¿Quién quiere que permanezcamos pegados al teléfono?

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El negocio detrás de nuestra atención, la necesidad de pertenecer y el deseo de ser vistos

Antes de volver a engancharnos en la clásica discusión de si las redes sociales son “buenas” o “malas”, valdría la pena hacernos una pregunta mucho más visceral: ¿a quién le conviene exactamente que no soltemos la pantalla?

No es una duda menor. Detrás de una foto, un video de quince segundos, un comentario, un like o un seguidor nuevo, raras veces hay solo un amigo intentando saludar. Lo que hay es una industria colosal que descubrió el recurso más cotizado de nuestra era: nuestra propia atención.

Solemos pensar que entramos a Facebook, Instagram, TikTok o YouTube para distraernos un rato o ver en qué anda el mundo. La plataforma, sin embargo, ve algo muy distinto. Ve usuarios. Ve tiempo de permanencia. Ve datos, interacciones, impresiones publicitarias y oportunidades de venta.

Quizá hemos contado la historia al revés. El negocio no es solo vendernos cosas; el verdadero negocio es retenernos el tiempo suficiente para que esas horas de vida se traduzcan en dinero.

La atención cuesta (y no la pagamos con monedas)

Tomemos a Meta como radiografía. En 2025, su familia de aplicaciones (Facebook, Instagram, Messenger y WhatsApp) generó 198,759 millones de dólares. De esa cifra casi astronómica, 196,175 millones vinieron únicamente de la publicidad. La propia empresa reportó que las impresiones publicitarias subieron un 12% y el precio promedio por anuncio aumentó un 9%.

En su informe anual ante la Comisión de Valores de EE. UU., la compañía lo admite sin rodeos: el crecimiento en las impresiones estuvo directamente ligado al aumento de usuarios y al tiempo que estos pasan interactuando con sus productos.

La ecuación es transparente: más personas, más tiempo dentro, más impresiones, más ingresos. No hace falta acudir a teorías de la conspiración; es, francamente, la pura lógica del modelo económico.

Alphabet opera bajo la misma arquitectura. YouTube superó los 40,000 millones de dólares en publicidad durante 2025 y, al sumar sus suscripciones, rebasó los 60,000 millones de ingresos en un solo año.

Cuando alguien pasa una hora frente a la pantalla mirando videos, esa hora no es neutra. Tiene un valor financiero directo. La atención humana se volvió un recurso escaso y vorazmente disputado. El día solo tiene 24 horas y todos quieren quedarse con su rebanada.

El diseño de la retención

Si la atención vale dinero, el incentivo es inevitable: hay que conseguir más. Y para lograrlo, el usuario tiene que entrar, quedarse, hacer clic y regresar mañana.

Las herramientas de esta arquitectura no están ahí por casualidad:

El desplazamiento infinito (infinite scroll): borra de un plumazo los puntos de parada naturales.

La reproducción automática: decide por nosotros qué ver a continuación.

Las notificaciones intermitentes: juegan con nuestra curiosidad y la dopamina.

Las métricas públicas: likes, comentarios y seguidores que le ponen número a la aprobación social.

La Asociación Americana de Psicología (APA) ya ha advertido que funciones como el contenido infinito o los likes deben reevaluarse considerando la madurez cognitiva de los adolescentes.

Por su parte, el Surgeon General de EE. UU. ha señalado que no hay evidencia suficiente para afirmar que estas plataformas sean del todo seguras para los más jóvenes.

La pregunta entonces cambia de forma: ya no es solo por qué usamos tanto el teléfono, sino qué mecanismos diseñaron para obligarnos a volver.

Convertir el afecto en una métrica

Aquí entra la dimensión más íntima del asunto. Las redes no solo nos convirtieron en espectadores; nos pusieron a actuar en el escenario.

Subimos la vida a pedazos: la comida, el viaje, la familia, el trabajo, las alegrías y de vez en cuando alguna grieta personal. A cambio, la pantalla nos devuelve una cifra: 100 likes, 5,000 reproducciones, 300 seguidores nuevos.

La plataforma logró algo insólito: cuantificar el sentido de pertenencia, una de nuestras necesidades más primitivas.

Antes sabíamos que le importábamos a alguien por una llamada, una visita, un abrazo o una ida al café. Hoy medimos el afecto en métricas diarias.

Pero al traducir la aceptación en números, la pertenencia se vuelve competencia:

¿Quién junta más vistas?

¿Quién luce más feliz?

¿Quién viaja a lugares más deslumbrantes?

¿Quién tiene el cuerpo más estilizado?

Comparar la vida real con la versión editada de los demás

Ahí está la trampa psicológica. Cada uno conoce su vida completa: los días grises, las deudas, los desacuerdos, la duda y el rostro despeinado al despertar. De los demás, en cambio, solo consumimos una selección cuidada: la foto con la iluminación perfecta, el encuadre estudiado, el logro recién horneado.

Comparamos nuestra realidad cruda y sin editar contra la versión pulida —y casi siempre retocada— de la vida ajena.

La literatura científica reciente ha documentado este impacto con bastante rigor. Diversas revisiones y metaanálisis publicados entre 2024 y 2025 muestran que una mayor exposición a la comparación social en plataformas como Instagram se vincula directamente con distorsiones de la imagen corporal, baja autoestima y síntomas asociados a trastornos de la conducta alimentaria.

Con la llegada de filtros avanzados y herramientas de Inteligencia Artificial, la fotografía ya no solo edita: concibe a un nuevo ser.

