridad, vivienda, apoyo familiar y decisiones financieras y legales.

Por eso, ante un adulto mayor que empieza a cambiar, quizá la pregunta no debería ser:

“¿Ya tiene Alzheimer?”

Sino:

“¿Qué está pasando y por qué?”

Porque olvidar una palabra alguna vez es parte de la vida.

Pero cuando una persona comienza a perder capacidades que antes tenía, cuando los olvidos interfieren con su vida cotidiana o cuando aparece una confusión repentina, ya no estamos hablando simplemente de “cosas de la edad”.

Y ahí sí vale la pena detenernos, observar, acompañar y buscar ayuda profesional.

A veces, detectar a tiempo no significa solamente ponerle nombre a una enfermedad. Significa encontrar una causa que todavía puede atenderse y, sobre todo, darle al adulto mayor algo que necesita tanto como cualquier medicamento: que alguien se haya dado cuenta de que algo está cambiando.

Este texto es informativo y no sustituye una valoración médica. La presencia de uno o varios de estos signos no confirma por sí misma Alzheimer o demencia.

Fuentes principales: Organización Mundial de la Salud, National Institute on Aging (NIH), Alzheimer’s Association y NHS. Las fuentes coinciden en un punto fundamental: el olvido ocasional puede formar parte del envejecimiento, pero la pérdida progresiva de capacidades cotidianas, la desorientación y los cambios importantes de conducta requieren valoración profesional.

Paty Coen

Revista Réplica