Una lectura del libro de Judith Herman

Hay heridas que no sangran.
No dejan marcas visibles, pero reorganizan la vida entera desde adentro. Cambian la forma de dormir, de amar, de confiar. Judith Herman las llama por su nombre: trauma. Y en Trauma y recuperación no sólo las describe, las escucha.
Este libro no nació en un escritorio aislado. Surgió de años de acompañar a personas que sobrevivieron a la violencia: mujeres abusadas, niños traicionados, soldados quebrados por la guerra, víctimas de terror político. Personas distintas, historias distintas, pero una misma sensación persistente: haber perdido el control sobre la propia vida.
Herman parte de una idea incómoda y poderosa: el trauma no es sólo un problema individual. Es también un problema social, político y moral. La forma en que una sociedad decide escuchar —o callar— a sus víctimas determina si esas heridas cicatrizan o se pudren en silencio.
La violencia que no se quiere ver
Una de las aportaciones más duras del libro es su lectura histórica. Herman muestra cómo el trauma ha sido reconocido sólo a ratos, y casi siempre cuando resulta conveniente.
Cuando los soldados regresaban rotos de la guerra, se hablaba de “choque de combate”.
Cuando las mujeres hablaban de abuso, se hablaba de “histeria”.
El patrón se repite: la violencia cometida por enemigos externos se legitima; la que ocurre dentro de casa se niega. El sufrimiento de las víctimas depende, muchas veces, de quién las hirió y de cuánto incomoda escucharlas.
Para Herman, el silencio no es casual. Proteger al agresor —al padre, al esposo, a la institución— suele ser más cómodo que creerle a la víctima. Y ese silencio es una segunda agresión.
Qué hace el trauma en una persona
El trauma, explica Herman, aparece cuando una persona queda atrapada en una situación de peligro extremo sin posibilidad de escapar. El cuerpo sobrevive, pero la mente queda suspendida en ese instante.
Las secuelas son profundas:
- La memoria se fragmenta.
- El cuerpo vive en alerta permanente.
- La confianza en los demás se rompe.
- La identidad se vuelve frágil.
No se trata de “no superar el pasado”, como suele decirse con ligereza. Se trata de que el pasado no ha terminado de pasar.
Una de las ideas más reveladoras del libro es que todos los traumas se parecen, sin importar su origen. La violencia doméstica, una violación, la guerra o la tortura política comparten la misma raíz: la anulación del poder personal.
Recuperarse no es olvidar
El corazón del libro es su propuesta de recuperación, lejos de soluciones rápidas o frases motivacionales. Herman describe la sanación como un proceso en tres etapas, no como una línea recta.
Primero, la seguridad.
Nadie puede sanar si sigue en peligro. Antes de recordar, hay que estar a salvo: física y emocionalmente. Aprender a dormir, a respirar, a poner límites. La estabilidad no es un lujo: es la base.
Luego, la memoria y el duelo.
Recordar no para revivir el dolor, sino para ordenarlo. Nombrar lo ocurrido, llorar lo perdido, aceptar que hubo una injusticia real. El duelo no es debilidad; es una forma de dignidad.
Finalmente, la reconexión.
La recuperación no termina cuando el dolor disminuye, sino cuando la persona vuelve a sentirse viva. Cuando recupera proyectos, vínculos, deseo. Cuando deja de verse sólo como víctima y se reconoce como sobreviviente con futuro.
Sanar también es un acto colectivo
Herman insiste en algo que solemos olvidar: nadie se recupera solo.
La validación, la escucha y el acompañamiento son tan terapéuticos como cualquier técnica clínica.
Por eso el libro cuestiona a las instituciones que dudan, minimizan o revictimizan. Cada vez que una víctima no es creída, el trauma se profundiza. Cada vez que es escuchada, algo empieza a ordenarse.
Sanar no es únicamente un trabajo individual. Es una responsabilidad social.
Un libro que incomoda porque dice la verdad
Trauma y recuperación no es un libro cómodo. Obliga a mirar la violencia cotidiana, la que ocurre lejos de los campos de batalla, pero cerca de la mesa familiar. Obliga a aceptar que el silencio también es una forma de violencia.
Judith Herman no promete curas mágicas. Ofrece algo más honesto: comprensión, lenguaje y tiempo. Tres cosas que toda persona herida necesita para volver a habitar su vida.
Este libro es una invitación a escuchar mejor.
A creer más.
A dejar de pedirle a las víctimas que “superen” lo que nunca debió ocurrir.
Porque a veces, sanar empieza simplemente cuando alguien dice:
“Te creo. No fue tu culpa.”