La adicción al caos

Salud y orientación
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Después de vivir mucho tiempo en medio del ruido, la calma parece casi extraña.

Hay personas que dicen que quieren paz… pero cuando la encuentran, se sienten extrañamente incómodas.

El silencio las inquieta. 

Los días tranquilos les parecen sospechosos.

Y cuando todo parece ir bien, de alguna manera —consciente o no— terminan metidas otra vez en un problema.

Discuten.

Se preocupan.

Se sobrecargan de trabajo.

Se enredan en conflictos innecesarios.

Como si el cuerpo necesitara drama para sentirse vivo.

Durante mucho tiempo pensamos que eso era simplemente una forma de personalidad: gente nerviosa, perfeccionista, hiperactiva. Pero la neurociencia ha empezado a sospechar algo más inquietante: el estrés puede volverse adictivo.

Cuando el estrés también produce placer

En nuestro cerebro, el estrés no sólo produce ansiedad.

También activa algo más poderoso: el sistema de recompensa.

Cuando una persona enfrenta presión intensa, el organismo libera cortisol, la principal hormona del estrés. Pero al mismo tiempo, el cerebro libera dopamina, el neurotransmisor asociado con la motivación y la recompensa. (CNBC) 

Ese cóctel químico produce un estado muy particular: alerta, energía, concentración, incluso una especie de euforia breve.

Es la misma lógica biológica que nos ayudó a sobrevivir cuando nuestros ancestros debían escapar de depredadores o reaccionar ante amenazas inmediatas.

El problema es que el cerebro no distingue bien entre un tigre… y un correo urgente del trabajo.

Cuando ese circuito se activa muchas veces, el cerebro aprende algo muy peligroso: que el estrés también puede ser estimulante.

Y entonces comienza a buscarlo.

El cortisol: la gasolina del modo supervivencia

El cortisol es una hormona producida por las glándulas suprarrenales cuando el cerebro percibe peligro. Su liberación ocurre a través de un sistema biológico complejo llamado eje hipotálamo-hipófisis-adrenal (HPA), que regula la respuesta del organismo al estrés. (PubMed)

En pequeñas dosis es útil.

El cortisol aumenta la energía, mejora la atención y prepara al cuerpo para reaccionar rápido.

Pero cuando el estrés se vuelve constante, el sistema deja de apagarse.

El cuerpo entra en lo que algunos investigadores llaman estado de activación crónica: el organismo se acostumbra a vivir en alerta permanente.

Y lo curioso es que, cuando ese nivel de activación desaparece, algunas personas sienten algo parecido al síndrome de abstinencia.

Aburrimiento.

Vacío. 

Inquietud.

Como si la calma fuera una especie de retirada química.

La adicción a los problemas

Esto explica un fenómeno psicológico que muchos terapeutas observan: personas que, sin darse cuenta, generan conflictos para mantenerse estimuladas.

No es necesariamente una decisión consciente.

Es una forma de condicionamiento.

Cuando el cerebro aprende que la adrenalina, el cortisol y la dopamina aparecen juntos durante situaciones de presión, comienza a asociar problemas con energía.

El resultado es un patrón curioso:

- cuando todo está tranquilo, aparece inquietud

- cuando surge un problema, aparece claridad mental

- cuando el conflicto termina, aparece una sensación extraña de vacío

Así nace lo que algunos psicólogos llaman adicción al estrés.

No porque el estrés sea agradable… sino porque el cuerpo se acostumbra a vivir dentro de él.

El cerebro cansado de vivir en emergencia

La paradoja es que el mismo sistema que al principio nos hace sentir más vivos, a largo plazo nos desgasta.

El estrés crónico altera la química cerebral:

- reduce neurotransmisores asociados al bienestar

- eleva los niveles de cortisol 

- afecta áreas del cerebro como la amígdala y el córtex prefrontal, relacionadas con la emoción y la toma de decisiones. (IKON Recovery)

Con el tiempo aparecen síntomas conocidos: fatiga, ansiedad, irritabilidad, insomnio, dificultad para concentrarse.

Es como si el cerebro hubiera estado corriendo durante demasiado tiempo sin detenerse.

Y el cuerpo, tarde o temprano, pasa la factura.

Cuando la calma se vuelve un aprendizaje

Quizá la parte más curiosa de todo esto es que muchas personas que viven atrapadas en el estrés no saben que lo están.

Simplemente creen que así es la vida.

Pero la neurociencia insiste en algo importante: el cerebro también puede aprender lo contrario.

Así como puede acostumbrarse al caos, puede acostumbrarse a la calma.

Ejercicio, sueño suficiente, pausas reales, respiración consciente, tiempo fuera del teléfono, conversaciones tranquilas.

No son recetas románticas.

Son formas de enseñarle al sistema nervioso que no todo en la vida es una alarma.

Que el cuerpo no necesita estar huyendo de algo todo el tiempo.

El arte olvidado de no tener problemas

Tal vez por eso la verdadera paz no se siente como una explosión de felicidad.

Se parece más a algo mucho más simple: un día sin urgencias, una tarde sin drama, una noche donde el cuerpo finalmente decide bajar la guardia.

Y entonces ocurre algo curioso.

Después de vivir mucho tiempo en medio del ruido, la calma parece casi extraña.

Pero con el tiempo uno descubre que no era aburrimiento.

Era simplemente el sistema nervioso volviendo a casa.

Paty Coen

Revista Réplica