Las historias que nos contamos

Salud y orientación
Tipografía
  • Diminuto Pequeño Medio Grande Más Grande
  • Default Helvetica Segoe Georgia Times

La vida ya es bastante compleja como para vivir dentro de una película que nunca va a estrenarse...

Hay días en los que la mente se vuelve una sala de cine barata: luces tenues, palomitas frías y una película que nadie pidió, pero que igual se proyecta. Ahí, sin boleto ni permiso, aparecen los desconocidos que vemos pasar —la chica de la cafetería, el vecino que siempre baja tarde, el hombre que mira su celular con gesto de urgencia— y de pronto los convertimos en protagonistas de un culebrón digno del Oscar. Inventamos triángulos amorosos, traiciones silenciosas, despedidas dolorosas… y hasta sentimos celos por personas cuyo nombre ni siquiera sabemos pronunciar.

Es curioso cómo funciona este teatro interno. La psicología lo llama narrativa proyectada: ese impulso humano de rellenar los huecos con historias para que el mundo parezca menos incierto. Pero a veces, en lugar de alivio, nos regalamos tormentas. Creamos fantasías que sólo viven en nuestra cabeza, guiones escritos desde el miedo, la inseguridad o la costumbre de mirar hacia afuera para evitar mirarnos dentro.

Lo irónico es que estos relatos nos consumen como si fueran reales. Sufrimos la tensión del capítulo final antes incluso de haber conocido a los personajes. Le damos a un gesto ambiguo el peso de una declaración. Convertimos una mirada casual en evidencia de abandono. Y, sin darnos cuenta, nos volvemos espectadores exhaustos de una trama que jamás existió.

Psicológicamente, este hábito tiene raíces profundas: la baja tolerancia a la incertidumbre, los vínculos inseguros y la necesidad de sentir control. Cuando no confiamos en nuestra propia solidez emocional, la mente llena el silencio con ruido. Y ese ruido, si lo dejamos crecer, termina asfixiándonos.

Por eso vale la pena detenernos un momento y respirar. Preguntarnos: ¿qué parte de esta historia estoy inventando yo? Porque, al final, lo que vemos afuera siempre es un reflejo de lo que llevamos dentro. Si convertimos desconocidos en amenazas, tal vez es porque tememos no ser suficientes. Si imaginamos amores imposibles, quizá es porque evitamos el trabajo real de construir uno verdadero.

Vivir sin este tipo de ruido mental no significa dejar de imaginar —la imaginación es un regalo— sino aprender a distinguir entre lo que vemos y lo que proyectamos. Es regresar al presente, a lo tangible, a lo que sí existe. A los vínculos reales que se construyen conversando, no adivinando. A los afectos que se sienten, no los que se fabrican en la penumbra de un pensamiento desbocado.

A veces, basta un gesto simple: cambiar la historia. No la de los demás, sino la que nos contamos a nosotros mismos.

Una donde no haya villanos imaginarios ni amores fantasma.

Una donde podamos descansar.

Porque la vida ya es bastante compleja como para vivir dentro de una película que nunca va a estrenarse.

Paty Coen

Revista Réplica