Pieles sin poros, proporciones alteradas, facciones esculpidas. ¿Qué le pasa a la mente cuando se acostumbra a ver rostros que no existen en el mundo real y luego se mira en un espejo ordinario? El espejo posee una honestidad brutal; devuelve una imagen que el usuario empieza a sentir insuficiente.

Del FOMO al mercado de la visibilidad

Aparece entonces el famoso FOMO (Fear of Missing Out o el miedo a perderse de algo). Pero no se trata únicamente de perderse una reunión, sino del temor sordo a estar perdiéndose la vida misma mientras los demás parecen disfrutarla al máximo.

Es justo en este punto donde las dos historias se cruzan: nuestra necesidad psicológica de ser vistos y el modelo comercial de las plataformas.

Las redes no solo nos dejan publicar gratis; también nos ofrecen la opción de pagar para que nos vean más.

Meta permite promocionar publicaciones ajustando presupuestos y públicos objetivos.

TikTok, a través de su herramienta Promocionar, vende abiertamente visibilidad, seguidores y visitas al perfil.

YouTube ofrece esquemas similares para impulsar videos.

(Para ser rigurosos, vale aclarar que YouTube sostiene que las promociones pagadas no alteran el rendimiento orgánico del algoritmo. No hay pruebas para afirmar que castiguen el alcance intencionalmente para forzar el pago, pero es un hecho que la distribución adicional se convirtió en un producto de mostrador).

El círculo económico se cierra con precisión:

Entramos gratis.

Consumimos y generamos contenido.

Regalamos nuestra interacción para construirle audiencia a la red.

Y cuando queremos que nuestra propia voz o trabajo llegue más lejos… le pagamos a la plataforma por el alcance.

Comercialmente compramos visibilidad; psicológicamente compramos la sensación de existir, de validar lo que hacemos y de confirmar que lo que decimos le importa a alguien.

La batalla legal: El caso California

Esta discusión dejó de ser una mera reflexión ética o psicológica para convertirse en un expediente legal de primer orden.

El 18 de agosto de 2026 arrancó en California un juicio histórico contra Meta, impulsado por una coalición de 29 estados de EE. UU. La demanda acusaba a la compañía de haber diseñado Facebook e Instagram con dinámicas adictivas para menores, priorizando el nivel de engagement y los ingresos financieros a sabiendas de los riesgos para la salud mental de la juventud.

Pero el 26 de agosto, el litigio dio un giro inesperado: Meta alcanzó un acuerdo con fiscales generales de Estados y territorios de Estados Unidos para resolver las demandas. El pacto, que todavía debe recibir la aprobación judicial correspondiente, contempla que la compañía pague hasta 18,000 millones de dólares y modifique de manera importante el funcionamiento de Facebook e Instagram para los usuarios menores de edad.

Entre las medidas acordadas se encuentra un límite automático de dos horas diarias de uso para los adolescentes, que solo podrá ampliarse con autorización expresa de los padres. También habrá restricciones para utilizar las plataformas durante la noche, mayores controles parentales y modificaciones relacionadas con los “me gusta”, los contenidos inapropiados y la protección de los menores. Una parte del monto económico está condicionada a que otras plataformas, como TikTok y YouTube, adopten medidas similares.

Meta ha negado las acusaciones de haber diseñado sus plataformas para causar daño, pero el acuerdo representa un precedente importante: por primera vez, una de las grandes compañías tecnológicas acepta cambiar elementos fundamentales de la experiencia de sus plataformas como parte de una resolución de este alcance.

Más allá de la cantidad de dinero, lo verdaderamente significativo está en lo que el acuerdo reconoce de manera indirecta: que el diseño de una red social, sus mecanismos de retención y el tiempo que consigue arrancarle al usuario pueden convertirse en materia de responsabilidad legal.

Y eso cambia la conversación.

Ya no se trata solamente de preguntarnos si pasamos demasiado tiempo frente al teléfono. Ahora también habrá que preguntarnos cuánto de ese tiempo fue realmente elegido por nosotros y cuánto fue cuidadosamente diseñado para que no pudiéramos irnos.

La paradoja de fondo

Sería injusto reducir las plataformas a un retrato sombrío. Las redes también informan, educan, sirven para la divulgación científica, tejen redes de apoyo entre personas distantes y abren canales indispensables para emprendedores y creadores independientes.

El dilema no es un simplista “redes sí” o “redes no”. La cuestión es mucho más incómoda: ¿dónde termina la conexión real y dónde empieza la estrategia de retención?

Una red social puede ser, al mismo tiempo, una ventana abierta al mundo y una máquina milimétricamente diseñada para que no despeguemos los ojos de la caja de vidrio. Hay un modelo de negocio que extrae su valor de nuestra atención y que, por pura lógica financiera, hará todo lo posible por conservarla.

La próxima vez que tomemos el teléfono por pura inercia a media noche, valdría la pena hacernos una última pregunta: ¿cuántas veces abrimos una aplicación porque verdaderamente lo necesitábamos y cuántas simplemente porque fuimos entrenados para hacerlo?

El aparato está en nuestra mano, pero la batalla económica se libra dentro de nuestra cabeza. Y nuestra atención es el territorio que todos quieren conquistar.

En México ya se tomaron medidas para que los alumnos de primaria y secundaria no usen su dispositivo móvil para aprender o realizar actividades académicas. Esa es una buena noticia. Pero es tema para un próximo artículo.

Hasta la próxima.

Miguel C. Manjarrez

Revista Réplica